Son treinta familias que están limpiando un predio ajeno para construir allí sus viviendas. Les responden a quienes ven en esa iniciativa un foco de inseguridad, y reclaman asistencia del gobierno local.
Trasladado a la vida real, el enunciado al que apelaba el papá de “La Chilindrina” es el mismo con el que treinta familias juninenses argumentan haber tomado un terreno ajeno con claras intenciones de construir allí su casa propia y desembarazarse –algunos- de la obligación de un alquiler que les resulta oneroso o -en otros casos- del incordio de andar rotando de la casa de un pariente a la de un amigo porque plata no hay y los chicos no pueden pasar la noche durmiendo afuera.
El predio en cuestión está ubicado a la vera de las vías del tren, entre las calles Arquímedes y Ángel María de Rosa (a cien metros del paso a nivel de avenida Pastor Bauman) y quienes avanzaron sobre él dicen ser habitantes del barrio La Celeste, trabajadores cuyos ingresos no les alcanzan para subsistir, y reconocen que tuvieron que tomar esas hectáreas porque “no quedaba otra”.
Tal como anticipó DEMOCRACIA en su edición de ayer, se trata de hombres y mujeres que iniciaron tareas de desmalezamiento e incluso colocaron varios postes para demarcar la porción del territorio con la que se quedaría cada uno cuando llegue el momento de emprender la construcción. Como defensa, afirmaron dos cosas: por un lado, que no son delincuentes que quieran formar una villa sino que muchos llevan varios años radicados en las inmediaciones a ese lugar, por lo que rechazan el temor expresado por vecinos de los barrios cercanos; y en segundo lugar, que están dispuestos a hablar con las autoridades municipales o con el ONABE (Organismo Nacional de Administración de Bienes del Estado) para obtener la autorización legal que les permita hacer suyas esas parcelas. Incluso, pagando cuotas que estén al alcance de sus posibilidades.
“Queremos tener una casa propia”
Claudio Muriel, uno de las voces líderes dentro del grupo de personas decididas a instalarse en el predio situado a tan solo ocho metros del tendido ferroviario, fue claro al señalar que la idea es continuar con la limpieza y después edificar allí.
“Ninguno de nosotros tiene casa propia, estamos pagando alquileres o viviendo de prestado. Hemos llamado un montón de veces para que vengan a limpiar, levantamos firmas y todo, pero nunca pasó nada. Se hicieron denuncias por las enfermedades que el estado del lugar le causó a más de un chico, las casas se llenan de lauchas, todo provocado por el estado en el abandono de este lugar”, le comentó Claudio a este diario.
Por otro lado, quiso llevarles tranquilidad a la gente de los barrios San Francisco de Asís, Almirante Brown y San Martín, que habían manifestado su preocupación por la posibilidad de que desembarcara un asentamiento y que, con eso, se multiplicaran los hechos de inseguridad (Ver recuadro).
“Somos gente del barrio que queremos tener lo nuestro, nada más. Así que no se preocupen porque no hay extraños, ni gente de Buenos Aires ni de ningún lado. Somos todos trabajadores. Acá hay albañiles, muchachos que trabajan en el ferrocarril, en el matadero, todos gente de bien”, afirmó.
Pedido de ayuda
Aunque todos dicen estar unidos por un único denominador común y manifiestan estar dispuestos a conversar por un plan de pagos, siempre y cuando les habiliten la utilización de ese suelo, en algunas voces se percibe una desesperación mayor. Quizás ese estado anímico es el que lleva a Juan Diego, por ejemplo, a decir que si no lo dejan, igual va a seguir adelante y va edificar ahí su vivienda. “Algo para meterme necesito”.
Más cauto, Leonardo Jiménez conjeturó que “se puede hacer un arreglo con la Municipalidad, que nos ayuden con un plan en cuotas que sea accesible para todos nosotros. Tenemos la buena fe para pagarlo, no queremos hacer rancherío, villerío ni nada por el estilo”. “Queremos tener una casa de material, digna. Hace tres días que estamos limpiando todos, ayudándonos los unos a los otros. El próximo paso es seguir demarcando hasta que podamos empezar a construir. Si comíamos con tres mil, ahora para hacer nuestras casas vamos a comer con mil. Pero es el esfuerzo que tenemos que hacer para tener algo nuestro.”, agregó por su parte Carlos.
Los vecinos, jefes de familias en las que el promedio de hijos ronda entre tres y cuatro, aseguraron que “no hay nada político detrás de esto. Lo que esperamos es que venga alguien de la municipalidad. Que vengan tranquilos que nadie les va a hacer nada”.
Mario, el más veterano de todos, comentó que “vivo acá hace 25 años y esto siempre fue una mugre, sirve para juntar mosquitos, bichos, de todo”.
En los integrantes de la expedición no falta la esperanza, pero también hay testimonios que reflejan desánimo: “Hemos llamado siete veces para que vengan a limpiar pero no lo hicieron nunca. Les pedimos que nos dieran lamiplas porque se nos llueven los techos y nos dicen que nos van a llamar por teléfono y no nos llaman nunca. Tres meses tarda Meoni para darte una audiencia”, remató Stella.
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