Por Abel Posse.La interna radical obligó al peronismo a salir de su letargo en la laguna política. Anda buscando su hombre.
Todavía ningunos de los candidatos peronistas de la llamada disidencia salta la barrera que aísla a los políticos de la sociedad que las contempla por televisión o de los jóvenes que les dan claramente la espalda. La unificación para proponer un candidato único es un primer paso esencial. El segundo será demostrar programa y energía para restablecer el poder del Estado en una sociedad anarquizada. La sociedad no cree en los políticos que no abordan con coraje nuestra insoportable caída. La gente grita, los políticos balbucean. De los peronistas se espera energía y gobernabilidad, en la misma medida que la experiencia radical demostró la carencia de esas cualidades. El próximo gobierno será necesariamente de transición para recomponer un país desvencijado por la incapacidad y la codicia de administradores mediocres, sin sentimiento de Nación. Sin programa ni fantasía ni pasión para movilizar esa maravillosa posibilidad de vida que es la Argentina. ¿Tendrán el coraje de convocar a una batalla nacional contra la pobreza con la fuerza de la realizada por Lula? ¿Se tendrá el valor de enfrentar la criminalidad y la droga que entra a cielo abierto, como un combate nacional comprometiendo a todas las fuerzas de seguridad? ¿Sabremos crear con Brasil y Unasur la estrategia que necesitamos para defender el Atlántico Sur? El listado de deficiencias es angustioso: caída educativa, recomposición del poder agroexportaor. Ferrocarriles, caminos, energía, salud.
¿Qué cantidad de poder tendrá que tener un gobierno democrático para enfrentar este bajón nacional que es el espejo y la medida de nuestra angustia? Se les suele otorgar a los peronistas cualidades para el poder que se teme no tengan los radicales. Pero la gigantesca tarea de refundación requiere a todos en convocatoria apasionada. No bastan administradores, se necesita espíritu renacentista. La gran caída exige una respuesta de grandeza. El peronismo inicia un camino demorado, pero muy importante. Ojalá que el fin del kirchnerismo vaya acompañado de la conciencia de que no podemos seguir siendo un país atomizado, con la política, la inteligencia, la universidad, la productividad y las artes como esferas separadas, sin armonía. La globalización puede ser un impacto anonadador. Cito la frase con que Carl Schmitt cerró una conferencia en 1962 en homenaje a Unamuno, profetizando un mundo de grandes espacios armonizados en torno a la tecnolatría como fuerza material dominante: “Entonces se verá qué pueblos supieron con el desarrollo industrial mantenerse fieles a sí mismos y en qué medida los grandes espacios recibirán su contenido no solamente de la técnica, sino también de la sustancia espiritual de los hombres que saben aportar al desarrollo su religión, su raza, su idioma y la fuerza viviente de su herencia”. Más allá de lo doméstico, este es el desafío cultural ante un materialismo y mercantilismo, fuentes y productos entusiastas del nihilismo occidental. La política está ingresando en un nuevo lenguaje centrado en el rescate espiritual.
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