“La Argentina se debate entre dos discursos falsos”

Es uno de los pensadores más originales de la región. Profesor de la escuela de leyes de Harvard, deslumbró a Barack Obama, quien le atribuyó gran parte de sus ideas. Ex ministro de Lula, de visita en la Argentina aceptó dialogar con LPO y no eludió ninguna polémica.
Calificó a las retenciones como un “keynesianismo bastardo” y explicó que en rigor vivimos un presidencialismo “débil” para transformar la sociedad. Su visión sobre los atajos en los que suelen caer el peronismo y el radicalismo, que traban el desarrollo nacional.

Impresiona, el espléndido lobby del hotel Sofitel de la calle Arroyo, antigua torre de la familia Mihanovich, que refleja a la perfección los años de la Belle Epoque porteña, cuando Buenos Aires se soñaba la Paris del Cono Sur. Roberto Mangabeira Uber, invitado al país para exponer en un seminario de la Fundación Universitaria del Río de la Plata (FURC), se acomoda en uno de los sillones de cuero negro y detrás de unas gafas sin montura sorprende una mirada efervescente, esa pasión por las ideas nuevas, que deslumbró a líderes como Obama y Lula.

En la exposición que brindó ayer, sorprendió al señalar que Latinoamérica era una de las regiones con mayor potencial del mundo…

En América del Sur tenemos un conjunto extraordinario de ventajas. Es la región mas pacífica del mundo, tenemos grandes recursos naturales y una inmensa vitalidad creadora y emprendedora en nuestra sociedad.

El problema, sobre todo en Brasil y Argentina, es la relación paradojal entre esta vitalidad y la falta de instrumentos para brindar a la gente capacitación y oportunidades económicas. Hoy esa vitalidad esta encarnada en una nueva clase media que esta surgiendo en nuestros países, al lado de la clase media tradicional. Son millones de personas que luchan para conducir pequeños emprendimientos, que estudian a la noche y que inauguraron una cultura de la iniciativa, que están en el comando del imaginario popular y son el horizonte para la mayoría de la población.

La gran revolución en nuestros países sería que el Estado usara sus recursos para permitir a la mayoría seguir a esa vanguardia. Y para eso sería necesario hacer algo que claramente no hicimos: innovar en nuestras instituciones y democratizar la economía de mercado. Tenemos que profundizar la democracia para construir una democracia de alta energía que no necesite de la crisis para permitir el cambio.

¿Ahora, como se condice esa mirada entusiasta con las profundas deudas en infraestructura básica y los grandes sectores que aún viven en condiciones de pobreza muy profunda, donde el Estado nunca termina de llegar?

En Brasil tenemos a una pequeña burguesía emprendedora y también un núcleo duro de pobreza. Pero hay un puente que hay que potenciar. Son aquellos que salieron de la pobreza y son una especie de correa de transmisión que vincula a la burguesía con la masa pobre. Ese grupo crea el potencial de una base social para un gran proceso transformador, al que hay que darle contendido practico, que no puede ser un mero distribucionismo que le saque a un sector para darle a otro. No podemos caer en una regresión al desarrollismo de las décadas del 60 y 70 del siglo pasado, con un Estado fuerte impulsor del desarrollo. Es necesario construir nuevas instituciones y ahí esta nuestro problema: nuestra tradición es copiar instituciones.

¿Y por donde empezar el cambio?

Veo cinco vertientes decisivas para un proyecto alternativo. En primer lugar, democratizar la economía, que no es sólo desregularla ni compensar las inequidades con políticas sociales. Es ampliar las oportunidades. Eso significa, en política industrial, un foco en las pequeñas y medianas empresas. Hay que hacer un esfuerzo para abrir el acceso al crédito, la tecnología y los mercados globales. Y organizar el salto directo del preformismo industrial, que existe fuera de los grandes centros urbanos de nuestros países, a un postfordismo, sin pasar por el purgatorio del fordismo.

Yo digo que en Brasil no es necesario que todo el país se transforme en San Pablo del siglo pasado para después transformarse en otra cosa. Para eso tenemos que innovar en la manera de asociar Estado con empresas. No escoger entre modelo norteamericano que simplemente regula empresas y toma distancia y el asiático donde el Estado impone política comerciales e industriales de arriba para abajo. Propongo un modelo de coordinación, descentralizado, pluralista y participativo.

¿Y cual sería la segunda gran directriz?

El mundo del trabajo. Centrarse en la mayoría excluida, que se constituye por los trabajadores en negro, que en Argentina son casi el 40% de la población económicamente activa; y en la economía formal, en los trabajadores precarizados, que son los temporarios. Propongo para estos sectores, construir al lado del régimen laboral existente, un segundo régimen legal para proteger, organizar y representar a esta mayoría.

En la Argentina algunos sectores lo acusarían de neoliberal y afirmarían que está proponiendo una flexibilización laboral…

Es ridículo. Veamos, hay dos discursos en nuestros países. El neoliberal de la flexibilización, que los trabajadores correctamente interpretan como un eufemismo para corroer sus derechos; y el discurso del corporativismo sindical que atiende los intereses de la minoría que está dentro del trabajo en blanco, pero no de la mayoría que está afuera.

Lo que yo propongo es rechazar ambos discursos, aparentemente antagónicos, pero en realidad aliados, porque son los beneficiarios del sistema actual. Propongo construir un nuevo esquema. Este tema es un ejemplo muy claro de nuestras dificultades. Nuestras sociedades viven sofocadas por un condominio de lobby y corporativismo, asociados en el control del aparato del Estado y contrarios al interés de las grandes mayorías desorganizadas. De manera que tenemos una gran tarea transformadora por delante, que exige una combinación de audacia e imaginación, dos recursos siempre escasos.

¿En qué marco económico imagina que se darían estos cambios?

Hay que asegurar un escudo económico para la estrategia de desarrollo y esta es la tercera directriz. Hay que tomar la parte buena de la ortodoxia económica, esto es la responsabilidad fiscal, para asegurar margen de maniobra al Estado, para poder organizar una estrategia insurgente. La parte mala de la ortodoxia es tolerar un nivel muy bajo de ahorro nacional que nos pone de rodillas frente al capital financiero internacional. Ningún país se enriquece con el dinero de los otros. Tenemos que organizar una suba forzada del ahorro nacional y construir los canales que destinen ese ahorro a inversiones productivas de largo plazo.

La cuarta directriz es promover una transformación radical en la educación publica. Transformar el paradigma pedagógico, empezando por el lado mas flaco que es la escuela media. Tenemos que sustituir el enciclopedismo informativo superficial, por un diseño analítico. Nuestras instituciones son una camisa de fuerza que suprimen nuestra anarquía creadora, nuestra vitalidad.

¿Cómo es posible que sociedades de gran sincretismo y rebeldes como las nuestras, adopten como paradigma un sistema canónino y dogmático de estilo francés, que es la negación de nuestra naturaleza? Es como si dijéramos: ya que no tenemos guerras, entremos en guerra contra nosotros mismos.

Finalmente, tenemos que construir las instituciones de una democracia que no necesite de la crisis para permitir el cambio. Hay que elevar la temperatura de la política con mayor participación popular en la vida cívica, así se acelera el paso de la política.

¿Imagina posible implementar estas reformas en Argentina?

Para cambiar en esta dirección es necesario resistir atajos fatales, que en Argentina son tres grandes grupos. Por un lado, tenemos los que influyeron en la formación histórica del justicialismo, cuya primera tentación es expropiar el excedente económico del agro para financiar el consumo de las masas urbanas. Es un atajo frente al trabajo serio y la democratización de las oportunidades económicas y la capacitación de la sociedad.

Luego esta el atajo político de apelar al personalismo confrontacional, frente a la alternativa de la construcción de una democracia de alta energía. Y la consecuencia de estos atajos en la Argentina es que se da la alternacia de una política transformadora anti-institucional y una política institucional anti-transformadora.

Los atajos que influyeron en la formación histórica del radicalismo son sobre todo la tentación de copia institucional. Hay un discurso de institucionalidad, pero sin contenido. El contenido es copiar las instituciones de Estados Unidos o Inglaterra o Alemania, que no resuelven nuestros problemas.

El tercer atajo es la tentación de vaciar el desarrollo, de fijarlo en la producción primaria. Nuestra riqueza natural y agropecuaria puede ser muy buena como manera de financiar una alternativa o muy mala como una manera de evitar el desafío de construir esa alternativa.

Usted es un crítico de la idea de la “redistribución” que se usa tanto en la política argentina, incluso habló del “keynesianismo bastardo”...

Exactamente. En un país como Argentina hay dos discursos y los dos son malos y falsos. Uno muy característico del peronismo de derecha, que es preguntar a los inversores que quieren y todo lo que quieren dárselo con la idea de que por ese camino se va a desarrollar el país, la idea que nos vamos a enriquecer agradando a los hombres del capital. Y el otro es el discurso vacío y grotesco de una institucionalidad imitadora. Vamos a respetar las reglas, de acuerdo: ¿Pero qué reglas, qué normas, siguiendo qué camino?

Estos discursos antagónicos son aliados. Y cuando se busca superar esto, se cae en la tentación de ir hacia dos caminos del pasado. Uno es el keynesianismo bastardo, que no tiene una estrategia de desarrollo, sino simplemente la idea de expropiar el agro para financiar el consumo y el crédito de los centros urbanos. Eso no es una solución.

El otro es volver al desarrollismo de un Estado inductor de la economía al estilo de Frondizi, sin ver la diferencia histórica crucial entre nuestra época y aquella. La fase anterior era una fase en la que el Estado se podía aliar a los sectores organizados de la economía y ayudar a construir un fordismo industrial. Ahora, el desafío del Estado es capacitar y organizar a la mayoría desorganizada y pasar directamente del preformismo al post fordismo. Y esto exige lo que siempre nos faltó: imaginación institucional.

¿Cree que pasar a un régimen parlamentario sería una vía?

Primero, tenemos que entender que ninguna forma de gobierno tiene significado intrínseco, dependen del contexto. Además, no hay un repertorio limitado de formas de gobierno que nos obligue a escoger entre el presidencialismo norteamericano o el parlamentarismo europeo.

En nuestras sociedades, muy desiguales, adoptar precozmente el parlamentarismo sería concentrar el poder en las oligarquías políticas y parlamentarias y perder la gran ventaja del presidencialismo, que es permitir un camino plebiscitario directo al centro del poder. Es por eso que las elites no quieren la continuidad del presidencialismo. Pero el defecto del presidencialismo madisoniano combinado con el federalismo -que copiamos- es que fue organizado para dificultar la transformación política de la sociedad. Deliberadamente se organizó una serie de obstáculos constitucionales al cambio. Ese es el verdadero sentido del famoso sistema de frenos y contrapesos.

La solución en esta fase histórica no es abolir el presidencialismo, sino transformarlo, organizando mecanismos para resolver los impases. Por ejemplo, cuando se traba la situación entre el Ejecutivo y el Legislativo, permitir a cualquiera de los dos poderes convocar a elecciones anticipadas, que se aplicarían a ambos. De tal forma que el poder que se excediera en su prerrogativa constitucional, pagaría el precio político del riesgo electoral.

Es curioso habla de un presidencialismo débil y aquí parte del debate político gira en torno a la crítica a un supuesto hiper presidencialismo.

Es un reduccionismo ese concepto. En nuestros sistema el Presidente es fuerte para agradar o para perjudicar, pero es débil para transformar.

Comentá la nota