Sus restos fueron recuperados de una fosa común del cementerio de Avellaneda, donde había sido arrojado junto a más de 300 personas. Una muestra de sangre de sus familiares colaboró con el trabajo del Equipo de Antropología Forense que logró recuperar la identidad que había sido arrebatada 33 años atrás. Fuerte
Una caja de madera los contenía. Fue cuidadosamente llevada hasta la porción del terreno del cementerio Los Robles donde también descansa su papá. El aire estaba cargado de emociones. Estuvieron presentes sus familiares -su mamá Rosalía, su hijo Francisco, sobrinos, su nieto, primos, sobrinos nietos-, amigos, hasta su compañero de banco en la escuela. En representación de Madres de Plaza de Mayo acudió Angelita quien se reencontró con el hijo de Carlos. Ella los conocía, a Francisco y Malena que no pudo estar presente, desde chiquitos. “Estoy muy emocionada”, confesó.
La emoción fue de todos. La caja fue colocada sobre la tierra. Arriba tenía una foto de Carlos, con su rostro joven, con su barba intacta. Rosalía besó intensamente una rosa roja y la lanzó. Se arrojaron algunas otras flores también. Luego hubo un interminable aplauso de despedida, mientras las lágrimas y los abrazos se contagiaban.
La mamá de Carlos tiene hoy 89 años. “Fueron 33 años de espera, larga y terrible. Hoy es el día que encuentro la paz. Sé que está y que está con nosotros”, mencionó a El Atlántico. Se termina la incertidumbre de no saber dónde estaba su cuerpo, ahora tiene un lugar donde poder llevarle una flor, pero el dolor sigue siendo intenso. Ella misma se define como una mujer “positiva”. “Siempre trato de sacar lo que está bien”, señaló. “Ahora va a estar junto con mi esposo y mi madre”, se consoló.
Amigos y familiares se acercaban a saludarla mientras iban llegando al cementerio. Ella les repetía estar tranquila, haber encontrado la paz, luego de tantos años de espera. “Es muy triste pero muy positivo”, reiteró.
Antes del entierro, Romina, sobrina de Carlos, leyó una carta enviada por Lila Pastoriza, Eduardo Jozami y Lucía Jozami, que quisieron decir presentes para honrar su memoria. “Que un desaparecido recupere la identidad arrancada y la historia de su propia vida es el modo de que no vuelva a desaparecer, de derrotar al olvido. Carlos -Carlitos, en nuestro recuerdo de los veranos de la infancia y juventud- vivió siempre en la memoria de sus familiares, amigos, compañeros. Pero no sólo faltaba él, también la tumba donde llorarlo y despedirlo”, señalaron.
“Sentimos que ahora, 33 años después de su secuestro y desaparición, poder dar sepultura a su cuerpo, además de materializar la certeza de su muerte y del atroz crimen que la produjo, permitirá recuperar a Carlos como era, como fue para cada uno, con sus broncas, sus chistes, sus proyectos, sus sueños. Y evocar a él y a Patricia. A sus rostros jóvenes, sus vidas generosas, su entereza”, remarca luego la carta.
Susana, hermana de Carlos, se encargó de cuidar de sus hijos. Ayer aceptó hablar con la prensa. Visiblemente emocionada y conteniendo las lágrimas detrás de sus anteojos negros, expresó que las emociones se conjugaron al conocer la noticia de la identificación de los restos. “Ha sido muy intenso. Hemos pasado por todas las emociones posibles. Esto no cierra, no es olvido. Es un capítulo que nos devuelve la tranquilidad de que la Justicia funciona lentamente, llegan. Esto ha sido un acto más del genocidio militar. Aquí estamos para honrarlo a él y seguir luchando por Justicia y por memoria”, señaló ella.
“Hemos recuperado el derecho a la restitución de su cuerpo, de su identidad y nuestro derecho como familia a que esté con nosotros”, sostuvo luego.
Una muestra de sangre suya y otra de Malena, la hija de Carlos, sirvieron para cruzar el ADN de los restos arqueológicos y así poder reconstruir fehacientemente las pruebas de la identidad. “Ha vuelto a casa”, mencionó Susana. La emoción de tener sus restos cerca, donde poder llevarle alguna flor de tanto en tanto, era evidente. La certeza de haber recuperado la identidad, robada por manos militares hace más de 30 años, tiene sabor a triunfo, después de tanto horror.
El trabajo arduo y silencioso del Equipo de Antropología Forense
Entre los presentes estaba Pablo Gallo, miembro del Equipo Argentino de Antropología Forense, que lleva 27 años trabajando en la búsqueda, recuperación e identificación de las personas desaparecidas durante la última dictadura cívico militar. “El trabajo del Equipo -señaló- no se podría hacer sin el apoyo de la sociedad, de los organismos. Lo que estamos viviendo hoy es el resultado de una búsqueda de todos. El Equipo pone a disposición de esta búsqueda, profesionales y elementos técnicos, pero no se puede lograr sin el apoyo de todos”, contempló Gallo.
Enseguida, destacó “el rol de los familiares de desaparecidos que colaboran con esta búsqueda con información, con empeño, pero también con un dato más que hoy nos está permitiendo identificar: el ADN”.
En este sentido, convocó a quienes tengan algún familiar desaparecido a que colaboren con una simple gota de su sangre, que puede ayudar a identificarlo. Para eso, en Mar del Plata pueden acercarse a la Casa de la Memoria, situada en Santa Fe 2946, o llamar al 493-9104 donde se les brindará un turno para hacerse la extracción de sangre.
Ya se han identificado cerca de 500 restos. Desde que se lanzó la iniciativa hace dos años, se logró identificar a alrededor de 100 personas.
En este sentido, Juan Pablo Colacci, sobrino de Carlos, destacó que su tía haya dejado de ser un NN, y lanzó un mensaje a quienes tienen familiares desaparecidos: “Que sepan que todavía pueden encontrar a sus seres queridos”.
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