Alegrías que duran poco

Por Joaquín Morales Solá

Quince meses después de haber asumido como presidente, Barack Obama aceptó una reunión muy breve, pero reunión al fin, con Cristina Kirchner. Cuatro meses después de haber intentado eludir el Congreso para hacerse de las reservas nacionales, la Presidenta tuvo ayer la primera reacción parlamentaria: el rechazo de su último decreto por parte de la Cámara de Diputados. Cristina Kirchner pasó, así, de la excitación washingtoniana a la tristeza argentina.

Sin embargo, no se trata de dos hechos aislados, sino vinculados de alguna manera. Obama dejó de lado viejos prejuicios con la mandataria argentina para ponderar dos políticas del gobierno kirchnerista. Una es la relación fría de los Kirchner con Irán, país que se ha convertido en la bestia negra de los países más importantes de Occidente por su pertinacia en la fabricación de armas atómicas.

La otra política es la decisión del gobierno argentino de hacer en los próximos días una oferta a los bonistas que están en default desde 2001. La decisión de la Cámara de Diputados de ayer pegó justo en la estabilidad de ese plan para los bonistas (desconocido aún), porque puso en duda el uso de las reservas nacionales para pagar deuda pública. A eso se refirió Agustín Rossi cuando tildó de "irresponsable" a la oposición, aun antes de que ésta decidiera voltear el DNU de Cristina Kirchner. El rechazo tiene los fundamentos de la nulidad absoluta; la decisión de los diputados podría ser más grave de lo que parece.

La primera política, la referida a Irán, es discutible para los argentinos curiosos de las novedades políticas. Es cierto que la administración kirchnerista acompañó a la Justicia y, sobre todo, al fiscal Alberto Nisman en la persecución de algunos líderes iraníes presuntamente vinculados con el atentado contra la sede de la AMIA.

Pero ¿qué otra cosa podía hacer si no quería quedar como cómplice de ese criminal atentado? A pesar de ello, lo que aquí no tiene explicación es la estrechísima relación que trabó el hiperkirchnerista Luis D´Elía con los jefes iraníes más complicados en la causa de Nisman; D´Elía nunca fue desautorizado por su jefe político, Néstor Kirchner.

Con todo, tiene algo de meritorio que la Presidenta haya bregado tanto por reparar sus viejos errores con Obama. Suelen decir funcionarios de Washington que la primera confusión de Cristina Kirchner es haber creído que Obama es un presidente revolucionario. Es, aclaran, un presidente reformador, pero es, más que nada, el presidente de los Estados Unidos. El segundo error fue haber hablado por teléfono con él durante 20 minutos, al poco tiempo de que Obama asumiera, para referirse sólo a ella misma. Obama quería saber de otras cosas.

El tercer error fue haber destratado al subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos, Arturo Valenzuela (un viejo colaborador de Obama), por opiniones que había deslizado sobre la Argentina en sus tiempos de académico. Y el cuarto error (y el más escandaloso) fue haber criticado al propio Obama en un canal de televisión norteamericano por su supuesta ausencia en América latina.

Intereses

Ayer, a Obama le interesaba más una amplia alianza en contra de los proyectos nucleares iraníes que los reiterados errores de la presidenta argentina. La relación con el jefe de la Casa Blanca podría ser mucho mejor en adelante si Cristina Kirchner llegara a dos conclusiones. Una: Obama no es George W. Bush, ni dentro de su país ni en el mundo. La otra: ella es la jefa de un Estado y no una comentarista televisiva de política internacional.

Debe aceptarse, no obstante, que fue plausible la obsesiva determinación de Cristina de verse con Obama para enterrar los viejos entuertos. Le puso, además, algo de coherencia a su vida. No siempre el matrimonio Kirchner podrá liderar dentro de su país supuestas corrientes progresistas y revolucionarias mientras es, al mismo tiempo, una pareja visiblemente feliz sólo cuando disfruta de días de vacaciones en Washington o en Nueva York.

Oportunidad

La distensión es también oportuna. Andar simultáneamente a los empellones en este mundo con los Estados Unidos y con China significa tener una autoestima más grande que la que permite la realidad. Ese es el G-2, el grupo de los dos países más influyentes del mundo de hoy. Cristina comenzó ayer a suturar heridas con ambos.

Las noticias argentinas aguaron la fiesta de Washington. La oposición parlamentaria le dio ayer, en la Cámara de Diputados, el primer golpe serio a la administración kirchnerista desde diciembre del año pasado. El rechazo del DNU de Cristina Kirchner sobre las reservas es un escollo serio para la próxima apertura del canje de la deuda. Los bonos habían trepado en los últimos días porque existía ese decreto (que aseguraba el pago de los vencimientos de la deuda pública) y porque se avecinaba la salida del default que aún está vigente con los bonistas que no aceptaron el viejo canje.

¿Una sorpresa? No. Después de todo, la mayor parte de los bonos están en manos de los bancos y el negocio de éstos es cobrar las deudas. Un acreedor no se detiene mucho en los detalles institucionales cuando advierte que le van a devolver la plata. Siempre fue así.

La decisión de la Cámara de Diputados no es definitiva, porque aún falta saber qué hará el inescrutable Senado. En la Cámara alta reapareció Carlos Menem, pero se enfermó sospechosamente la senadora María Bongiorno, una antigua aliada en Río Negro del jefe del bloque oficialista, Miguel Pichetto, quien la llevó a su actual lugar en el Senado. Sin embargo, Bongiorno figura entre los "opositores", aunque suele cruzar la calle hacia la otra vereda con cierta frecuencia. Vuelve a faltar el senador número 37 para los grandes temas.

En Diputados las cosas se complicaron no sólo por la decisión de anoche sobre las reservas. Su titular, Eduardo Fellner, se reunió ayer con los opositores Elisa Carrió y Oscar Aguad, pero antes lo había hecho con el jefe oficialista, Rossi. A éste le anticipó que de ahora en más será el presidente de todos los diputados y que no aceptará presiones para beneficiar arbitrariamente al oficialismo. Será así, anticipó Fellner, aunque deba renunciar a muchas cosas en su vida de político.

Nada de eso, sin embargo, parecía enturbiar demasiado el radiante rostro de la Presidenta tras su codiciada reunión con Obama, el jefe de un imperio frío e inhumano según muchos de los más fanáticos seguidores de Cristina Kirchner.

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