Argentina y la deuda hídrica

Sin dudas, entre los múltiples desafíos de agenda global que la humanidad afrontará durante este siglo, la temática del agua ocupará un lugar preferencial. De acuerdo a las Naciones Unidas, para el año 2025 alrededor de dos tercios de la población mundial tendrá problemas de acceso al agua potable.

Ello obliga no sólo a repensar las estrategias de administración del recurso a nivel interno, sino también a tener en cuenta la situación de otros países y a considerar posibles intercambios.

Argentina aparece como un país rico en materia hídrica, en franco contraste con potencias como China, India y los países europeos en general. Nuestro país posee un total de recursos renovables per cápita de 21.008 km3 anuales (21.008.000 m3), contra los 2.389 km3 a nivel mundial. Si se considera que el límite para sufrir estrés hídrico es el consumo de 1.700 km3 al año, el panorama no puede calificarse más que como positivo.

Dentro de ese contexto, el concepto de “agua virtual” es clave, ya que atiende a las exportaciones e importaciones de agua contenidas en cada producto (la presente y la necesaria para producirlos), un intercambio no lo suficientemente recompensado en el mercado actual. En ese sentido, las masivas exportaciones agrícolas nacionales suponen una cuantiosa salida de agua en forma solapada, a tal punto que nuestro país ocupa el segundo lugar como exportador a nivel mundial, detrás de India.

Dado que el comercio del agua virtual no se encuentra legislado a nivel internacional y tiene una franca oposición de países importadores como Japón, China y varios de Europa, corresponde reflexionar acerca de posibles mecanismos que aseguren, si no la compensación del recurso, al menos su clara determinación, a la espera de un momento más apropiado para negociar por el mismo. Es allí donde se inserta la noción de “deuda hídrica”.

Un nuevo tipo de deuda

Desde el momento en que existe un flujo de recursos no compensado -como sucede con las exportaciones de agua virtual- se está en presencia de un desbalance, lo cual se torna relevante para los países en desarrollo en general, y para Argentina en particular.

Este concepto de transferencias no compensadas reconoce un abordaje previo en un marco más amplio: el de la “deuda ecológica”, esbozado en 1992 por Robleto y Marcelo y definido por la ecuatoriana Aurora Donoso como “aquella que ha venido siendo acumulada por el Norte, especialmente por los países más industrializados, sobre las naciones del Tercer Mundo a través de la expoliación de los recursos naturales por su venta subvaluada, la contaminación ambiental, la utilización gratuita de sus recursos genéticos o la libre ocupación de su espacio ambiental para el depósito de los gases de efecto invernadero u otros residuos acumulados y eliminados por los países industrializados”. Y la propuesta de acción implicaba cancelar la deuda financiera a cambio de la ecológica, lo cual fue -por supuesto- rechazado por los países del Norte.

En lo que hace a la deuda hídrica, y hasta donde nos ha sido posible indagar, se trata de un concepto hasta ahora no desarrollado a nivel teórico; aunque se encuentra ínsito en el más amplio de deuda ecológica. Podría definírselo como la totalidad del consumo de agua virtual exportada y no retribuida. Ello debe estimarse atendiendo a las externalidades de cada caso, que abarcarían intrusión salina, salinización, pérdida de estructura del suelo, lavado de nutrientes y contaminación.

De la teoría a la práctica

Habiendo dejado en claro la importancia del agua virtual para Argentina, y ya con el concepto de deuda hídrica definido, ¿qué cursos de acción podrían seguirse al respecto? Ante todo, y a manera de marco, debería implementarse una estrategia nacional que tenga en cuenta una serie de factores políticos, ambientales y económicos.

Entre ellos, cabe mencionar la carencia estructural de agua en ciertos países importadores netos del recurso, como China, Japón y varios Estados de Europa Occidental; esto supone la posibilidad de crear dependencia con las exportaciones hídricas de nuestro país. Por similares razones, se incluye la oposición de intereses con tales importadores netos. También, la debilidad relativa: Argentina es el segundo exportador de agua virtual a nivel mundial, pero no dispone de un poder correlativo para condicionar la agenda sobre la materia, lo que hace necesaria la búsqueda de posibles aliados, en cuyo caso podría incluirse a los demás grandes exportadores, como India, Estados Unidos, Australia y Brasil. Y además, la inexistencia de un sistema normativo que contemple la cuestión de las exportaciones de agua virtual.

Argentina planteó la cuestión más amplia de la deuda ecológica en el Plenario de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático de 2007, oportunidad en la que el entonces presidente Néstor Kirchner manifestó: “los países desarrollados han recibido por mucho tiempo un verdadero subsidio ambiental de nuestros países, lo que nos convierte en sus acreedores ambientales. Sin embargo, no se ha insistido en el asunto ante organismos como la Organización Mundial del Comercio (OMC) o las recientes Cumbres de Cambio Climático de Copenhague y Cancún, muy presumiblemente debido a las escasas posibilidades de éxito.

Es allí cuando la elaboración, cuantificación y seguimiento de la deuda hídrica cobra una relevancia estratégica. Ante un contexto hostil a la compensación, una alternativa coyuntural podría pasar por el cálculo del agua virtual exportada cada año, a fin de ir consolidando un registro sistematizado que pueda utilizarse en futuras negociaciones. Se trataría de una peculiar forma de resistencia, cuya adopción serviría de plataforma técnica hasta tanto se construya un consenso más amplio sobre el tema.

En base a esta idea, los mecanismos ligados a la compensación por la exportación virtual del recurso podrían abarcar dimensiones como transferencia de tecnología, extensión de programas de ayuda y cooperación, fomento de la cultura, educación o salud, además de la clásica opción monetaria.

En definitiva, se trata de prestar mayor atención a un desafío estratégico que toda la humanidad deberá afrontar en el siglo que comienza, y donde Argentina puede tener un rol clave que jugar. El diseño de un conjunto de medidas protectoras de los recursos hídricos de nuestro país, sumado al despliegue de una diplomacia activa, ayudarán a garantizar la justicia en el intercambio, con todo lo que ello implica para la paz, tanto en el plano interno como el externo.

Comentá la nota