Se calentaron las citas sabatinas del comando bruerista. El intendente se apoya en dos argumentos para justificar la estrategia: la recuperación de la imagen K y el ahogo financiero del Municipio. La última vez gritó: "El que pone la cara en la calle soy yo; me piden obras y no puedo responder".
Eso ocurrió el sábado pasado a la mañana durante la clásica reunión de la mesa política bruerista, de la que suelen participar el hermano diputado del intendente, Gabriel; la subsecretaria de Gobierno, Susana Gordillo; el ex concejal Hugo Mársico, a cargo del servicio de gestoría Bruera te escucha; Giaccobbe; y el secretario general de la Comuna, Mario Rodríguez. Ese encuentro, que supo ser un distendido ámbito de planificación de estrategias políticas (el famoso brainstorming), se había convertido últimamente en un volcán dormido. Pero ahora entró en erupción.
La causa de las tormentas (no las de ideas) es la decisión que ha tomado el intendente de desandar el camino de la rebeldía y ponerle el cuerpo a una remake de la parábola del hijo pródigo. Eso sí: sin desmontar, por ahora, la puesta en escena que supone su campaña de instalación provincial y el coqueteo con el G-7 de los Ponchos, el grupo de jóvenes renovadores que se reunió recientemente en Salta con el gobernador de esa provincia, Juan Manuel Urtubey, como anfitrión.
En tren de convencer a los suyos de la conveniencia de volver a ponerse bajo el sol cálido del oficialismo, Bruera explica que se ha reducido sustancialmente el rechazo de los platenses hacia la figura de la Presidenta. Acaso el jefe comunal haya tenido acceso al resultado de las últimas encuestas que manejan en Olivos. Esos sondeos sorprenden incluso al núcleo duro del kirchnerismo por el crecimiento que experimenta Cristina en la consideración pública, a tal punto que su imagen positiva está alcanzando los niveles de mediados de 2007, justo antes de la elección en la que ganó la presidencia por más de 20 puntos de ventaja.
Además, Bruera expone crudamente las penurias financieras que enfrenta desde que es castigado por la Casa Rosada para cobrarse la campaña vecinalista, despegada de los candidatos nacionales K, con la que intentó salvarse solo en las legislativas del año pasado.
Pero lo de siempre: no todos en la ensalada bruerista están de acuerdo con esta estrategia, y eso ha generado rispideces y discusiones en voz bastante alta.
Están los que acompañan sin chistar: soldados incondicionales que acatan sin cuestionar.
Están los que fueron muy kirchneristas y, como se la jugaron por Bruera, ahora tienen miedo a las represalias. Allí aparece el jefe de Gabinete, Santiago Martorelli, referente de un sector del Movimiento Evita al que empujó a la ruptura con el resto de la agrupación.
Están los que reciben fuertes presiones de lobbies privados (casi que responden a ellos) para frenar la re-kirchnerización de Bruera. El consultor Giaccobbe es uno de ellos.
Están los que van cambiando de idea, como el diputado Gabriel Bruera, uno de los más entusiastas promotores de la campaña emancipadora que ahora empieza a decir que “quizá no sea tan malo” volver al kirchnerismo.
Como bien se sabe, la política se hace más con gestos que con palabras. O con gestos cuando todavía no es tiempo de palabras. El lunes, durante un acto en la Casa de Gobierno provincial, el alcalde platense dio la nota. Aunque no tenía lugar reservado en el escenario, se subió, se abrió lugar a codazos entre los ministros, que se miraban extrañados y hacían montoncitos con los dedos como diciendo “¿y éste qué hace?”, y se ganó la foto con Daniel Scioli. Un gesto. Otro. Y van.





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