Entrevista con la Dra. Diana Milstein: La antropóloga investiga sobre procesos educativos y asegura que es necesario dejar de buscar al enemigo dentro del aula y remarca la necesidad de generar diálogos.
"Si a algo le pongo el nombre de inclusión estoy aceptando la posibilidad de que haya excluidos. No creo que la vida social se pueda pensar en términos de incluidos-excluidos. En la vida social estamos todos, se puede pensar en términos de conflictos: conflictos de clase sociales, de género, de edad, de nacionalidad, de etnia, pero no de inclusión/exclusión. Ese es un problema mal planteado, está en la agenda política y los que trabajamos en investigación social tenemos que hacer un gran esfuerzo para replantear ese problema y colocarlo en su justa medida. Si decís 'toda la gente en la Argentina tiene el derecho a la educación igualitario', es evidente que no. Cualquiera se da cuenta, si no todos podríamos elegir desde qué estudiar hasta a qué escuela ir, y no es así. No lo vamos a corregir en términos de inclusión.
-Hablar de inclusión y exclusión es reconocer desde el Estado que existen estas dos categorías, con gente en cada una. Usted directamente no cree que haya necesidad de catalogar así.
-No creo que haya excluidos, creo que en nuestra sociedad el Estado no es un Estado que deje gente afuera, es un Estado muy fuerte que ha tenido y siguen teniendo el control de las grandes poblaciones. Si no, no se hubiese podido cometer, como se hizo aquí, un genocidio. Entonces no acepto el tema de los excluidos: ¿excluidos de qué? ¿Todos los que están en la economía informal, por ejemplo, están excluidos? ¿Lo están de la misma manera? Para mí no. ¿Si van a la escuela están incluidos y se cumple el derecho a la educación? Los procesos educativos van mucho más allá de la escuela, aunque a la escuela deben ir todos.
-¿Cree, de todas maneras, en la necesidad de la obligatoriedad?
-Sí, porque no sé si es la mejor manera de educar, pero es la manera que encontramos en nuestra sociedad. En principio tenemos que tener la experiencia de que todos vayan, para después poder criticarla. Además de eso debe haber otros espacios educativos reconocidos, pero creo que hoy por hoy a la escuela tiene que ir todo el mundo. Pero aunque no se diga, sigue habiendo programas diferenciados según el color y la pobreza.
-Es como que hay distintas escuelas, con distintas posibilidades educativas.
-Siempre hubo y sigue habiendo. Pero para disfrazar un fenómeno de que todos entren rápidamente y la ley se cumpla, entonces armo programas diferenciados. Pero no es ésa la idea, la obligatoriedad debe ser en beneficio y no en perjuicio de la gente. Porque si no, vas al secundario pero tu título no vale nada.
-Y se siguen reproduciendo desigualdades en lugar de revertirlas.
-Claro. Y entonces no incluí a nadie, lo único que hice fue poner a un montón de gente en una escuela. Y después digo "que barbaridad, ingresó la violencia a la escuela". Y sí, porque es muy violento cómo los metí. Metí a la gente de prepo y se violenta.
-¿Y qué se hace con eso?
-Muchísimas cosas, pero creo que hay que ver las experiencias que de verdad se hacen hoy. Hay lugares chiquitos donde hay logros, que no se miran. Se ven las leyes, los grandes programas y hay mucha gente que hace cosas y escucha a las personas, a los docentes, a los alumnos, a los familiares. Pero escucharlos en serio. Qué te pasa con la escuela, qué proponés y qué cosas se puedan cambiar.
Nuevas realidades
-Lo que se ve en la escuela secundaria hoy es un fuerte impacto en docentes que hace muchos años trabajan y de golpe se encuentran con públicos con quienes no saben interactuar. Y dicen "ya no se puede dar clase". ¿Qué cosas hacen falta para revertir esto?
-Creo que hay cosas por hacer. Una por ejemplo es revisar qué pasó con los docentes, porque en realidad a partir de los 90 se empezó a hacer una propaganda en contra y a desautorizarlos de una manera que no se había vivido en este país. La autoridad pedagógica se dejó de lado. Se trabajó mucho en contra para desarmarlo: no conocía, no trabajaba, no valía nada. Y cuando algo no vale nada, ¿qué se hace?
-¿Hace falta más capacitación?
-No sé si la solución pasa por la capacitación únicamente. Una de las cosas que necesita el docente es salir colectivamente a estar con la gente, conocer la gente que va a la escuela. Si yo estoy en un lugar como un búnker y viene una masa de gente a la que en principio le tengo miedo (no importa si tengo motivos o no, pero le temo) y me la ponen igual y me obligan, yo me pongo de una manera que el otro me ve como enemigo. Y aunque no me ataque, yo voy a entender todo así. Entonces lo primero es cómo nos conocemos. Lo básico es poder circular con la gente en otros ámbitos. Yo evitaría meter la masa de gente en un salón y obligarlo (al docente) a enseñar cosas que al otro no le interesan. Dos cosas básicas: conocer quién es el otro y salir de ese lugar de ataque/atacado, y lo segundo, qué te interesa aprender. Porque la escuela, además de ser obligatoria, debe ser de temas que interesen.
-La idea es acortar distancias, que hoy parecen abismales.
-Sí, un poco la idea de educación popular y dialógica de Freire, no estoy inventando nada. Se puede porque él lo hizo en muy malas condiciones. Quizás haya que mezclar más: adultos y jóvenes, adultos y niños, otras formas de encuentro que dejen de ser obligatoriedades, dejar de buscar seguridades para defenderse del otro como si la peor violencia viniera de los que estamos en el mismo lugar. Hay que dejar en claro que la violencia más fuerte viene del Estado, el que más mata en la Argentina es el Estado, no es la gente. Lo primero que debemos revisar es eso, el que tengo al lado ¿por qué me va a golpear o matar? Pensemos dónde está el enemigo.
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