Lo que el agua sepultó

Lo que el agua sepultó
Amanecer con cielo cubierto y amenazante representa, para quienes viven en el distrito de Bolívar, unos 350 kilómetros al norte de Bahía Blanca, la sensación de que el castigo que ha impuesto la Naturaleza no ha terminado.
Máxime si, como ocurrió en nuestra reciente visita, los nubarrones más oscuros se presentan hacia el oeste, desde donde normalmente llegan las tormentas y si el viento del Este es intenso y frío, como si estuviésemos en pleno invierno, cuando nos hallamos a un paso de la primavera.

"Vea, no soy meteorólogo, pero puede llover...", admite un canillita, en plena avenida 9 de Julio, la principal de la ciudad cabecera.

Es que los pronosticadores no han anticipado buenas perspectivas, quizás sobre la base de que está comenzando una de las etapas más húmedas del año.

Y aquí, como en el resto del centro oeste de Buenos Aires, a contramarcha de otros años, nadie quiere más agua.

Bastó con los más de 200 milímetros que cayeron como un baldazo en dos o tres jornadas, en un agosto diferente a los demás, cuando sólo esperaban un tiempo seco.

"Lo preocupante es que en la primavera las lluvias se dan todas juntas...", admitía un chacarero, a punto de ir a su campo, no muy lejano, para ver si esta vez podía entrar por el acceso habitual.

Y, también, que lo que dejó agosto se sumó a un enero muy llovedor, tanto como febrero y marzo y algún golpe más que dejó las napas altas.

"Si, al menos, saliera el sol, podría orearse la tierra, pero... ¡ni eso!", se quejaba el hombre, antes de marcharse con tono de resignación.

--¿Qué perdió usted... vacas, cosecha?

--Para qué vamos a hablar. Sería puro lamento. Ya está...

Y se va, obligándonos a mirar otra vez el cielo.

***

Carlos Mazzuco es veterinario y hoy protesorero de la Sociedad Rural de Bolívar. A bordo de su camioneta recorrimos buena parte de la zona aledaña a Bolívar, tratando de entender qué pasa con el agua que, según parece, está estancada.

Lo primero que nos contó es que de las casi 500.000 hectáreas que comprende el distrito, más de la mitad está bajo agua o sin piso como para poder ingresar.

"Para el caso, es lo mismo. Porque si no tiene piso, ¿cómo meter una cosechadora o llevar comida a las vacas?", se preguntó.

También, que si bien hacia el este, en la zona del Vallimanca todo se inundó, también la pendiente ha posibilitado que, hoy por hoy, vaya mejorando un poco más rápido.

"Lo llamativo, esta vez, es que se inundó la parte noroeste, donde están los campos más ricos del distrito", comentó.

Y lo peor es que desde allí es muy difícil que el agua salga con facilidad, pues no existen canalizaciones suficientes que lo permitan.

Entonces, resulta imposible halar de un futuro favorable.

***

A bordo de la Toyota tomamos la ruta nacional 226 que une con Pehuajó, otro distrito seriamente afectado.

Desde el cruce con la provincial 65, hoy en mal estado, hay que transitar con muchísimo cuidado.

Agua en una banquina. Agua en la otra.

Pero convengamos que no se trata de un poco de agua. Esas mismas banquinas constituyen la prolongación de lagunas tan extensas que se pierden en el horizonte y sólo se alcanzan a cortar por algún monte de eucaliptus que indica alguna vivienda, posiblemente aislada.

Por lo tanto, la masa enseguida adquiere profundidad, al punto tal que en muchísimas oportunidades ni siquiera deja ver el alambrado que está a unos 15 o 20 metros de la cinta asfáltica.

"Por aquí, no hace mucho, un muchacho se fue a la banquina y murió ahogado", recuerda Carlos.

No es para menos. Además, a veces el agua, estancada, se cubre de una superficie verde que a uno le hace suponer que es... pasto. Pero no lo es, sino parte de una verdadera trampa mortal, particularmente, de noche.

A metros de la otra banquina, el canal del conflicto, al que, vaya uno a saber por qué, lo llamaron "Estrella".

Arranca en el vecino distrito de Hipólito Yrigoyen y se construyó con la idea de evacuar caudales. Al llegar a la 226, hace dos giros de 90 grados, cruza el pavimento; otro giro de 90 grados y corre paralelo a la ruta. Como si el agua, en su avance inusitado, pudiese respetar ángulos perpendiculares.

Lo hace por terrenos tan ondeados como los que caracterizan a esta región, que semeja un cúmulo de costillas que se oponen a la pendiente. En consecuencia, el canal a veces se pierde detrás de montículos de tierra y, en otras ocasiones, desborda y se confunde con la banquina anegada.

--¿Por qué, Carlos, no funciona este canal?

--Porque no debió tener semejantes ángulos y porque no se lo mantuvo. Observen cómo se ha desmoronado el terreno y le quitó sección y hoy el agua frena su avance normal.

--Pero en la rotonda de la 226 y la 65 hay un cartel que anuncia la obra...

--Sí. Fue encarada por el gobierno de (Daniel) Scioli. La empresa comenzó muy bien, pero por falta de pagos, no se terminó de profundizar, ensanchar y agregar alcantarillas. Quedó todo por la mitad, sin pensar que vendría tanta lluvia.

--¿Cuánto salía el trabajo?

--Unos 5 millones y medio de pesos por 30 kilómetros. Nosotros, cuando estábamos en la comuna, propusimos hacerlo por la mitad.

--¿Y?

--Nos dijeron que no podíamos participar.

--¿Es la única salida a semejante masa líquida?

--No. Se hizo otro canal, el "Artola", pero faltó comunicarlo con el "Estrella", en la 226. Quedó pendiente, pues había que proteger un gasoducto y no se hizo.

--¿Qué distancia representaba?

--Unos 1.500 metros. Hubiera sacado muchos caudales hacia 9 de Julio. Se abandonó y hoy ya se ven partes desmoronadas. Es una lástima.

--¿Hacia dónde va el "Estrella"?

--Se une al canal A, que evacúa el casco urbano de Bolívar. De ahí, al canal 16 y luego se conecta con el río Salado.

--¿Y qué pasa si algún día el "Estrella" llega muy cargado y llueve mucho en Bolívar.

--No sé. Se inundará una parte del pueblo...

***

"Don Canesto" es el nombre del campo que explotan Carlos Mazzuco y su familia. Fue heredado por su mujer.

Está sobre la ruta 226, pero no se ingresa por el acceso habitual. Está... bajo agua.

Hacemos un rodeo y vemos, lagunas a la izquierda y a la derecha.

La Toyota avanza con dificultad, mientras que las terneras que crecen para su primer servicio, curiosas, se acercan al alambrado eléctrico.

--¿Cuántas hectáreas tiene afectadas, Carlos?

--De las 600, la mitad está con agua.

--¿Y qué pasó con la cosecha?

--De las 25 hectáreas para maíz, puede sembrar sólo 8.

--Era para la ración de los animales...

--Sí, claro. Lo que obliga a traer de otro lado.

--Me imagino que no sobra por la zona y... es más caro.

--Así es.

Los animales ocupan los terrenos más altos, algunos con algo de pastura, pero la falta de lugar, obliga a duplicar la cantidad por hectárea.

--Ya se viene la etapa del servicio...

--Sí, claro. Pero las vacas, con hambre, no tendrán celo tan fácil, por lo que tendremos menos terneros.

--¿Y los terneros?

--En el primer tiempo, que deberíamos ganar 1 kilo 200 por día, apenas sumaron 600 gramos, en medio del temporal.

***

Un poco más allá, Elías Di Julio (26) y su hermano Joaquín (22) parecen no tener frío, pese a una mañana nublada, con viento y 8 grados de temperatura, apenas.

Son jóvenes y la sangre les hierve de sólo ver que tienen que enfrentar la primera inundación desde que, hace cuatro años, los padres les dejaron en sus manos la explotación de la "Santa Rosa", de otras 600 hectáreas y monedas (Santa Rosa).

Proyectaron hacer soja, maíz (para los animales) y criar vacunos, pero la inundación les comprometió el 50 por ciento de la propiedad.

Estuvieron a punto de levantar lo que quedaba del maíz, pero las cosechadoras se hundían y allí quedaron, a la espera de mejor piso.

--¿Esperaban un agosto así?

--Jamás. Nunca llueve en agosto.

Caminamos unos pasos y nos muestran la gran laguna, que debe cubrir unas 100 hectáreas.

--¿Qué les tapó allí el agua?

--Lotes de trébol rojo con cebada, bebederos y mucho alambrado eléctrico. Perdimos todo.

--¿Toda la lluvia se dio en agosto?

--No. Venía de antes. Lo peor es que ahí tenemos entrada de agua, pero no salida.

--Difícil saber cuándo se secará, claro.

--Necesitamos tres o cuatro años tranquilos, pero...

--¿Pero qué?

--Los pronósticos no son buenos de aquí en más.

--¿Qué anticipan?

--Que en esta primavera pueden caer 200, 300 o hasta 600 milímetros...

--¿Qué pronósticos?

--La mayoría de los que consultamos por internet.

--¿Qué sensación les deja todo?

--Tristeza, desilusión, depresión...

--Y eso que ustedes son jóvenes...

--Por eso la gente mayor no quiere saber nada más con el campo...

***

Ya en el pueblo nos encontramos con un consignatario de hacienda.

Sin que medie pregunta alguna, admite que habrá menor preñez, menor parición y un destete más precoz en los animales, así como que aparecerán enfermedades hoy poco comunes, producto de la mala alimentación.

--¿Se han llevado hacienda otras zonas?

--El que puede, pues no todos pueden. Algunos tratan de acercar fardos de pasto, pero no abundan por aquí y son caros.

--Siempre que puedan llegar...

--Sí, porque los caminos están intransitables.

--Toda la economía se deteriora...

--Claro. Vea, en la Cooperativa Agropecuaria antes daban número. Ahora lo atienden ni bien llega. Las agronomías están muy mal. No se puede cosechar lo poco que quedó y quién sabe qué se podrá sembrar.

--¿Y los pagos, como están?

--Mal. No hay plata.

--Recién me decían en la estación de servicio que venden la mitad y nadie compra gasoil...

--¿Y para qué, si no se puede ir al campo ni operar una máquina?

***

Alcanza con dar una vuelta por Bolívar para advertir rostros preocupados y un movimiento lento.

Aquí, como en tantos otros distritos vecinos, la base de la economía está en el campo.

Es un distrito que, en ocho años, ya había perdido 120 mil cabezas en ocho años, producto del efecto soja y maíz.

Claro mucho maíz no se cosechó, nadie sabe si se podrá sembrar una hectárea de soja, el ganado está mal y los casi 50 tambos tienen serias dificultades para sacar la leche.

"¡Se viene una miseria...!", advertía un chacarero, resumiendo el futuro.

Uno no sabe si será para tanto. Todo dependerá de lo que quiera hacer el clima de ahora en más.

Lo que sí está claro es que el agua llegó para quedarse y no sólo sepultó buena parte de la riqueza de Bolívar, sino, también, la ilusión...

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