En su taller del barrio Belgrano, no sólo realiza trabajos de carpintería tradicional, sino que además innova con algunos productos originales, tales como bancos para parto vertical, sillas adaptables para bebés y niños y mini bicicletas de madera.
Hace poco más de dos años logró abrir su propio taller de carpintería en el barrio Belgrano, en donde comparte la actividad junto a tres colegas.
Con ellos, realiza diariamente distintos trabajos tanto de restauración, reparación y creación de muebles tradicionales, como de elaboración de productos innovadores, tales como bancos para parto vertical –que ya comercializa en Rosario y varias localidades del conurbano bonaerense-, sillas adaptables para bebés y niños y mini bicicletas de madera.
“Para mi, cualquier trabajo es un desafío”, asegura Alejandro, cuando detalla la diversidad de actividades que se realizan en su taller. “Hacemos carpintería tradicional, pero con algunos agregados. También hacemos artesanías, artículos relacionados con los utilitarios, posafuentes, espátulas de madera y hasta bicicletas”, asegura.
En diálogo con DEMOCRACIA, Salgado Rodrígues recalcó además la importancia que para él y sus compañeros tiene el cuidado del medio ambiente y aseguró que en el día a día utiliza materia prima cuya extracción no perjudica a la ecología. “Tratamos de incorporar la ecología en todo lo que hacemos. Usamos maderas ricas de la zona, que la secamos nosotros, y compramos muchas demoliciones. Tratamos de encontrarle un giro a las cosas”, dice el carpintero y afirma que de esta manera, desde su profesión, aporta “un granito de arena para un mundo mejor”.
Alejandro considera que lo que él hace es un oficio, pero también “es una forma de arte”, y lo explica: “Cuando uno ve un bajo mesada no ve arte, ve un mueble, pero la forma en que eso está hecho, es un arte, que no está a simple vista, está ahí, silenciosamente escondido por uno, que es el que sabe cómo se hizo para que no se vean las uniones o las imperfecciones de la madera, sin recurrir al facilismo de poner dos tornillos tapados con un poco de masilla o un tapín. Eso no queda feo, pero para mí se trata de defender ciertos conceptos de confección, defender los libros, defender una tradición de todos los carpinteros que estuvieron antes que uno”.
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