Se apagó la luz que hizo brillar a la tecnología

Por: Walter Brown

La muerte de un genio suele despertar un sentimiento de pérdida genuino, que atraviesa el planeta. Sobre todo, cuando el personaje en cuestión supo utilizar su intelecto, su capacidad de liderazgo, su creatividad y su imaginación para cambiar positivamente ese mundo en que vivimos.

La explosión de consumo tecnológico de las últimas tres décadas no hubiese sido posible sin su presencia. Steve Jobs no solo fue el más grande innovador de ese tiempo, un ícono de la era digital que instaló el buen gusto y diseño como sello de los productos de Apple, la compañía que condujo hasta poco más de un mes antes de su muerte. También fue un extraordinario CEO que manejó con brillantez el arte del marketing y despertó la avidez del mercado por sus productos. Construyó un imperio de la nada y forzó a rivales de la talla de Bill Gates a superarse para mantenerse competitivos. La computación, la telefonía móvil, la reproducción y comercialización de la música y hasta el mundo del cine animado crecieron al ritmo que marcó cada paso de Jobs. El cáncer pancreático, que ayer terminó con su vida, puso freno en agosto pasado a esa trayectoria irrepetible al frente de la empresa de la manzanita. “Creo que los días más brillantes e innovadores están por venir...”, dijo en su despedida, fiel a un espíritu que supo derribar barreras e inspirar con su talento a varias generaciones.

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