El ajuste que Boudou oculta

Por: Alcadio Oña.

Amado Boudou se la pasa proclamando que jamás transigirá con un ajuste, y carga sobre el pasado de algunos legisladores de la oposición aunque, en verdad, muchos de ellos no propongan enfriar la economía. Está claro: siempre listo para sobreactuar en todo lo que toque al Gobierno, el ministro pretende embarrar la cancha y sembrar confusión.

Boudou habla exclusivamente de recortes al gasto público. Y no, desde luego, del considerable ajuste que la inflación impone a los sectores de bajos recursos. O a todos aquellos sin posibilidad de lograr que sus ingresos equiparen el avance de los precios. Ajuste, también y al fin.

Hasta podría decirse que, en varios sentidos, el proceso inflacionario resulta funcional a las necesidades del Gobierno. Porque mejora los ingresos fiscales y licúa ciertos gastos públicos, como las deudas en pesos, los salarios y las jubilaciones.

Según consultores con llegada a despachos de la Secretaría de Hacienda, los funcionarios están manejándose con una inflación real de entre el 17% y el 20% anual. Es menor a la estimada por estudios privados, pero sobre ese rango trazan sus cálculos de recursos y gastos.

Por mucho empeño que ponga en recitar el discurso antiajuste, Boudou sabe que el impuesto inflacionario existe. Y puede corroborarlo, tal cual hacen otros economistas, con sólo mirar números que tiene bien a mano.

De este modo se explica que en el primer trimestre del año la recaudación por el IVA-DGI, un impuesto totalmente asociado al consumo, haya crecido 18,7%. Además de repunte de la economía, aquí hay un efecto precios inocultable.

Si la inflación no fuese la que es, tampoco se entendería por qué los gremios reclaman aumentos salariales del 25 o hasta el 33 % y que el propio Gobierno haya auspiciado un 27% para los portuarios en huelga. Sería impensable que funcionarios y sindicatos adictos estén echando leña al fuego. Pasa, sencillamente, que la puja por los ingresos es un subproducto de la realidad que el INDEC niega.

Pero en el universo del trabajo no todos cuentan con la misma capacidad de presión.

En cifras del diputado Claudio Lozano, de Proyecto Sur y la CTA, sólo el 27% de la fuerza laboral del país está protegida por el paraguas de las paritarias.

Aún así, hay situaciones desparejas al interior de los convencionados. Basta con comparar los sueldos de los camioneros con los del resto, o ver el modo como Hugo Moyano ha ido captando afiliados: "Fierros y alianza con el poder político", en palabras de un sindicalista.

Ahora mismo, la CGT plantea un aumento del mínimo no imponible de Ganancias. Justo, en el sentido de que el impuesto se comería parte de los nuevos salarios. Parcialmente justo, a la vez, pues queda afuera de cualquier discusión el enorme contingente que gana menos del actual piso de 4.015 pesos.

Una medida del ajuste sobre el resto del mundo es el 18% o más que, en término de poder de compra de alimentos esenciales, perdió la asignación por hijo. Y si en algún momento el Gobierno resolviera mejorar el haber, la pérdida pasada ya está y no se recupera. Si esto no es ajuste social, se le parece bastante.

En el mismo convoy van las jubilaciones, otros planes y los salarios en negro, que no acompañan el curso de la inflación real.

Seguramente hay empresarios que juegan al alza de los precios, para mantener o mejorar su rentabilidad. Pero está claro que con vociferarlo no basta: la tarea primaria recae sobre el Gobierno. Y el costo de la falta de políticas efectivas, sobre los más expuestos.

Desde hace tiempo, y ahora mismo, Guillermo Moreno remienda acuerdos con los empresarios. Controla precios de segundas marcas y deja subir aquellos que, presume, consumen las capas de mayor poder adquisitivo.

Es una particular división de clases, que aprueban los Kirchner. Aunque cueste mucho encontrar los "productos populares", desde luego, de calidad inferior. Sirven, eso sí, para la estadística oficial.

Los funcionarios revolean culpas sobre los formadores de precios y los sectores concentrados. El problema del kirchnerismo es que lleva siete años en el poder. Y que en ese tiempo, además, el proceso de concentración y extranjerización de la economía no sólo no se retrajo sino que avanzó.

Tal vez se crea que una inflación del 20/25 % es manejable o que inflación con crecimiento puede ser una política.

Hay al menos tres zonas oscuras en este razonamiento. Que los precios son resistentes a la baja. Que en muchas actividades desalientan la inversión y, llegado cierto punto, pueden trabar el repunte productivo. La tercera es que se alimenten tensiones sociales.

Cualquiera de todas esas posibilidades -o todas a la vez- no parecen la mejor receta para las aspiraciones electorales del kirchnerismo. Así la oposición sea el mosaico que hoy es.

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