Los actos de vandalismo en espacios públicos, según datos oficiales, les cuestan a los platenses más de dos millones de pesos por año.
La necesidad de proteger las esculturas platenses emblemáticas se puso de manifiesto hace días, cuando expertos de la Universidad encararon la reparación de “La Arquitectura”, la pieza más antigua de la Ciudad (de 1884). Si bien fue dañada durante las obras de conversión de los jardines de 47 entre 6 y 7 en una playa de estacionamiento, al examinarla se detectaron las huellas de varias capas de grafitis. Y docentes de la casa de altos estudios consideraron que “una vez que se restaure deberían enrejarla”. El caso del busto de Güemes en la plaza homónima -19 y 38-, partido a mazazos meses atrás, también es paradigmático. Un cerco perimetral protege el conjunto, pero su escasa altura no fue suficiente para disuadir a los violentos.
monitoreo y pintura especial
“La saña y la impunidad con que se manejan quienes actúan contra lo que es de todos los vecinos a veces sorprende” admiten en el área de Espacio Público y Mantenimiento de la Comuna, una de las reparticiones que evalúa la puesta en marcha de mecanismos antivandalismo. Entre éstos, las barreras físicas -junto a los avances tecnológicos como el monitoreo centralizado y la pintura que dificulta la fijación de aerosoles- han ido ganando terreno.
Para Julio Lamarque, director de Obras Públicas local, “la colocación de rejas perimetrales en monumentos públicos, que en muchos casos son insustituibles debido a su valor histórico, es parte de un programa de puesta en valor que incluyó más de cien plazas en la ciudad -algunas abandonadas durante décadas-; y en buena medida ha evitado que, como ha ocurrido históricamente, se siguiera destruyendo el patrimonio público”.
Entre los hitos urbanos a los que en tiempos recientes se añadieron cercos se cuentan “Los Luchadores“ -o “Damoxenes y Creugas”-, ubicado en 50 entre 6 y 7, sobre plaza San Martín-; el monumento del Bicentenario, en los jardines de la Legislatura -que luego quedó incluido en el vallado perimetral del predio verde-; la fuente de Fernando Arranz que es centro de la plazoleta comprendida entre las calle 48, 5 y diagonal 74, frente a San Ponciano; los monumento a Dardo Rocha y José de San Martín de las plazas homónimas; y las fuentes de avenida 51 entre 8 y 12, que fueron protegidas y puestas en valor como parte de un plan municipal. “La Agricultura”, del francés Raymond Rivoire, también está rodeada por un cerco en su emplazamiento de plaza Olazábal -7 y 38-, en el sector lindante con calle 8.
Director de “Identidad bonaerense”, proyecto de investigación con sello platense que analiza qué se ha preservado y qué se ha modificado en cada uno de los lugares de una ciudad, Héctor Lahitte cree que “el poder público no le enseña a la gente a cuidar la identidad de una ciudad, a preservar los rasgos característicos. Falta esa docencia”. Doctorado en antropología, ciencias naturales y psicología, Lahitte subraya una contradicción: “protegemos los monumentos con rejas pero nadie enseña que debemos cuidarlos“.
La ciudad tiene 115 piezas escultóricas catalogadas, sin incluir las fuentes y sus ornamentaciones. En su amplia mayoría se ubican en plazas, parques, facultades y el interior de predios como el Zoológico y el Hipódromo. Un tercio de ellas fue sometido a restauraciones en los últimos años, en el marco del Proyecto Recupero municipal.
Otras se perdieron en la bruma de las décadas: la “Mujer del Cántaro” del Parque Saavedra, el “León” de hierro que se encontraba en los jardines de la facultad de Ciencias Veterinarias-; “Río de La Plata”, del parque Saavedra; “Domingo Faustino Sarmiento” -de la plaza de 19 y 66-; los “Tehuelches” de mármol, del parque Saavedra-; y “Florentino Ameghino” -de la plaza de 72 y 120-.
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