Mientras el mate corría de mano en mano para mitigar un poco el frío del gimnasio sin calefacción, en la asamblea ampliada se sucedían los discursos para todos los gustos. Un asambleísta propuso realizar un "sabotaje industrial para destruir a los terroristas ambientales" de Botnia. Un núcleo importante lo aplaudió a rabiar. "A ese le dicen el Talibán", comentó divertido un participante al cronista. Preocupado, salió al ruedo otro asambleísta para pedir "moderación" y que no trasciendan a la prensa "títulos que no reflejen" que la asamblea es "pacífica".
Para el debate de ayer se estableció un reglamento, y cada orador tuvo hasta cinco minutos para hablar. La cuenta regresiva podía verse en el enorme reloj que marca los tiempos de los partidos de básquet en el gimnasio. A los tres sonaba una bocina corta, para avisar que debía redondearse. A los cinco, una larga y se apagaba automáticamente el micrófono, lo que dejó descolocados a algunos oradores ya que el reloj estaba a sus espaldas. Lo sufrió la primera oradora de la lista, Delia Villalba, una uruguaya que vive en Fray Bentos, muy apreciada aquí, por obvias razones. Cuando se escuchó un grito de "que siga", le abrieron el micrófono para despedirse y llovieron los aplausos.
A semanas del fallo de La Haya, hubo ayer cuatro o cinco veces más gente que en las asambleas corrientes. Y se dispusieron tres coordinadores, una secretaria y ocho veedores para contar los votos cuando fue necesario. Pero no todos los participantes se quedaron hasta el final. Muchos se fueron cuando iban dos o tres horas de discusiones. Pero cuando ya quedaba claro que la protesta seguía, y se intensificaba. Más allá de las diferencias y los tonos. Porque hay bronca y preocupación, por el presente y por el futuro. Según el abogado Darío Carrazza, "la ciudad se ha enamorado del corte, que es un logro de Gualeguaychú".
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