Agenda con páginas usadas

Néstor O. Scibona

Alguna vez el ex ministro de Economía Roberto Lavagna propuso que la Argentina debía encarar "la gesta de la normalidad: apartarse de los castillos en el aire y construir con los pies en la tierra". Otro ex ministro, Martín Lousteau, acaba de sostener metafóricamente, en un artículo publicado por lanacion.com, que le encantaría ver un "Torino siglo XXI"; o sea un modelo con arraigo nacional pero con todos los adelantos tecnológicos, a la manera de las modernas versiones del Escarabajo de VW, el Mini Cooper o el Fiat Cinquecento. Martín Redrado, ex presidente del Banco Central, suele afirmar que la Argentina no está actualmente en el mapa de los inversores externos, pero podría figurar si se dedicara a construir previsibilidad y confiabilidad para aprovechar a pleno las enormes oportunidades que ofrece la economía mundial.

Todos estos nombres tienen como denominador común haber formado parte de las administraciones de Néstor o de Cristina Kirchner y haber sido desplazados por faltas de verticalismo. También que sus posturas moderadas y heterodoxas no encajarían hoy con el actual discurso autocrático del kirchnerismo, que parece sumergirse en el túnel del tiempo.

El ambiente se ha poblado de consignas excluyentes alrededor de un difuso "proyecto nacional y popular", que en el oficialismo cada cual interpreta a su manera. A veces con reminiscencias del peronismo de los años ?50 ó ?70, cuando no existían las computadoras, ni la revolución informática, ni la globalización; y otras con ideas puestas en práctica por Hugo Chávez en Venezuela, uno de los pocos países en el mundo que no se ha subido al tren del fuerte crecimiento económico que transporta a los países emergentes. Para completar la confusión, el filósofo Ernesto Laclau -presunto intelectual de cabecera del kirchnerismo- acaba de postular en el diario Página 12 que la opción de los próximos años será "una Argentina corporativa, o una Argentina popular". O sea, nada parecido a una estrategia de largo plazo basada en políticas de Estado que trasciendan a gobiernos de distinto signo, en línea con la tendencia predominante en la mayoría de los países de América latina.

La Argentina no sólo muestra la paradoja de enfrentar el futuro con una agenda de páginas ya usadas en el pasado, cuando el país y el mundo eran muy diferentes. También existe un divorcio entre las declaraciones oficiales y la realidad. Lo acaba de corroborar el ministro Amado Boudou con su insólito diagnóstico de que la inflación sólo afecta a los sectores de clase media-alta, como si fuera un mecanismo redistributivo en favor de los más pobres. Para Boudou, el problema se soluciona incrementando la oferta, lo cual sería teóricamente cierto si no encerrara un sofisma: la inflación, que el Gobierno se empeña en desconocer, camuflar y no hacer nada por frenar, es el principal factor de desconfianza que inhibe la inversión para aumentar la capacidad productiva por encima de lo que crece la demanda. Más aún si en algunos sectores recurre a medidas intervencionistas durante mucho tiempo, como ocurrió con la carne. Después de cuatro años de precios controlados y subsidios indirectos a la demanda, el resultado fue una alta liquidación de vientres, fuerte incremento de precios de la hacienda (97% en Liniers, en lo que va de 2010); caída del consumo interno (casi 15% en el último año) y pérdida de mercados externos (Uruguay exporta hoy más que la Argentina), a la espera de que vuelva a recomponerse el stock en no menos de tres años. Una situación comparable se verifica con la energía (y especialmente con el gas). Aquí también se necesitarán varios años para corregir tantos desequilibrios; pero nadie espera que esto comience antes de 2012. Las teorías conspirativas, mientras tanto, estarán a la orden del día.

Nuevos desafíos, viejas respuestas

Sin embargo, la buena noticia es que la Argentina tiene excepcionales oportunidades por delante, en la actual configuración de la economía mundial, para sostener el extraordinario crecimiento económico de los últimos años, apuntalar el mercado interno y corregir distorsiones sin medidas traumáticas. Hoy los países emergentes crecen a un ritmo anual promedio (7,5%) que más que duplica al de los países desarrollados (3,2%) y entre ellos sobresalen sus principales clientes, China y Brasil. Para los próximos 10 años, una proyección del Banco Santander Río prevé que la clase media brasileña llegará a 69 millones de personas, mientras que estimaciones internacionales indican que el consumo interno chino equivaldrá en 15 años a casi la mitad del consumo mundial, no sólo de alimentos sino de bienes y servicios con mayor valor agregado. Esto ocurre en un mundo con altos precios de materias primas, depreciación del dólar, tasas de interés cero y fuertes flujos de capitales hacia los países emergentes; todo a favor de la Argentina.

La mala noticia es que el clima de confrontación política más las consignas ideológicas atadas al pasado, empobrecen el debate sobre cómo aprovechar al máximo estas oportunidades, además de reducir el horizonte de planificación a los escasos doce meses que restan hasta las elecciones de 2011. Por ahora sólo está limitada al ámbito académico y empresario la discusión de nuevos desafíos estratégicos que tienen que ver con el futuro. Entre ellos, cómo reducir la inflación y el aumento de costos en dólares; cómo manejar el mayor flujo de divisas de las exportaciones del complejo sojero (la llamada "enfermedad holandesa"); cómo evitar que baje el tipo de cambio de equilibrio y sostener la competitividad; cómo planificar, estimular y financiar la inversión en energía e infraestructura para que no se convierta en un cuello de botella; mejorar la empleabilidad de los jóvenes a través de la educación; facilitar un mayor acceso al crédito; o incentivar la inversión privada sin cambios de reglas de juego, por citar los más relevantes.

Estos vacíos se hacen más notorios cuando se los compara con la agenda de países vecinos. En un seminario organizado esta semana por FIEL, el ministro de Economía de Uruguay sostuvo que una prioridad de su gobierno pasa por estimular la inversión privada a través de una ley que otorga beneficios fiscales automáticos en función de un sistema de puntaje para objetivos como aumentar el empleo, desarrollar cadenas productivas, promover la descentralización geográfica y proteger el medio ambiente. Para su colega de Chile, el objetivo es mejorar la ubicación de su país en el ranking de clima de negocios que elabora el Banco Mundial ( "Doing business" ) y reducir los trámites necesarios para abrir una nueva empresa o los costos del comercio exterior. Un director del Banco Central de Brasil explicó que el desafío es seguir creciendo sin presiones inflacionarias ni burbujas y evitar que la avalancha de capitales externos aprecie aún más al real.

No estuvo presente ningún funcionario de la Argentina. Quizá porque la prioridad en esos días era congraciarse con Hugo Moyano y destacar el rol de la CGT como columna vertebral del gobierno kirchnerista.

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