Por Mariano GrondonaLa crisis griega, ¿es económica o política? El hecho de que Grecia se encuentre hoy tan cerca de un "default" como el que padeció la Argentina hace diez años ante un catastrófico sobreendeudamiento del que ni siquiera la Unión Europea de la que forma parte consigue salvarla, induce a pensar que la crisis griega es eminentemente económica. A esta hipótesis "economicista" se suma la sombría imagen de la propia Grecia , que junto con los demás países europeos llamados según sus iniciales en inglés PIGS, "cerdos", (Portugal, Irlanda a la que podría sumarse la "I" de Italia, Grecia y la propia España, en inglés "Spain") integra el "cuadro de deshonor" de aquellas naciones europeas que se hallan al borde de la bancarrota.
¿Pero cómo ha llegado esta antigua nación que fue cuna de la civilización occidental a una insolvencia de tal grado que ni siquiera la quita del cincuenta por ciento de sus deudas que le han ofrecido parece alcanzar? ¿Por una causa específicamente económica o, yendo más al fondo, por una causa eminentemente "política"? Para responder a este interrogante, podríamos utilizar una metáfora. Imaginemos que una persona que ha venido fumando por largo tiempo cien cigarrillos por día contrae un cáncer de pulmón y es operada con éxito por un brillante cirujano. ¿Diremos en tal caso que el cirujano la salvó? Sí, pero con una condición: que deje de fumar. ¿Y qué pasará si vuelve a fumar? Que ya ni el brillante cirujano podrá salvarla.
El problema de Grecia consiste, en última instancia, en que ese "firme poder" que necesita, sencillamente no aparece.
En el límite, la economía de Grecia podría salvarse si su gobierno adoptara las heroicas medidas de saneamiento que los expertos le aconsejan. ¿Por qué, entonces, no lo hace? Porque el país carece del "poder de decisión" que necesita para estas cruciales circunstancias. Pero ese poder de decisión que le falta no es en sí mismo un factor económico sino un factor político porque sólo un gobierno que encarnara una vigorosa voluntad nacional de salvación podría acometer la formidable tarea. Ningún técnico por capaz que sea podría reencauzar a Grecia sin el sostén decisivo de una firme voluntad de poder detrás de él. El problema de Grecia consiste, en última instancia, en que ese "firme poder" que necesita, sencillamente no aparece.
¿Cuáles son los ingredientes políticos cuya suma podría darle a los griegos la voluntad de poder que les falta? Quien se formule esta pregunta caerá en la cuenta de que a la nación helénica no la sobrevuela "un" poder sino "varios": uno, su gobierno; otro, la oposición, un tercero la propia Unión Europea de la cual depende una moneda continental, el "euro", ya no a cargo de una sino de diez y siete naciones. A esta lista ya de por sí demasiado abultada habría que sumarle, en fin, nada menos que el propio pueblo griego, sin cuyo concurso ninguna solución resultará viable. Algunas de las dificultades que surgen de esta enumeración parecieron en camino de superarse cuando el partido socialista Pasok del premier Papandreu y el partido de centro derecha de la oposición, Nueva Democracia, acordaron formar un gobierno de coalición. Algo notable ocurrió entonces: que los dos actores principales de la clase política griega resolvieran dejar de pelearse entre ellos. Que ni esto alcanza se vio sin embargo casi simultáneamente cuando las encuestas de opinión adelantaron que, si se sometía a un referendo esa solución "heroica" que ambos partidos favorecían el pueblo griego, nada menos que la base misma de la democracia, se habría de oponer.
¿Cuáles son los ingredientes políticos cuya suma podría darle a los griegos la voluntad de poder que les falta?
En los inicios de la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler devastaba a Europa, en un memorable discurso Winston Churchill les confesó a los ingleses que sólo podría ofrecerles "sangre, sudor y lágrimas". Su éxito consiguiente se fundó sobre tres pilares: un liderazgo carismático, una situación extrema y el temple de un pueblo. En Atenas, estos tres pilares brillan por su ausencia. Menos que en torno de un liderazgo carismático, Papandreu y los políticos que lo rodean sólo aparecen como figuras comunes, ordinarias, situadas por debajo del desafío que los cerca. Eso que los cerca, por otra parte, ¿aparece ante sus ojos como una amenaza comparable a la voracidad wagneriana de Adolfo Hitler? Y en cuanto al temple de un pueblo cargado de gloria como es el pueblo griego, ¿qué hará falta para que, despertando de su letargo, se anime a repetir su historia?.
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