Por: Emilio De Ipola.Cristina Kirchner ha triunfado amplia y legítimamente. Con todo derecho, lo celebra junto con sus adherentes, minuto a minuto, día a día, antes de abocarse otra vez plenamente a la acción de gobierno.
Aborrezco simplificar, aunque no haya otro remedio que hacerlo. En el transcurso de estos ocho años, Néstor y Cristina han compartido sin la menor divergencia ideas e iniciativas. Pero al cabo de ese lapso, muchos hemos advertido –y algunos lo han escrito– que esas coincidencias políticas no fueron óbice para que cada uno de ellos desplegara un estilo, un lenguaje y una personalidad diferenciadas. Cristina no es el reflejo especular de Néstor ni tampoco Néstor fue la versión en borrador de Cristina. Los usos del lenguaje en los discursos de la Presidenta (muy diferentes de los que empleaba su esposo), el modo de hablar en público, más pausado y siempre más reflexivo que el de Néstor, el estudiado recurso a preguntas ingenuas, casi infantiles, cuando se enfrenta a un auditorio calificado. (Por ejemplo, en la entrega de los Premios Houssay 2009 en la Sociedad Científica Argentina, interrumpió su discurso y preguntó al auditorio: “¿Se puede nombrar a Dios aquí?”), su estilo de vestimenta, harto más sofisticado que el de Néstor, los términos que empleaba y emplea para anunciar una medida –tanto un beneficio como un sacrificio–, todos esos rasgos son índices, a menudo indirectos, de que su acción de gobierno era y es personal y autónoma, escuchando a los otros pero decidiendo por su cuenta y riesgo. En su primera gestión se pudo ya apreciar, sobre todo después de la muerte de Néstor, que en una medida aún mayor que la de su esposo, concentraría todas las decisiones exclusivamente en su propia persona. Hasta el último candidato a las recientes elecciones pasó por el tamiz de su voluntad, clara e inapelablemente expresada.
¿Quiere decir todo esto que Cristina buscó “autonomizarse” para llevar a cabo una política diferente de la de Néstor? Respondo inmediatamente que no y que sus iniciativas y medidas se inscribieron en la misma línea que la que propulsó su predecesor. Pero eso no es todo, ni tampoco lo principal.
En verdad, si Cristina pudo llevar adelante una estrategia y un modo de gobernar propios, ello fue posible en un contexto o, mejor, en un clima creado e instalado por Néstor: una “iluminación general”, como decía Marx, que dio su peso específico a las iniciativas posteriores debidas ya a Cristina o, ya antes, al propio Néstor. Ese clima subsiste: es el aura de Néstor Kirchner.
Sea como fuere y apelando a un registro más prosaico pero no menos relevante, no debe inferirse de lo anterior que yo apruebo todas las irradiaciones de esa iluminación, ni mucho menos todas las medidas adoptadas para crear ese clima político y, más tarde, para llevar adelante el “modelo”. Dejo constancia de que no adhiero en absoluto al kirchnerismo, aunque tampoco soy su enemigo. Al menos, no su “enemigo principal”, como solíamos decir hace décadas.


Comentá la nota