La titular de la cátedra de Sociología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), docente durante 20 años del Programa UBA XXII, Educación en Cárceles; directora del Grupo de Estudios sobre el Sistema Penal y Derechos Humanos del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA e investigadora del Observatorio de Prisiones de la Procuración Penitenciaria Nacional, disertó durante algo más de dos horas y posteriormente conversó con este medio. Aquí, algunos fragmentos del diálogo.
-Precisamente en la cárcel. La diferencia es que una está dentro de un institución de castigo y encierro y la otra no. La escuela, afuera, no está en ese espacio y ahí radica la diferencia. Puede que haya otras cuestiones menores, pero la más importante es esa.
-¿Cuáles son los déficits que presenta el sistema educativo dentro de los penales?
-A los servicios penitenciarios no les interesa, en absoluto, que las personas que están allí dentro estudien. No hay una actitud facilitadora para los presos. Esto desalienta la asistencia y el normal desenvolvimiento de la actividad educativa. Al poder penitenciario no le importa que se garantice el derecho a la educación.
-¿Dónde se perciben las mayores situaciones de desigualdad?
-En algunos indicadores claros y puntuales. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, los más evidentes son el hambre, la falta de provisión de medicamentos, la falta de atención a la salud y la violencia física.
Se notan en las condiciones materiales de vida en general, que son de una precariedad que muchas personas muy pobres no viven, siquiera, fuera de la cárcel.
-¿Qué produce la cárcel en la actualidad? ¿O qué reproduce?
-Violencia y más delincuencia. La cárcel produce eso, además de muy pocos casos de personas que toman un sendero distinto. Las marcas de la violencia son muy difíciles de borrar.
-Comparó al sistema penitenciario actual con otros más antiguos (Philadelphia), ¿dónde observa esas similitudes?
-Hay que ser cuidadoso con las comparaciones históricas, hay que ver bien cómo y desde dónde se hacen. Sin embargo, lo que sí observamos es que se ha vuelto a un sistema celular de castigo y encierro, muy parecido a los del siglo XIX en Estados Unidos. El aislamiento predomina por sobre cualquier otra terapéutica, por decirlo de algún modo. Y el aislamiento trae locura.
-¿Por eso afirma que el sistema penitenciario ‘patologiza’ a los individuos?
-Exactamente, porque trata a los presos de peligrosos, de anormales, de enfermos, de extraños.
-¿Cuál debería ser el rol de la escuela en contextos de encierro?
-Los docentes deben saber que cuando la escuela entra a un penal lo que hace es garantizar el ejercicio de un derecho y no de un beneficio. De eso deben estar convencidos.
-¿Por dónde pasa el desafío entonces?
-Entiendo que se debe participar de un proceso relacional con el preso en el que la actividad educativa, y fundamentalmente el proceso comunicacional en la transferencia educativa, colabore para eliminar o evitar la profunda degradación que produce la cárcel.
-En términos de Gramsci, en tanto aparatos ideológicos del Estado, ¿hasta dónde hoy la cárcel y la escuela oprimen?
-Particularmente no creo que hoy la escuela oprima. No veo que sea la misma de antes. La educación ha venido sufriendo transformaciones importantes a lo largo de los últimos 200 años. No digo que no controle ni que no moldee personalidades. Tampoco digo que no trate de transferir un pensamiento hegemónico. Pero creo, asimismo, que la opresión está un poco lejana de eso. Ahora la cárcel sí, es un aparato de dominación, subordinación, opresión y sufrimiento. La cárcel nació así y va a morir así, porque está para eso. Esa es su función.
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