Por Eduardo AlivertiLa política argentina ahonda semana a semana su profundo contraste. Es una percepción que ya excede a la cercanía del 23 de octubre. Y se ve corroborada por cómo repercuten aquí las alarmas, crecientes, del escenario económico internacional.
¿Qué dicen y hacen a estos respectos por fuera ya de las opciones testimoniales extintas, como la Coalición Cívica y Proyecto Sur? ¿Y qué en los agrupamientos sectoriales y sindicales que corren por izquierda al kirchnerismo? ¿Qué es de la vida propositiva de radicales, padrinos, colorados, sultanes sanluiseños, acerca de los desafíos de una globalización cínica que chucea al, según ellos, falso modelo nac & pop? Es lo que volvió a verse en los últimos días. Es el reciclaje de su programación cómica. Es la operación bastarda de propagandizar que el Gobierno persigue periodistas que manipularían las cifras de inflación. Es que un juez, no Guillermo Moreno, pidió los datos para saber si hay colegas que trafican información pendenciera. Es que el juez parecería haber perdido parte de su cordura, porque las fuentes periodísticas no están sometidas a peritaje; y porque, incluso bajo sospecha de influencia pecuniaria en su abordaje analítico, es una acusación de probanza imposible. Imaginémoslo de otra manera, análoga. Cualquiera puede concluir en la deducción de que los avisos publicitarios de un medio periodístico influyen en su trazado editorial. ¿Cómo se certifica? De ninguna forma que no sea el sentido común, la apreciación metódica. Bajo esos indicadores y en todo caso, la primera y esencial pregunta es a quién puede ocurrírsele que alguien en el Gobierno puede estar tan rematadamente loco como para promover y exponer la idea de una persecución a la prensa. Increíble, pero eso fue lo difundido por un grupejo de diputados ansioso por no perder la figuración que el voto popular no les dejó ni en cuotas. De Silvana 2,06 por ciento Giudici, quien se animó a establecer similitud con las listas negras de la dictadura, vaya y pase esperar lo que sea. En el ambiente periodístico y legislativo se la conoce hace tiempo como la diputada-Clarín, y aun así su insignificancia no permite ni que haya unanimidad sobre cómo pronunciar su apellido. Para Patricia Bullrich, los adjetivos se agotaron hace rato. Pero, ¿cómo se llega a que caiga en este bochorno un jurista con los quilates de Ricardo Gil Lavedra? ¿Cómo es que un profesional de su tamaño incurre en la grosería de ignorar la protección constitucional que ampara a las fuentes de los periodistas? Descartado que pueda desconocerlo, más que por completo porque da vergüenza ajena sólo hipotetizarlo, no hay otra explicación que el haberse rendido a la desesperanza, fugando hacia el ridículo. Se diría que esos tristes parlamentarios dispusieron de la amplificación prestada por los grandes medios, pero es al revés. Son los medios en guerra contra el oficialismo quienes instalan la temática, para que el coro desquiciado de la oposición se les suba a babucha.
También podría decirse que el dato de esa conferencia de prensa desopilante –la adjetivación es aplicable a prensa, no a conferencia– es francamente menor. Unos diputados más bien ignotos y serviciales confunden a un juez con el Poder Ejecutivo. Y la prensa que quedó desnuda se cobija en ellos para mal disimular sus zonas pudendas bien que hubo, además, unos pronunciamientos corporativos. Sin embargo, es otra vez el peso de lo simbólico. Es la impotencia agravada por el 14 de agosto. Es que a falta de alguna cosa seria para decir frente a la buena o mala topadora kirchnerista –llámese Cristina en las Naciones Unidas, dólar administrado, cantidad de reservas o niveles de consumo–, deben recurrir a mandobles que le pegan al aire. Más todavía: episodios como el de Felipe Solá, que ahora quiere volver a la casita de los viejos, son de lo único que les queda para armarse de algún ¿discurso? Su agenda ya ni siquiera consiste en cargar contra el oficialismo sino en regodearse (?) con las internas propias.
Por cierto, entregan herramientas para el divertimento. Pero a la vez es aburrido terminar en lo mismo sucesivamente, periodísticamente dicho. El problema es que tampoco pueden inventarse debates o alternativas que no hay.





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