¿Ministro de Educación o alumno enojado?

Por Ricardo Roa.

El ministro de Educación se ha sumergido solito en un laberinto al justificar las tomas de escuela “cuando se agota el diálogo con la autoridad”. Y en el afán por aclarar lo que dijo, decir que no dijo lo que dijo o pretender decir lo que no había dicho, terminó metido en un berenjenal.

Quedó a la vista, de todos modos, que sería necesario un detector de ruptura de diálogos para determinar cuándo se puede tomar una escuela y cuándo no. También, que Sileoni está contento porque los chicos se movilizan reclamando porque el quiosco es gestionado por privados, el portero debe jubilarse aunque no quiera o porque, pese a la desratización, aparece una rata.

Ve en esas cosas una preparación para la vida democrática.

¿Cuál es la preparación en la que Sileoni piensa?

¿es la misma que cuando el Gobierno retira la Gendarmería unilateralmente sólo porque se le antoja? ¿o cuando dice “no te doy más recursos aunque no puedas pagar el aguinaldo a los estatales porque no me gustó lo que dijiste” o “dejo de poner publicidad en ciertos medios porque no me gusta lo que publican”?

Tal vez sin proponérselo, Sileoni expuso una idea profunda que anida en el corazón del kirchnerismo: la democracia es prepararse para imponer nuestra visión, por el diálogo, la fuerza o como sea .

De lo contrario, no se entiende que haya dicho que “a veces se agotan los caminos de diálogo y hay que llegar a medidas extremas”. Lo que equivale a pensar la política como un espacio de antagonismo .

Prepararse para la vida democrática es otra cosa: aprender, formarse, esforzarse, respetar las normas.

¿O la medida la da un supuesto compromiso militante más que el aporte al mejoramiento del país?

La democracia es un modo de resolución de conflictos que le permiten a una comunidad dialogar y llegar a acuerdos . Así, pueden ser resueltos sin afectar el desarrollo, el crecimiento y la calidad de vida misma de los ciudadanos.

En este debate está metida la Argentina. Entre un gobierno obsesionado por recrear una épica revolucionaria del conflicto y una sociedad que busca ir por las calles sin que se las corten, ahorrar en la moneda que quiera sin que se lo prohíban, decir lo que piensa sin que la persigan y, en el caso de los chicos, estudiar, aprender y proyectar un futuro.

Cualquier hijo de vecino aspira a contar con un ministro de Educación que promueva el diálogo y no la ruptura : la escuela está justamente para eso. Y no uno que convoque a los chicos a la cruzada de unos adolescentes tardíos que parecen empeñados en revivir las frustraciones de su propia generación.

En fin, la cuestión es que el ministro haga de ministro.

Que se ocupe de hacer cumplir las normas que regulan la vida en los colegios y ayudan a los alumnos a aprender más y a quedarse en las escuelas. Y que deje que de la transgresión se ocupen los jóvenes.

Comentá la nota