Por: Néstor O. Scibona.Desde el flanco de la economía, la crisis de 2001 dejó lecciones capitalizadas como errores para no repetir.
También quedó claro que tomar deuda externa para financiar gasto público corriente era el talón de Aquiles. Cuando se cortó el crédito, fue inevitable un impopular ajuste fiscal, como hoy ocurre en Grecia. El economista Orlando Ferreres lo graficó con una frase: "En la Argentina se festejan los créditos y se lloran las deudas".
Desde 2002, no se repitió el riesgoso descalce de monedas (créditos en dólares para saldar con ingresos en pesos), sobre todo porque la "pesificación asimétrica" de deudas que se aplicó para remediarlo fue una gran estafa a los ahorristas. Aún así, quedó demostrado que una fuerte devaluación para licuar gasto público y salarios tiene mayor tolerancia social que bajarlos nominalmente. El frustrado ajuste fiscal de López Murphy (2001) era mucho menos severo que el que se produjo un año después por aquella vía.
Aunque el default de la deuda fue aplaudido por el Congreso, dejó hasta ahora a la Argentina fuera del crédito y contribuyó, junto con el ajuste de 2001/2002, a la peor contracción histórica del PBI, que catapultó la pobreza al 54%.
Como en otras crisis, la Argentina hizo su aprendizaje al mayor costo. La buena noticia es que instaló la necesidad de mantener equilibrios fiscal y externo. A años luz de los indicadores de entonces, no deja de ser saludable la preocupación que generan hoy algunas tendencias. Se aprendió que la combinación de gasto público creciente y peso revaluado no conducen a buen puerto; a pesar del desendeudamiento, no con superávit fiscal sino con uso de reservas del BCRA..
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