El gobierno acusó a Damasco del golpe terrorista. El primer ministro libanés ofreció su renuncia. Tensión por el rol que puede tomar la milicia prosiria Hezbollah.
Desde Beirut
Ante el riesgo de que la violencia que domina en Siria se propague definitivamente al Líbano, el primer ministro libanés, el sunnita Najib Mikati, ofreció ayer su renuncia al presidente, el católico Michel Suleiman, pero éste la rechazó. Luego del atentado del viernes en el centro de Beirut, en el que murieron el jefe de los servicios de inteligencia policiales y otras tres personas, la coalición que gobierna el país entró en estado de conmoción y culpó a Siria por el ataque. Se teme que la crisis se agudice por una eventual entrada en escena del grupo radical chiíta Hezbollah.
Suleiman le pidió a Mikati que se quedara “un tiempo” en su cargo para evitar un vacío de poder que acelere el estallido de la violencia sectaria. El premier aceptó permanecer en su puesto para no ir contra el “interés nacional”, y habló sobre la necesidad de construir un gobierno de unidad. La tensión es extrema porque el alto funcionario que murió en el atentado del viernes, Wissam Al Hassan, era un enemigo declarado del régimen sirio de Bashar Al Assad.
Ayer Mikati ligó a Damasco con el ataque al sostener que “no caben dudas de que existe un vínculo entre el asesinato del general Wissam Al Hassan y el arresto hace unos meses del ex ministro Michel Samaha”, quien reconoció haber planificado atentados en el Líbano a pedido del gobierno sirio. La muerte del jefe de la inteligencia preocupa especialmente porque, según la prensa libanesa, Al Hassan era una “punta de lanza” contra las fuerzas de choque prosirias en el país.
El sangriento ataque cortó el delicado equilibrio político que vivía el Líbano hasta ahora. Saad Hariri, ex primer ministro y hoy líder de la oposición sunnita, llamó a acudir en masa al funeral de Al Hassan el domingo. Está previsto que miles de libaneses acudan a la cita para rendir homenaje al funcionario asesinado, pero también para reclamar la dimisión del actual premier.
Ayer, miembros de la comunidad sunnita, detractora del gobierno sirio, sembraron el caos en varios puntos del país cortando calles y rutas y quemando neumáticos. Cerca de la frontera con Siria se registraron disparos de armas de fuego contra los manifestantes, provenientes del país vecino.
El ex premier Saad Hariri, al igual que otros líderes sunnitas, acusó directamente a Bashar Al Assad por el atentado. Al Hassan había encabezado en el pasado la investigación sobre el asesinato de Rafik Hariri, padre de Saad y antiguo primer ministro. Los resultados de aquellas pesquisas apuntaron a una implicación del régimen sirio.
Del otro lado aparece Hezbollah, que apoya sin reparos al gobierno de Damasco. El brazo político de Hezbollah integra la coalición de gobierno, y lo que estará en discusión ahora es el balance de poder en su interior. Luego del ataque, el grupo chiíta se despegó del hecho y denunció un intento de desestabilización.
Aunque en el Líbano se alzan voces contra Siria, por ahora la investigación sobre el coche bomba que explotó el viernes en un barrio cristiano de Beirut no arrojó pruebas concluyentes sobre los autores del ataque. Nadie se atribuyó el atentado, y de hecho Damasco lo calificó como “cobarde y terrorista”. Ayer, el consejo de ministros tenía prevista una reunión urgente para examinar las medidas que se adoptarán.
Mientras tanto, la prensa libanesa alertaba sobre el inminente “riesgo para la paz civil” luego de un episodio que reavivó la memoria de los años negros de la guerra civil (1975-1990). Numerosos gobiernos y personalidades condenaron ayer el ataque, entre ellos el Papa.
Casi en un preanuncio de lo que ocurriría el viernes, el mediador de Naciones Unidas en Siria, Lakhdar Brahimi, había advertido esta semana que “si la crisis siria continúa, no quedará confinada a Siria sino que afectará a toda la región”. El enviado de la ONU hizo una gira por Jordania, Líbano, Egipto, Irak, Turquía, Irán y Arabia Saudita para recoger apoyos a su plan de alto el fuego en el territorio sirio.
El viernes, las primeras informaciones indicaron que la explosión en Beirut había dejado ocho muertos y 78 heridos. Ese fue el número que reprodujo la mayoría de los medios internacionales. Sin embargo, más tarde la Cruz Roja libanesa corrigió la cifra a tres muertos y 110 heridos. Ayer se confirmó que las víctimas mortales fueron cuatro, entre ellas, el jefe de la inteligencia y gran enemigo de Damasco.
La guerra civil en Siria parece estar traspasando las fronteras, lo que provocaría una crisis internacional sin precedentes y de resultados inciertos.

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