Con campañas a pleno para conquistar la próxima gestión de gobierno capitalina, los políticos buscan seducir y esquivar las cuestiones difíciles. La situación financiera del Estado municipal es una de esas cuestiones de difícil, y hasta inconveniente, abordaje.
A ese abstracto concepto que antes fue “el pueblo” y ahora es “la gente”, parece no interesarle demasiado la vinculación dinero-Estado, como si los dineros que forman el Estado no fueran públicos, o sea pertenecientes a ese abstracto concepto de “pueblo” o “gente”. Es algo de lo que todo el mundo se queja, pero del que nadie –o pocos- se quieren hacer cargo.
En Neuquén, a veces pareciera que es mejor pensar que el dinero cae del cielo (o que brota de las profundidades terrestres) como una especie de maná, y que mejor es hacerse el gil y seguir cobrando el sueldo, o el subsidio, o lo que sea que nos provea la comida y demás gastos esenciales y superfluos.
Pero lo cierto es que ningún candidato, por lo menos ninguno de los que tiene posibilidades de ganar las elecciones el 23, deja de evaluar lo difícil que puede ser el gobierno desde la perspectiva presupuestaria.
La ciudad de Neuquén gasta sus dineros públicos casi exclusivamente en el funcionamiento deficiente, oxidado y quejumbroso de la propia organización estatal municipal. La mayor parte, en salarios. Digamos que para hacer obras (las obras de las que todos tanto hablan) quedan unos 40, ó 50 millones de pesos, al año, siendo muy optimistas y cuidando cada centavo. En estos tiempos inflacionarios, es poco, insuficiente por cierto para cualquier obra grande: solo el famoso aunque todavía virtual Teatro de la Ciudad costaría más que eso.
Por eso, hay una variante política que admite esta situación y la usa para justificar diseños de ubicaciones en el mapa. Es lo que hace el MPN, al cargar las tintas sobre el nexo Municipio-Provincia-Nación. Es fácil, porque la afirmación es la siguiente: como en la ciudad el presupuesto no da para casi nada, es necesario tener dinero que venga de Provincia, y aun más, también de Nación. Así ha sido, y así será, y el MPN sostiene que es el partido que mejor garantiza esta posibilidad, que a nadie parece sorprender ni incomodar.
En esta variante se anota, desde otro enfoque, el candidato del Frente para la Victoria, Darío Martínez. La utiliza en referencia, claro, al súper poderoso gobierno central al que ideológicamente se atribuye pertenencia. De hecho, Martínez ha publicitado reuniones con Amado Boudou, y con Carlos Tomada, en referencia concreta a obras o emprendimientos que podrán abordarse con garantía de financiamiento nacional.
Horacio Quiroga, en cambio, no hace alarde de pertenencias hacia Provincia o Nación porque no las tiene desde el punto de vista de la conveniencia política inmediata. Su discurso da por hecho que la plata se conseguirá institucionalmente, y que las relaciones con los demás niveles del Estado, y aun con inversiones privadas o compromisos de deuda que puedan tomarse, son consecuencias de la gestión, más que de los fatalismos políticos de “pertenencia”.
Los demás candidatos, incluido el propio intendente Martín Farizano que va por su (difícil) reelección, tampoco entran en mayores detalles. Los que están más lejos, hacen alarde de que no harán obras “faraónicas”, porque la ciudad lo que necesita es otra cosa. Farizano, que no está lejos sino que está en el gobierno concreto, sólo reafirma que quiere seguir para terminar lo que todavía no hizo, y profundizar el sendero que teóricamente inauguró, una especie de progresismo multifacético que le da prioridad a todo lo que contraste con el histórico modelo conservador-populista que ha gobernado Neuquén desde hace 50 años.
Pero la situación está ahí, existe, es real, más allá de que se la nombre, se la designe con el lenguaje para que se transforme en elemento político concreto, o no.
El actual gobierno la admite, ya jugado. Por ejemplo, de los publicitados 40 puestos políticos que provocó al expulsar a UNE de la gestión, sólo se ha cubierto un 10 por ciento. “Era una barbaridad”, se masculla entre dientes, aceptando de hecho que hubo una concesión política al clientelismo laboral.
Lo mismo pasa en el Deliberante con el sonado caso de los últimos días de los 60 asesores que tienen problemas en cobrar sus honorarios. El aluvión falsamente intelectual de colaboradores pagos distingue el negocio deliberativo desde hace mucho, entre otras cosas porque los concejales suelen estar precariamente preparados para cumplir sus funciones. El hecho de que tengamos que hablar de excepciones a esa regla, lo confirma.
Así las cosas, alguien en algún momento volverá a citar a Bill Clinton para decir “es la economía, estúpido”. La capital ya no tendrá ingresos públicos extras. Y la coparticipación municipal es insuficiente porque necesita un replanteo. Y las regalías seguirán esquivas, porque el gas y el petróleo “no convencional” demorarán en derramar sus frutos, y mientras tanto el petróleo está en baja porque la crisis internacional hace prever que habrá menos demanda.
El próximo intendente tendrá que ocuparse, necesariamente, de controlar el gasto público. Una vez más, habrá que administrar, además de “hacer política”.





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