Arde la ciudad

Un intento de motín en el Centro de Contención de Menores de Batán pone en evidencia la peligrosa situación que se vive en la institución. No hay ningún control, y los supuestos nuevos métodos de los directores entrantes terminaron con un incendio que convocó cuatro dotaciones de bomberos. Que no sorprendan las fugas.
En momentos en que la toma del Instituto de Régimen Cerrado de Batán era la noticia del momento, ningún medio periodístico daba cuenta de los acontecimientos, ni siquiera en sus inmediatas ediciones digitales. Nadie decía ni una palabra, y ardía la mitad del predio: los bomberos intentaban apagarlo, y los internos mantenían tomada la otra mitad.

Este semanario ha venido advirtiendo durante el último mes sobre las particularidades que la metodología de la nueva gestión ha impuesto, toda vez que bajo la apariencia demagógica de las puertas abiertas y la excusa de proteger las libertades individuales, se escondía la más violenta de las desidias.

Según las diversas denuncias comentaban, los menores habían encontrado formas muy sencillas de hacerse de botellas de alcohol fino que consumían, también de cantidades de marihuana y de pastillas de psicotrópicos, que les quitaban a aquellos que efectivamente tenían prescripción de medicamentos por patologías psiquiátricas. Un descontrol que la sociedad parecía no estar mirando, o que al menos no estaban viendo quienes debieron establecer la supervisión de una manera mucho más rápida y ejecutiva que la que lograría una comisión de investigación.

Las denuncias dijeron también que los internos conseguían cuchillos con total facilidad, con los que podían reducir a sus propios compañeros, y hasta eran dueños de los picaportes, con los cuales tenían la facilidad de abrir todas aquellas puertas que les estuviesen vedadas. Esas eran las nuevas libertades.

Así cursaron los hechos hasta este comienzo de semana, ya que el lunes 11 se supo que un interno de 19 años redujo a un compañero de 16, lo golpeó y lo obligó a practicarle sexo oral.

La víctima denunció los hechos esa misma mañana, cuando todo había sucedido en la noche del domingo, y allí surgieron todos los interrogantes. ¿Cómo podía ser que el de 19 estuviera solo con el menor? ¿Cómo lo había llevado a un cuarto sin que los guardias lo supieran? ¿Cómo fue que el director se enteró de la situación violenta recién a la mañana siguiente, cuando se la fueron a contar al despacho? ¿Quién cuida a los menores durante la noche? ¿Alguien cuida a alguien, o cada uno se defiende como puede?

En numerosas ocasiones se había planteado que no era recomendable el clima enrarecido que se producía cuando un muchacho mayor convivía con chiquilines. Alguien dijo que de esa forma se generalizaba la cultura tumbera aun entre los que no habían tenido ocasión de frecuentarla.

Por el sillón

Indica la denuncia que llega a este medio, que el Instituto de Régimen Cerrado se ha convertido en el escenario de una disputa de enfrentamientos por espacios de poder, del cual incluso los propios internos no tienen demasiada idea. Seguramente ellos creen ser los protagonistas de unos hechos violentos que los exceden, ya que en realidad son la estrategia por la cual se reorganiza el organigrama de mandos de una batalla increíble.

La denuncia habla de un personaje peculiar de este grupo laboral, Gustavo Lorenzo, que según indican habría operado diversas estrategias con el fin de lograr la intervención del Instituto. Se trataba de debilitar al entonces director Darío Forastiere, y al subdirector, Juan Capel. Lorenzo habría utilizado entonces sus contactos como delegado gremial con el fin de conseguir que ingresaran diversas personas a la planta de empleados, bajo la excusa de que los asistentes eran insuficientes.

La cuestión es que el número de empleados con que se cuenta para ejercer el control del centro es escaso, pero en esta lista propuesta ingresaron a trabajar en el Estado los amigos y familiares de Lorenzo. Es decir que la institución ya estaba deteriorada, y el director Forastiere había ya realizado las gestiones para incrementar el número del personal. Pero entonces Lorenzo aprovechó la volada e hizo ingresar allí a sus candidatos. La gente creyó que él era el artífice político del aumento de personal.

Obviamente nada se resolvió: el nuevo staff inventado no estaba preparado para normalizar una situación que ya se presentaba difícil. Casi todos terminaron pidiendo carpetas psiquiátricas o por simple enfermedad, ya que se trata de un trabajo complejo para el cual hay que estar seriamente preparado.

Lo cierto es que Lorenzo viajaba todo el tiempo a Dolores porque buscaba hacer saltar al director generando lobby con el Director de Institutos Penales, Carlos Lucía, y con el Director del Instituto Nuevo Dique, Profesor Tachi. Mintió y mintió para que algo quedara, y reforzó su estrategia con un paro de 48 horas que hiciera más aún en el sentido de la desestabilización general.

Pero Forastiere y Capel resistían el tornado. Lo siguiente fueron las fugas reiteradas de internos, algunas de las cuales se dieron en situaciones muy particulares y fueron escasamente investigadas. Se dice que Lorenzo había hablado personalmente con los 8 jefes de guardia, y que les había prometido cargos una vez que los directores se fueran.

Todo cayó por su propio peso, la desestabilización se hizo sentir, hasta que llegaron los nuevos directores desde La Plata: mágicamente la gente empezó a trabajar, en un proceso que había sido planeado con anterioridad. Más horas extras, más dinero, más pasajes oficiales. Los que nunca trabajaban, lo hicieron. Los que vivían con carpeta médica, se curaron.

Y Lorenzo tenía un ladero, Zibechi, de quien se dice que nunca había trabajado hasta este momento, cuando vaya a saber por qué se despertó. Tenían el aval de ATE, y efectivamente creían que se quedarían con una gran porción de torta.

Pero pasó el tiempo y el apoyo del gremio no aparecía. Por lo tanto, los cargos y ascensos, tampoco. El personal se sintió usado, y todos se dieron cuenta de que habían interpretado un circo que beneficiaba a otras personas. Otra vez aparecieron las carpetas psiquiátricas como único modo posible de salir del medio de una situación laboral insoportable sin tener que renunciar al cargo.

El nuevo director se llama Rubén Muro, y una vez acá, comprendió que lo último que querían Lorenzo y Zibechi era trabajar por el bien del instituto. Su apetencia iba directamente al sillón del director, y obviamente Muro no lo iba a entregar así nomás.

Por eso ahora la situación realmente es un caos: ATE no ayuda y por lo tanto Muro pidió ayuda a sus compañeros de La Plata, que desembarcaron en Batán con su modalidad de trabajo. Y agárrense.

Los modernos

Parece que la nueva gestión creyó que al instituto le venía bien aflojar un tanto con la rigidez de las normas, y que resultaría bueno un régimen de puertas más abiertas para tratar a menores, aunque todos ellos estuvieran allí por haber cometido delitos penales: “Los pibes están desparramados por todo el Instituto, a la buena de Dios”, dice el denunciante.

Parece que el tal Zibechi se integra a sus funciones de vez en cuando, y por espacio de dos horas. Durante ese tiempo se encierra en la preceptoría a hablar por teléfono o solamente entrega llaves. Gracias a eso, los internos pueden violentar todas las puertas y acceder a todos los elementos que antes tenían prohibidos: tijeras, cuchillos, picaportes.

El consumo de drogas es general, ya que cualquiera puede entrar como visita sin ser prácticamente requisado: personal femenino no hay. Es decir que tampoco hay control ni refuerzos: los asistentes son escasos, los internos se manejan a su manera y se fugan cuando quieren, simplemente con hacerse trasladar al Interzonal.

El abuso denunciado esta semana no fue más que una muestra. Las habitaciones están abiertas, hay problemas de convivencia y agresiones permanentes. Hay drogas y por lo tanto la imposibilidad de asistir a la escuela, que podría ser un medio para lograr que la educación haga algo por ellos. Un abuso sexual es lo más leve que puede pasar.

Las denuncias son angustiantes: “Hay que estar acá para entender lo que pasa”, dice una nota del personal, cargada de tensión. Con esto quieren decir que a ellos no les sirven las investigaciones que se solicitan desde La Plata, ni las comisiones de trabajo de escritorio con las que el Senado provincial pretende subsanar este drama.

Baste decir que una guardia que debería tener doce asistentes tiene tres, y cada uno se salva como puede. La quema de colchones y el hallazgo de drogas son nada más que una muestra: ahora llegó el incendio del edificio.

El presunto motín del 12 de julio se habría desatado cuando se supo que había habido un abuso sexual por parte de un mayor de 19, cuya víctima de 16 no tuvo defensa alguna. Las condiciones de desidia se habrían evidenciado en un centro que es escenario de lucha por los ascensos y nada más.

Entre tanto, el Senado de la provincia solicita informes acerca de las razones por las cuales los fondos adjudicados para la realización de programas y subprogramas para minoridad están intactos. ¿A quién le conviene esta realidad? ¿A quién le conviene devolver la plata que se había asignado para programas que mejoraran esta situación imposible de vivir?

La verdad es que de los $2.732.593 adjudicados para el Programa 3 del Sistema de Responsabilidad Juvenil, y Subprograma 2 de Centros de Referencia, no se ha devengado ni un solo peso, y el saldo permanece intacto. Lo mismo sucede con siete programas más, como por ejemplo el de Derecho Garantizado para la Niñez. Son en total más de treinta millones que no se han implementado.

Y nada más. Arde la ciudad, cuando nadie dice nada. Arde con los que están adentro y con los que logran volver a circular por fuera. Entre tanto, un funcionario hace jueguitos con las ruedas de la silla de su despacho, o practica tiros de básquet con bollos de papel en el cesto de la basura. Como para entretenerse.

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