A 30 años del inicio de la obra, comenzaron las tareas para demoler la estructura del edificio de la Justicia Federal, en Belgrano e Irigoyen. Construirán nuevas oficinas. La esquina cuesta u$s 1,5 millón.
Desde hace varios días, obreros trabajan a pico y masa para derribar la mole, símbolo del abandono y de la burocracia pública que, en su errático camino, terminó funcionado a modo de aguantadero.
Los orígenes del edificio que nunca fue se remontan a mediados del los '70, cuando el Poder Judicial quiso montar sus oficinas en ese lugar. Curiosamente, la obra quedó frenada por un litigio, luego de que los dueños de la tintorería Pardini, ubicada al lado, comenzaran a percibir rajaduras en su local y acudieran a la Justicia. El mismo poder que construía debió atender una causa en su contra.
Revaluación
Durante más de 30 años, la estructura de hormigón reposó sobre el suelo céntrico, que comenzó a revaluarse de forma acelerada en los '90 y terminó de pegar el salto en la posconvertibilidad. El lote cuesta hoy alrededor 1,5 millones de dólares, y por el código urbano podría albergar un edificio de hasta 12 pisos.
De todas formas, la Justicia Federal tiene planes para ese lugar. Allí buscará trasladar todas sus dependencias, hoy dispersas por la ciudad, y para ello construirá una nueva estructura. La que hay ya no sirve, porque las necesidades actuales son otras. El llamado a licitación ya se realizó y en breve deberían conocerse las ofertas. El presupuesto estimado es de 40,4 millones de pesos, según informó el Consejo de la Magistratura, encargado de administrar los bienes del Poder Judicial.
Aguantadero
En frente al edificio, Marta Iommi desafía el ruido de los martillos neumáticos y el calor del mediodía. Desde la puerta de su casa, mira con atención las tareas. Se mudó allí hace 50 años, “cuando la calle Belgrano era de tierra y su mano iba al Oeste”.
Recuerda que cuando el terreno era un baldío, los jóvenes del lugar iban a jugar al fútbol. Todo cambió cuando se inició la obra, alterando el paisaje de la zona. “Después nos acostumbramos: acá al lado construyeron un edificio enorme y yo tuve que arreglar toda mi casa por las grietas”, cuenta. Su vivienda, en un pulmón de la manzana, está ahora rodeada de torres.
Tanto Marta como el resto de los vecinos de la zona ven con buenos ojos que se demuela la estructura. Es que en los últimos años ese lugar, parcialmente cerrado, funcionó como un aguantadero. “Hemos hechos decenas de denuncias en todas partes y jamás pasó nada”, contó la mujer.
El gigante de hormigón, sin embargo, tuvo también una función social, ya que sirvió de refugio ante la inclemencia para personas en situación de calle.
Pero todo eso quedará pronto en el pasado. Para diciembre, la empresa a cargo de la demolición espera haber terminado sus tareas para dar paso a una nueva era.
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