Barbarín Salva, abuelo de la criatura, dijo a EL LIBERAL que él y su hija viven una pesadilla. La autopsia confirmó que la criatura sufrió dos cortes en el cuello. Anoche, familiares del joven termense acusado del horrendo crimen retiraron el cuerpo del suicida.
Por donde se la contemple, la trágica historia policial conmueve por sus distintas aristas: un joven santiagueño sin recursos, decepcionado por una discapacidad que fue minando su fortaleza emocional y física, protagonista de una relación sentimental que derivó en horror el sábado, en una doble tragedia que aún conmueve a Salta y también a Santiago del Estero .
El dramático desenlace hizo eclosión en el humilde barrio San Benito, en el sudeste de la capital salteña, cuyos habitantes aún no terminan de reaccionar ante semejante shock.
De acuerdo con la investigación que lleva adelante el juez Esteban Dubois y la seccional Décima, Marcelo Giménez regresó a fines de octubre de la provincia de Buenos Aires. Hasta allí se habría trasladado en busca de una solución a sus pesares económicos y a la espera del fin de un juicio laboral iniciado a un municipio de Neuquén, a causa de un accidente de trabajo que derivó en una incapacidad del 60%.
Familiares de Natalia Salva ayer recibieron a EL LIBERAL y reeditaron la historia de la pareja. “Ellos se conocieron hace casi cuatro años atrás, en el sur del país. Mi hija me lo presentó. Fue el primer novio para ella”, relató entre lágrimas Barbarín Salva, padre de la joven madre de la criatura asesinada brutalmente.
“No entiendo qué pasó. Todo esto me tiene muy mal. No puedo creer que perdí a mi nieta de tal manera. Es una pesadilla”, ahondó.
Según Salva, “el sábado llegué del trabajo como a las 13. En casa vi a muchos policías. Mi hija lloraba en la puerta desconsolada”.
Durante casi tres horas, la policía intentó dar con una pieza de sensatez que pudiera desentrañar un rompecabezas tan complejo como irracional.
“Mi hija lloraba y gritaba. Marcelo mató a la Guada, mató a la Guada, repetía”, relató el hombre a EL LIBERAL entre lágrimas.
Guadalupe Elisa Giménez era lo único que lograba abstraer a Giménez del desasosiego económico en que giraban sus días. Desde que se precipitara de un andamio, 5 metros de altura, el santiagueño había perdido el más fuerte y frágil de sus cimientos: la posibilidad de trabajar. Sin embargo, los primos de Natalia alcanzaban a atenuar todo faltante. En estos años, se convirtieron en sostén económico, según manifestó el primo de la joven, Ariel Cutipa.
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