Y la Argentina... ¿para cuándo?

En realidad, y sin tratar de arrogarnos la representatividad de nadie, sino simplemente de auscultar con cierta atención las opiniones de los demás, nos estamos convenciendo que la gente está harta de todas estas disputas políticas, de estas asperezas en el trato, de esta permanente descalificación, de la constante crispación que domina todos los escenarios, en fin, de este cada vez más espeso clima destructivo que termina por sepultar cualquier otra clase de intenciones.
Una lista de alteraciones que, con una pizca de imaginación, podría extenderse con una amplitud interminable, digna -como suele decirse- de objetivos más dignos y esperanzadores.

¿Usted alguna vez imaginó lo que podría llegar a ocurrir si todo este ingenio que se pone en la pelea y la descalificación fuese volcado en la construcción positiva? Una situación que no es sólo producto de este tiempo, viene de bastante más lejos, pero que en lugar de irse superando, por el contrario, se fue agravando. Y que los Kirchner, al menos de la impresión, se encargaron de llevar a la cúspide. Aunque, suele decirse, y con buena parte de razón, que para empeorar siempre queda un ancho margen por delante.

Es muy factible que si tales diferencias se hubiesen solucionado varias décadas atrás, como indica el sentido común, hoy no estaríamos hablando de una Argentina con problemas de pobreza y miseria, esa misma que el Gobierno se empeña en ocultar -el INDEC admite 13,2% mientras que todas las consultoras privadas están por sobre el 30%-. ¿Sabía usted que aquí, en el país de los alimentos, cada dos horas muere un chico menor de 5 años por causas ligadas directamente a la desnutrición? Estaríamos en cambio, hablando de un país del potencial de Nueva Zelanda, Brasil, Canadá o Australia, que aún con menos posibilidades que las nuestras - cuando comenzaron a crecer y desarrollarse, aquí ya éramos el granero del mundo- nos dejaron atrás hace un rato largo. El factor humano, otra explicación cuesta encontrarla.

¿No se da cuenta el Gobierno, la oposición, en fin, todos los políticos y toda la clase dirigente que la gente está necesitando una tregua?

Existe ansiedad de voz baja y nos hablan a los gritos. En lugar de trabajo se promueve la dádiva. En lugar de producción el reparto. El enriquecimiento de algunos de nuestros gobernantes excedió los límites de la indignación, provocando vergüenza, pero lo muestran sin ninguna clase de pudor. "Es gente de fortuna", tratan de justificar. Como si sumar al patrimonio 27 millones en un año fuera algo sencillo, al alcance de todos.

Es evidente que deben revisarse comportamientos, comenzando por el matrimonio presidencial y continuando hacia abajo, sin excepciones, pero el ejemplo debe venir desde lo más alto, justamente desde donde en cambio se genera la mayor violencia moral y espiritual.

¿Hasta cuándo? pues no queda otra alternativa que ejercitar la paciencia y tal vez, poner en práctica esa tan mentada participación que los políticos utilizan como eslogan, pero que llegado el momento someten, reducen y controlan a su arbitrio.

Cómo estará la cosa que hasta los obispos debieron suspender el crítico documento que estaban por emitir en estos días. La fragmentación asusta y el sálvese quien pueda lo tenemos ahí nomás, en la vereda del frente.

Es que cuando lo individual supera lo colectivo, cuando se comienza a perder la esencia básica de la solidaridad, la señal del porvenir es pésima.

Que la presidenta de la Nación y su esposo ex presidente tengan una consultora para aconsejar inversiones, sobrepasa la capacidad de asombro. Casi, es insultante.

Esta es la Argentina de hoy, ¿cómo será la del mañana? Ojalá podamos de una vez por todas enderezar el rumbo. Pero claro, para eso se necesitan cambios muy profundos en el comportamiento, en la manera de pensar y actuar. No aspiramos al idealismo absoluto, nada de eso, simplemente a ejercitar la saludable práctica del sentido común.

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