La Argentina no sólo integra el grupo de países emergentes, sino que también es uno de los que mayor crecimiento del PBI registró en los últimos años (80% acumulado desde mediados de 2002).
Así, se benefició con el aumento de la demanda de grandes países emergentes, como China y la India, y la espectacular mejora de los precios agrícolas (especialmente de la soja). Esto se tradujo en cosechas récord, mayor entrada de divisas por exportaciones y fuertes ingresos fiscales, vía retenciones. También potenció el crecimiento, tras la crisis global de 2008/09, la mayor demanda brasileña de productos industriales argentinos (principalmente automotores), favorecida por la revaluación del real.
Si hubiera que detener la película en este punto, podría decirse que la Argentina tiene más para ganar que perder dentro del nuevo cuadro internacional, donde los países emergentes crecen, en promedio, casi al triple de velocidad que los desarrollados; por más que se verifique una reciente y paulatina desaceleración -por motivos diferentes- en unos y otros. Incluso, las crisis de política económica que golpean actualmente a Estados Unidos y Europa no la afectan por ahora en forma directa, por lo menos en el plano comercial. Sus principales clientes están fuera de ambos bloques, la demanda de alimentos sigue firme y, mientras la cotización de la soja se mantenga en torno de los 500 dólares la tonelada es posible avanzar pese a la menor intensidad del viento a favor.
La perspectiva sería diferente si, como consecuencia de sus serios problemas fiscales y de endeudamiento, Estados Unidos y Europa desembocaran en una nueva recesión o, peor aún, en una depresión. En esta hipótesis, aún incierta, también se debilitaría la expansión de los países emergentes, que tienen a esos bloques entre sus principales mercados y enfrentan además la revaluación de sus monedas. Esto afectaría, al igual que lo que ocurrió en 2008/09, a la economía global y dentro de ella a Brasil (principal cliente de productos industriales argentinos), a los países asiáticos y, en menor medida, a China (principal cliente de productos agrícolas y agroindustriales) debido al enorme tamaño de su mercado interno, al cual se incorporan cada año millones de consumidores que salen de la pobreza y el hambre.
Modificaciones estructurales
Aun con estas mayores dosis de incertidumbre en el mundo, no debe perderse de vista que los cambios estructurales de los últimos años siguen aportándole oportunidades a la Argentina, en especial como productor de alimentos y de biocombustibles. La incógnita, en todo caso, es si podrá aprovecharlas a pleno mediante un incremento de la producción exportable con mayor valor agregado, que a su vez beneficie al mercado interno.
Las respuestas a este interrogante están puertas adentro y tienen que ver con la política oficial. Las trabas y cupos a la exportación afectan las ventas externas de trigo y también han hecho perder relevancia a las de carne vacuna, que en los últimos años fueron desplazadas por Brasil y Uruguay en los mercados externos. A su vez, la aplicación de licencias no automáticas a importaciones de China ha originado represalias de ese país con las compras de aceite de soja. Y el deterioro cambiario (sólo atenuado por la devaluación del dólar frente a otras monedas) les resta impulso a las ventas externas.
Con todo, hay otro problema mayor, de desconfianza, que se manifiesta en la insuficiente inversión privada para sostener el alto crecimiento y una renovada fuga de capitales. Aunque los indicadores macroeconómicos de la Argentina resultarían envidiables para Estados Unidos, el gobierno está perdiendo márgenes de maniobra para cubrirse de los vaivenes externos. La alta inflación es el centro de esta debilidad. Los mayores costos en dólares descolocan a muchos exportadores, pero devaluar más traería mayores presiones inflacionarias. A su vez, el paulatino deterioro fiscal (con un gasto público que crece más que los ingresos impositivos) reduce la posibilidad de aplicar medidas compensatorias para mejorar la competitividad (como las que acaba de disponer Brasil) y también la de readecuar retenciones.
Con estas condiciones, y pese a la "ventaja" de mantenerse aislada de las corrientes de financiamiento externo, la Argentina depende cada vez más de lo que ocurra con sus principales clientes, en especial China y Brasil, dentro de una economía global más incierta y convulsionada por la falta de liderazgos políticos. Quizás esté llegando la hora de abandonar las medidas caso por caso y comenzar a debatir, en serio, políticas estratégicas a mediano y largo plazo.
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