En los sectores más altos, un 27% consigue su diploma. La desigualdad se reproduce en las aulas, y se nota en el acceso a la Universidad: los de clases acomodadas casi duplican a los de menos recursos
En lo que se refiere a niveles de éxito académico, los jóvenes provenientes de familias económicamente acomodadas triplican a los de los sectores pobres. Dicho de otra manera, se reciben tres veces más estudiantes de clase media o alta que de los sectores empobrecidos.
Además, en Río Cuarto, el 60 por ciento de los graduados universitarios de todas las carreras pertenecen a los cuatros estratos socioeconómicos más altos. En tanto, los cuatro estratos más bajos tienen apenas el 17 por ciento de los egresados.
La cuantificación que se presenta en esta nota corresponde a los cuatro deciles de ingresos más bajos de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec para el cuarto trimestre de 2011, el último dato disponible en este sentido. Los cuatro estratos de ingresos más bajos son los que estarían bajo la línea de pobreza al promediar los índices del Consejo Profesional de Ciencias Económicas y del Indec, que arroja como resultado una canasta básica total de 3.231 pesos de ingresos mensuales para una familia tipo.
Ascenso social
Los números parecen indicar no sólo que la educación está lejos de ser una herramienta para el ascenso social sino que, por el contrario, reproduce las desigualdades que llegan desde afuera de los claustros.
Es razonable pensar que, para cumplir con la misión de reducir las desigualdades sociales, el sistema educativo debería ofrecer al menos las mismas oportunidades a unos y otros.
Y aunque formalmente es así, la realidad demuestra que existe una gran cantidad de “barreras invisibles” que terminan cerrándoles la posibilidad de la educación superior a quienes más lo necesitarían.
De hecho, la Universidad Nacional de Río Cuarto no fija cupos de ingreso ni aranceles para ninguna de sus carreras pero, así y todo, no alcanza para que las clases más empobrecidas puedan estudiar.
Varios factores confluyen para configurar un cuello de botella que dificulta el acceso a los altos estudios de las clases sociales más desprotegidas. En la práctica, existen barreras económicas, sociales y educativas que funcionan a modo de “filtro”. Esto es reconocido por las propias autoridades universitarias, que buscan revertir las dificultades en el acceso a la educación.
Barreras
Tal como explicó oportunamente el vicerrector Javier Salminis, en las familias de menores ingresos, muchos de los jóvenes deben trabajar para subsistir y encuentran los primeros impedimentos en los horarios de cursada. Para quien trabaja a jornada completa, hoy es casi imposible seguir una carrera universitaria.
Más allá de esto, estudiar es una inversión monetaria que una familia pobre no puede afrontar. Esto vale sobre todo para los jóvenes que vienen de la región y se ven obligados a alquilar un lugar para vivir.
Mientras todo esto sucede, en los sectores más pobres parece desdibujarse el valor de la educación universitaria. Como sostuvo Salminis, muchos jóvenes de los sectores pobres “sufren problemas vocacionales o no tienen un proyecto de vida”.
De hecho, muchos de estos chicos no pueden siquiera sostenerse en el nivel medio. La encuesta permanente de hogares indica que el 32 por ciento de los jóvenes más pobres (algo más de 8.100) no terminaron el secundario.
Por último, al llegar a esta instancia con menor capital cultural, el paso de la escuela secundaria al mundo universitario supone una brecha insalvable. Aún si quisieran seguir estudiando, no tendrían los recursos simbólicos para dar ese salto.
En este sentido, dentro de la población de 25.400 jóvenes riocuartenses que vienen de familias pobres, hay un 22 por ciento que terminó el secundario pero no sigue estudiando (más de 5.600 chicos).
El acceso, también desigual
Por otra parte, más allá de la cuestión del éxito académico según la clase social, la encuesta permanente de hogares del Indec señala la desigualdad en el acceso a la educación superior. Entre los jóvenes que están en la universidad desde la base de la pirámide social, sólo el 24,5 por ciento accede a los estudios universitarios.
En tanto, en los de los cuatro estratos más acomodados, lo hace el 41,6% de los jóvenes.
Problemas en la cima
Pero, más allá de esto, no hay que perder de vista que, aún cuando los números señalan que no llegan a la formación universitaria, los sectores más pobres tienen un alto índice de escolarización.
En los cuatro estratos socioeconómicos más bajos, la cantidad de chicos que no estudian duplica a la de los que sí lo hacen. En esta población hay 17.818 jóvenes que no
estudian, sólo 7.595 son alumnos secundarios o universitarios.
En tanto, los cuatro estratos más altos de la encuesta muestran una relación mucho más baja: los que están fuera del sistema educativo casi cuatriplican a los que están dentro. Unos 19.200 jóvenes de clase media o media alta no estudian nada, mientras que sólo 4.850 son alumnos regulares en el nivel secundario o superior.
Leonardo Brochero
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