Antonio Sandri tiene 65 años, y desde los 12 trabaja en el mundo del séptimo arte. Escribió su historia en un libro. Expone sus antiguos proyectores en el Le Parc. Ahora, su meta es montar una muestra permanente.
El hombre, de 65 años, es Antonio Sandri, quien con una sonrisa plena se define sin titubear como un amante del cine. Trabajó toda su vida en el mundo del cine. Fue operador, fabricante de proyectores y empresario. Hoy, sigue trabajando en algo similar: es fotógrafo. Y su meta es llegar a instalar un museo de cine. Pero vamos mejor primero al comienzo...
La historia de Antonio en el universo del séptimo arte empezó cuando él tenía apenas 12 años. Su papá Francisco alternaba su oficio de electricista con el de operador de cine, pasando películas en el colegio Don Bosco.
Pero fue más que nada su hermano Domingo, 17 años mayor que él, quien le enseñó el oficio de proyectista. Así, con la enseñanza de su familia, don Sandri fue aprendiendo a "manejar las máquinas proyectoras de esa magia. Sólo hice el primario, hasta 6to grado. Después hubo que salir a trabajar", rememora el señor que plasmó su historia en un libro (ver aparte).
Fue en la década del '30 -cuando Antonio aún no nacía-, la época en la que su padre invertía sus días en entretener, con su labor, a los alumnos de la escuela conducida por curas salesianos.
"Era una forma muy usada para que los chicos se divirtieran, disfrutaban mucho de esa sana diversión", reflexiona Sandri, que agrega que las películas de Chaplin y de Laurel y Hardy (el Gordo y el Flaco) eran las más esperadas.
En los '50, cuando los films ya tenían sonido sincronizado con el celuloide, el papá de don Antonio se retira y deja el oficio en manos de sus hijos. "Yo estudiaba en Don Bosco. Los viernes por la tardenoche proyectaba las películas para alumnos pupilos y los domingos para los oratorianos en horario matiné. De esa manera podía pagar mis estudios", afirma el amante del cine, y continúa narrando: "Mi experiencia allí me llevó luego a trabajar en el Cine Alambra. Tenía 14 años y en el gremio decían que era muy chico".
Sin embargo, su jefe, un empresario llamado Segundo Antún, lo apadrinó y le aseguró que respondería por él ante cualquier problema. "Los patrones, antes, te cuidaban mucho -subraya-".
Así, también con el apoyo de su hermano, Antonio logra incorporarse a este oficio que hoy, por los avances y cambios tecnológicos, está casi en extinción. Como era muy inquieto y tenía las mañanas libres, las ocupó reparando y fabricando proyectores cinematográficos en el taller de don Jaime Diumenjo.
En ese lugar, donde también aprendió el oficio de tornero mecánico, don Sandri estuvo trabajando y aprendiendo cada vez más sobre el tema, especializándose. Al tiempo, seguía pasando pelis en cines muy reconocidos en aquella época, la de oro -como él la define-.
"En 1973, falleció el señor Diumenjo y la viuda, doña Rosa Riveros, nos vendió el taller a mi hermano y mí. Nuestra empresa pasó a llamarse DAS. No sólo fabricábamos, sino que también hacíamos asistencia técnica. No era extraño un feriado, o incluso en Navidad, salir a solucionar algún desperfecto técnico", comenta Sandri.
Fundador del autocine
Con Antonio charlamos en el espacio cultural Julio Le Parc, en donde está exponiendo las máquinas proyectoras que le quedaron de aquella época y con las que planea armar un museo de cine. Es la primera vez que expone su material, que todavía funciona a la perfección.
Así es que mientras proyecta "algunas colillas viejas", para que nosotros las disfrutemos, nos sigue relatando: "Antes era muy común que los cines tuvieran una parte adentro y otra afuera, por la falta de aire acondicionado. La gente iba con una canasta en la que llevaba hasta el mate y se armaba un picnic mientras veía la película".
Observando esta costumbre, e inspirados en experiencias de otras provincias, es que los hermanos Sandri fundaron el Autocine del Cerro (que hoy sigue funcionando en el mismo sitio: El Challao).
"Me acuerdo que el día de la inauguración había una cola de casi cuatro kilómetros de vehículos para ingresar. Pasamos ?Israel vive, canta y baila', con Charles Aznavour. Entraban unos 150 autos. Las salas comunes tenía entre 800 y 2.000 butacas", enfatiza el proyectista mendocino.
Según afirma Antonio, en un momento llegaron a existir en la provincia casi 120 salas de cine. Luego, con la llegada de la televisión -sobre todo-, se fue perdiendo esa hermosa costumbre de ir al cine en familia y una vez por semana, casi religiosamente.
"A la gente le fascinaba. Hubo películas, como 'La novicia rebelde', que llegaron a estar en cartelera hasta 6 meses. ¡Terminabas por aprenderte los diálogos de memoria! Por eso digo que esto de ver el cine como era antes es para los nostálgicos. Los que pasan por acá se van contentos; por eso, quiero hacer el museo", afirma don Sandri, que con ojos brillantes nos despide diciendo: "Ojalá escriban una linda notita".

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