Una actitud que socava los argumentos de su candidatura

Una actitud que socava los argumentos de su candidatura
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Al presidente Barack Obama le gusta estar solo.

Cuando habla en actos de campaña, no quiere que en el escenario se agolpen otros funcionarios. Cuando viaja en su limusina, no siente el impulso de llevar hasta sus casas a los políticos locales. A él le gusta sentir que no le debe su ascenso a nadie: ni a un padre rico, ni a un padre o consorte que fue presidente, ni siquiera a quienes lo ayudaron en momentos decisivos. Está convencido de que tanto en la Casa Blanca como en la campaña, él puede hacer cualquier tarea mejor que cualquier otra persona, desde escribir sus discursos hasta establecer las líneas políticas.

Así que Obama sabe que es el único responsable del insondable ensimismamiento en el que cayó ante los ojos de casi 70 millones de ciudadanos expectantes. En los ensayos para el debate tampoco le había ido bien y sus atribulados colaboradores sabían que el presidente no tenía la cabeza en el tema. Cuando Obama se dio cuenta de que había sido un desastre, se disculpó con ellos.

Una vez, durante la campaña de 2008, mientras leía sobre los cataclismos que se abatían sobre la economía y el mundo, Obama bromeó con uno de sus asesores: "Tal vez debería tirar la toalla".

De hecho, esta vez así lo hizo. Y hasta logró perder algo de la ventaja que tenía en las encuestas. Obama es bueno para analizar la psicología de otros líderes, y escribió una aclamada autobiografía sobre su larga y solitaria odisea de autodescubrimiento. Pero no siempre es bueno analizando su propia psicología como para evitar repetir patrones autodestructivos.

David Maraniss, que escribió biografías de Bill Clinton y de Obama, dijo que en ambos hombres es un tema recurrente. Clinton planta "la semilla de su propia destrucción" y luego se las arregla para "encontrar la forma de recuperarse". La personalidad de Obama, dice Maraniss, se forjó a partir de su deseo de evitar las trampas que le tendían su inusual familia y origen geográfico, y la trampa que en Estados Unidos implica la raza.

"Eso explicaría su cautela, su tendencia a retraerse y a observar la vida como si fuese un tablero de ajedrez, atento al jaque mate que pueda llegar desde algún flanco", escribió Maraniss en Barack Obama: The Story .

Mientras Mitt Romney hizo un excelente trabajo en conjurar a un Romney repulsivo y ultraderechista, Obama cayó en la trampa de su propio mecanismo.

Fue una tormenta psicológica perfecta para el presidente, que se desempeña mejor cuando está entre la espada y la pared: tiene un necesidad inconsciente de buscar las encerronas. Por eso le resulta tan difícil surfear el éxito y la intensidad: de pronto, parece quedarse sin combustible y baja los brazos, dejando a sus entusiasmados seguidores en medio de la confusión y el desánimo.

"Su ritmo es así", dijo un asesor.

Como a Obama no le gusta la confrontación, nunca remata a sus oponentes en la primera oportunidad que se le presenta; en cambio, perversamente, suele retroceder para dejar que sus enemigos tomen oxígeno. Eso pasó cuando debatió con Hillary Clinton en New Hampshire y Texas, y con los republicanos, en las discusiones sobre el sistema de salud y el límite de la deuda. Así como permitió que el Tea Party inflamara en 2009 esparciendo su falaz relato sobre la creación de "paneles de la muerte", ahora Obama permite que Romney inflame y divulgue su falaz relato de moderación y equilibrio impositivo.

Aunque a Obama le advirtieron encarecidamente que no mostrara su costado más pomposo, subió al estrado exudando desdén: desdén por los debates, a los que considera una farsa, un trámite en el que la gente "prefiere una buena mentira a un mal desempeño", como lo resumió el asesor del gobierno de Jimmy Carter, Gerry Rafshoon.

Así piensa Obama: después del trabajo que se tomó en limpiar el caos que le dejaron los republicanos, ¿realmente tiene que pasarse semanas ensayando un buen remate? ¿El hombre que terminó con Osama ben Laden y que supervisa en persona los ataques con aviones no tripulados tiene que montar un show de macho fanfarrón?

Además, siente un total desprecio por Romney, a quien ve como el epítome del ejecutivo acicalado, nacido en la línea de gol, que busca siempre un buen negocio. ¿Acaso los demás no ven que el tipo es un fraude?

Así como papá Bush no se esforzó demasiado, convencido de que sus votantes rechazarían al insustancial Bill, Obama decidió no hacer nada porque asumió que los votantes rechazarían a Cayman Mitt.

Frente a cada pelota que le dejaba servida, Obama desviaba la mirada, incluso cuando Romney le lanzó una en referencia a su contador. Obama fue consentido por Valerie Jarrett -la asesora que estaba junto a Michelle-, cuando hubiese sido mucho mejor elección que se lo viera cerca de los políticos locales y sus esposas.

El lunes, en un concierto para recaudar fondos de campaña, Obama se burló del momento de estrellato de Romney. "Lo que nos mostraron no fue capacidad de liderazgo. Fue capacidad de venta", dijo.

Ese desdén que le producen los "vendedores" es la razón por la que Obama no se ocupa de vender ni de explicar el nuevo sistema de salud o sus políticas económicas. Y es el que hizo que no supiera venderse a sí mismo ni sus políticas en el debate. Pero con su renuencia a concentrar toda su energía en vender su visión, Obama no hace más que subrayar sus propios baches de liderazgo y socavar los argumentos a favor de darle cuatro años más en la Casa Blanca.

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