No aumentan los precios; es la moneda que vale menos

No aumentan los precios; es la moneda que vale menos
No aumentan los precios; es la moneda que vale menos

La suba en carne explica casi el 40% de la inflación registrada en el último trimestre.

Quienes tratan de explicar el fenómeno de la inflación, recurren rápidamente a los indicadores que muestran la evolución de los precios de los productos, tanto en la etapa mayorista como en la etapa minorista. Para los consumidores, la percepción del fenómeno inflacionario se da a través de los precios de los productos, fundamentalmente los que tiene que ver con la canasta básica (alimentos, tocador y limpieza).

Pero la evolución de los precios responde a varias causas y siempre es la consecuencia y no el origen de un proceso inflacionario.

Cuando una economía crece a altas tasas, hay aumentos en la demanda de productos porque los consumidores tienen más dinero para gastar y, además, hay más personas trabajando, lo que aumenta la masa de dinero disponible, tanto para el consumo como para el ahorro.

Si la demanda es mayor que la oferta, los precios tenderán a subir y, por el contrario, si la oferta es mayor, tenderán a bajar. En este caso, un aumento de la demanda debe ser respondido con un aumento de la oferta, de manera de equilibrar los precios. Y ese aumento de la oferta proviene de dos vías posibles: un aumento de las inversiones o un aumento de las importaciones.

Las condiciones macro hoy no alientan la inversión en Argentina, mientras están trabadas las importaciones. Hay momentos en los que los precios pueden subir o bajar de forma súbita por razones climáticas, de escasez, estacionales o de aumento de los precios internacionales. Estos aumentos, aunque impacten en los índices, no necesariamente indican que haya inflación.

Cuando hay más oferta que demanda, los precios caen, y esto se verifica en tiempos de recesión, donde hay un menor poder adquisitivo, aumenta la tasa de desempleo y, además, los que tienen recursos tienden a aumentar el ahorro para prevenirse en caso de que la crisis les toque su puerta. Este proceso suele estar acompañado por una baja en los precios o, en el peor de los casos, por una estabilización de los mismos.

El problema argentino es que hemos tenido tasas inflacionarias superiores a la tasa de crecimiento y, en el último año, registramos recesión con alta inflación lo que, agudizó la caída porque la inflación carcome el poder adquisitivo de los salarios y les quita poder de compra.

Aquí entramos en el corazón del problema, en la causa misma. La moneda es también una mercancía que se transa en los mercados.

Cuando el Gobierno produce más moneda que la que el mercado demanda, su precio tiende a bajar. Y el Gobierno (que es el único que puede fabricar dinero) lo ha hecho a tasas muy superiores a las que la demanda crecía. Y esto lo viene haciendo desde 2004, solo que el fenómeno comenzó a estallar en 2007.

Cuando la moneda pierde valor esto se refleja en un aumento de los precios. Es decir, hace falta más dinero para comprar lo mismo que antes. Los precios, en términos reales, se van manteniendo o, incluso, disminuyen, ante la pérdida de valor de la moneda. La gente común no se da cuenta del proceso desde el punto de vista técnico y cree que lo que aumentan son los precios. Lo que sucede es que la plata que tiene en el bolsillo vale menos. Esa es la razón de la crisis.

Y el mismo problema lo tienen los ahorristas. Si quieren ahorrar en pesos, encontrarán que las tasas de interés son negativas respecto de la inflación. Además, el dólar está prácticamente congelado.

De esta manera invierten en bienes durables (autos, LCD) o en inmuebles. La gente tiende a anticipar el consumo para evitar que sus ingresos se deprecien y hacen crecer la demanda más de lo normal y esto acelera el incremento de precios por que la oferta se mantiene estable.

En medio de todo este fárrago, donde el Gobierno niega la inflación y acusa a los empresarios de especulación, aparece la teoría de que la inflación, aunque alta, si está bien administrada, es positiva. Es como creer que un adicto puede seguir consumiendo con el argumento de que "lo tengo controlado".

La inflación, como las adicciones, no se controla ni se administra. O tiene tasas razonables (no más del 3-5% anual) o estas se vuelven irrazonables, como ocurre con la Argentina.

El Gobierno debería entender esto y el dilema inflación o ajuste no es válido. Nadie está pidiendo que el Gobierno deje de gastar. Si solo lo hiciera de la misma manera que crecen los recursos, ya daría una señal positiva que calmaría a los consumidores y bajaría las expectativas de inflación. Mientras tanto, con la inflación está produciendo un ajuste brutal que agranda la brecha, donde los que pierden son los asalariados.

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