¿Otra vez, "Braden o Perón"?

Por Mariano Grondona

¿Hacia dónde debe dirigirse la política exterior de un gobierno? ¿Hacia objetivos favorables para la nación o hacia objetivos favorables para la popularidad del gobierno? Cuando la opción es elegir un objetivo favorable para la nación que el pueblo además aprueba, este dilema no se plantea. Se plantea, en cambio, cuando lo que favorece a la popularidad del gobierno contradice el interés de la nación. Dicho con otras palabras, cuando al gobierno lo pone a prueba la tentación de la "demagogia".

Si el gobierno cede ante esta tentación, escoge el corto plazo en lugar del largo plazo porque la demagogia consiste, en lo esencial, en la preferencia de lo inmediato a costa de lo mediato o, con otra palabras, cuando el gobierno se queda con la ganancia que le ofrece la popularidad pero "patea" hacia el futuro la pérdida que le acarreará la adopción de una política exterior en última instancia "irracional", ya que afectará negativamente al desarrollo de la nación.

Pero el dilema entre la ganancia electoral de corto plazo y la ganancia ulterior de largo plazo sólo se presenta cuando el propio pueblo, por favorecer lo instantáneo en lugar de lo permanente, se deja fascinar por la atracción de las medidas demagógicas. En estos casos, al gobierno puede importarle más ganar elecciones que conquistar el futuro, fijándose en la lógica "interna" de sus encuestas de popularidad en vez de atender la lógica "externa" del posicionamiento de la nación en el mundo.

Tenemos dos ejemplos históricos de estas opciones. En 1956, cuando ya iniciaba su marcha hacia la presidencia de los Estados Unidos, John Kennedy escribió Perfiles de coraje, un libro en el cual exaltaba la conducta de aquellos estadistas que siguieron mirando al futuro a pesar del costo electoral que podría acarrearles. Diez años antes, en 1946, el ascendente Perón optó por su parte en favor de la popularidad immediata de cara a una elección que, con la ayuda del eslogan "Braden o Perón", le valió alcanzar la presidencia, apostando a la popularidad aunque debió corregir su enfoque inicial pocos años más tarde convocando a Alfredo Gómez Morales al frente del ministerio de Asuntos Económicos, entre 1952 y 1955.

La dificultad de optar entre la demagogia "internista" del corto plazo y la sabiduría "externa" del largo plazo reside en el hecho de que tanto la demagogia como la responsabilidad vienen a ser, en diferentes aspectos, "racionales". Elegir la demagogia es "políticamente" racional en el sentido de que, si el objetivo de un político es ganar el poder, la demagogia podría serle funcional a este objetivo si la mayoría del pueblo, aún inmadura, lo aplaude, en tanto que resistir esta tentación es "económicamente" racional porque apunta al desarrollo de la nación. ¿Por cuál de estas dos racionalidades debe apostar el gobernante? Pero el dilema entre lo político y lo económico sólo es posible cuando la mayoría del pueblo, aún fascinada por consignas finalmente contraproducentes, escoge el "hoy" en desmedro del "mañana".

Al anunciar la confiscación de Repsol-YPF, que ha lesionado gravemente la credibilidad argentina frente al mundo, ¿no ha seguido la presidenta Kirchner la misma ruta que inicialmente siguió Perón, ocupando en este caso España el papel de Braden? ¿Necesitará entonces, de aquí a un tiempo, de algún nuevo Gómez Morales? Pero la decisión demagógica que anunció la Presidenta el lunes último, ¿provino en última instancia de ella misma o de la mayoría del pueblo que, según se lo decían las encuestas, se inclinaba por la estatización? Si la alternativa que escogió en su momento Kennedy no le impidió ganar las elecciones, fue porque el pueblo le dio la victoria gracias a su larga experiencia democrática de casi docientos años, a la inversa de nuestra joven e inexperta democracia, que se halla todavía en su edad adolescente. ¿Habrá que esperar por ello que nuestra democracia madure el tiempo necesario para repudiar a los demagogos? Cuando la demagogia muestre al fin sus frutos venenosos, recién entonces nuestras mayorías podrán desenmascarar el ardid de los demagogos. ¿Cuán lejos de nosotros se halla, todavía, esta venturosa iluminación?.

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