Escribe Tomás Luciani. En 2013, mientras ataja la crisis financiera, el gobernador deberá manejar diestramente la sucesión, para que no se le escurra el poder. Tensa relación con Cristina.
Tendrá que definir su propia sucesión, en medio de presiones sociales, inéditas dificultades financieras y una relación complicada con la Casa Rosada.
Por primera vez, no le alcanzará la plata para sostener el funcionamiento normal del Estado y seguir alimentando el descomunal aparato clientelista.
Mientras reinaugura obras ya inauguradas, y sigue postergando el Hospital del Este, la nueva ruta 38, etc., tendrá que encarar nuevas maniobras costosas ante la opinión pública (como fue la toma de fondos de la Caja Popular) para llegar a cumplir sus obligaciones todos los meses.
Los problemas fiscales de la Nación hoy se trasladan a las provincias, así como en la época de vacas gordas las ganancias las capitalizaba el gobierno central.
Mientras la inflación acorrala a los más pobres, se extiende el malestar social y decrece la figura de la Presidenta, el “jamón del sándwich” son los gobernadores.
Como lo hicieron este fin de semana en Las Termas, ellos deben pagar el costo de defender un “modelo” en el que nadie cree, mientras les recortan dinero y son molestados en sus propios territorios por los jóvenes de La Cámpora.
En la elección de 2013, Alperovich estará obligado a trabajar para otros. No tiene un candidato fuerte para la diputación nacional, y Cristina otra vez armará las listas, provincia por provincia, buscando condicionar con una herencia ultra K a su sucesor (el que aparece mejor proyectado es Daniel Scioli).
Acatando órdenes, pero a la vez pensando en su propio futuro poskirchnerista, Alperovich tendrá que exhibir si tiene capacidad para gobernar en arenas movedizas.
Durante la mayor bonanza de la historia argentina, el gobernador supo construir y acrecentar su poder. Una vez dijo: “nunca más el pago de sueldos a los estatales será un tema en los diarios en Tucumán”.
Pero ahora está endeudándose y manoteando fondos de donde no corresponde para poder cumplir. Y los problemas seguramente se acrecentarán.
En ese contexto, Alperovich tendrá que resolver su propia sucesión.
Así como el proyecto re-reeleccionista de Cristina está recibiendo el certificado de defunción, cada vez resulta más lejano el sueño de un cuarto mandato de Alperovich en Tucumán.
Si bien el gobernador tiene votos de sobra para votar en la Legislatura una apertura del proceso de reforma constitucional, no hay condiciones políticas mínimas para un intento re-reeleccionista.
La ciudadanía opuesta al kirchnerismo ya demostró que podría llenar la Plaza Independencia las veces que resultara necesario para impedir 16 años de Alperovich. Y desde Buenos Aires no le permitirían al Zar un intento re-reeleccionisa que tendría costos nacionales.
El Zar hoy es uno de los tres gobernadores más conocidos en el país. Y no abundan las opiniones positivas. Todo lo que gasta la provincia en incluir informaciones a medida en medios kirchneristas es barrido por media palabra de Jorge Lanata sobre Alperovich.
Las circunstancias obligan entonces a ir elegiendo un sucesor.
El candidato preferido siempre fue Juan Manzur. Pero ahora carga sobre su espalda el costo de más de veinte propiedades adquiridas y blanqueadas en tres años de gestión como vicegobernador.
La imagen de Manzur (quien está muy incómodo en el gabinete nacional, y quiere volverse a Tucumán) se desmoronó.
Alperovich ya no lo extraña.
Desde el peronismo, hay dos alternativas en la mente del gobernador: Osvaldo Jaldo y -curiosamente- “Pirincho Jiménez”. No gozan de apoyo en la opinión pública, pero conocen muy bien los manejos clientelares del Estado y del PJ tucumano. José sabe que podrían sacarle las papas del fuego, pero que también podrían convertirse en muy riesgosos para su futuro.
Una alternativa menos peligrosa sería el súperministro Jorge Gassenbauer. El quiere, pero carece de piso político para entrar en semejante contienda.
El mejor posicionado en las encuestas es el intendente Domingo Amaya, bien mirado dentro y fuera del peronismo, de relaciones excelentes con el kirchnerismo y relaciones cada vez peores con Alperovich.
En cualquier estrategia, la figura de Amaya -junto a Germán Alfaro, que le ganó a todos los acoples del Zar en la última elección- es vital para el control de la Capital, que podría ser un objetivo alcanzable para el radicalismo de José Cano.
Difícilmente Alperovich impulse a Amaya como su sucesor. De la misma manera, el riesgo de una ruptura política se mantendrá latente durante los próximos tres años.
La opción natural para el gobernador es su esposa Beatriz Rojkés, que adquirió gran protagonismo este año por su cargo en el Senado.
Tiene algunos obstáculos para superar, como su mala imagen entre la clase media, la resistencia de sectores importantes del peronismo y su inexperiencia en la gestión. También habrá que ver si a Alperovich le alegra ver surgir un liderazgo autónomo dentro de su propia familia.









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