Por Martín LousteauEn su monumental "Postguerra: la historia de Europa desde 1945", Tony Judt resalta el papel histórico desempeñado por la llamada "Primavera de Praga" para redefinir los campos ideológicos surgidos de la Segunda Guerra Mundial.
En los primeros días de 1968 se dio un breve período de liberalización política en Checoslovaquia que pretendía revertir los rasgos totalitarios del régimen soviético mediante mayores libertades de expresión y prensa, algunas limitadas reformas económicas y un tímido multipartidismo, ideas que se resumían adecuadamente en "un socialismo con rostro humano". Pero aun esta sutil diferenciación con Moscú fue finalmente aplastada por las tropas de la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia que, con centenares de miles de soldados y millares de tanques, invadieron el país.
Más allá del fracaso del movimiento dentro del territorio checoslovaco, el episodio tuvo una fundamental repercusión externa al terminar por desacreditar y así herir de muerte al marxismo-leninismo en Occidente. A partir de entonces, el comunismo dejó de ser un ideal anti-fascista y progresista al que, merced a su enorme sacrificio en tiempos bélicos, había que perdonarle sus excesos mundanos. La excusa moral de la guerra se evaporó y muchos intelectuales occidentales de izquierda reaccionaron ante los episodios que tenían lugar a pocos kilómetros de sus propios hogares. De hecho y en un claro quiebre de su tradicional postura, la ocupación fue condenada inclusive por los partidos comunistas de Finlandia, Francia e Italia.
La tragedia de Once puso al desnudo, y de la peor manera posible, las contradicciones oficialistas
En nuestro país, hasta hace muy poco los sectores intelectualmente más afines al oficialismo rechazaban con virulencia cualquier referencia a algunos obvios desatinos del Gobierno apelando recurrentemente al monstruo neoliberal y ortodoxo. Todo error y toda mala praxis debían ser exculpados en virtud de ese enemigo pasado.
La tragedia de Once puso al desnudo, y de la peor manera posible, las contradicciones oficialistas. Y la actual escasez fiscal -situación que el kirchnerismo hasta ahora nunca había enfrentado y para la cual rehusó prevenirse- torna evidentes otras inconsistencias de un modelo que estaba supuestamente cambiando de raíz y para siempre la estructura socioeconómica de nuestro país. Desde hace algunos años, este es el Estado con mayores recursos de toda nuestra historia y sin embargo, la infraestructura de transporte no ha mejorado nada; en materia energética hemos retrocedido; y la educación no presenta cambios sustanciales.
Para acomodar esos datos incongruentes con el relato oficial pueden seleccionarse nuevos enemigos: las empresas concesionarias, los socios argentinos de YPF o los docentes. Pero más allá de su efímero impacto mediático el artilugio no altera la realidad. Judt cierra su extraordinario y voluminoso estudio con un chiste de la época soviética en el cual un oyente llama a Radio Armenia para preguntar si es posible predecir el futuro y se encuentra con esta respuesta del otro lado: "Sí, no hay problema. Sabemos exactamente cómo será el porvenir. Nuestro problema es el pasado, que siempre está cambiando"..

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