Por Fernando LabordaEl multitudinario acto que, con el lema "Unidos y organizados", encabezó Cristina Kirchner en el estadio de Vélez una semana atrás tuvo varios propósitos. Algunos inmediatos y uno más lejano: empezar a tantear el terreno con vistas a la reelección presidencial indefinida.
Se quiso demostrar que este movimiento tampoco precisa del aparato de gobernadores e intendentes municipales, cada vez más dependientes de los recursos del Estado nacional.
Es el mismo movimiento que, en las últimas semanas, les envió un fuerte mensaje a jueces y fiscales, con el destierro del procurador general Esteban Righi del poder y con la campaña que concluyó en la desafectación del juez Daniel Rafecas de la causa Boudou-Ciccone. Ese mensaje es que ningún magistrado puede cruzarse en el camino de los hombres de la Presidenta.
El famoso "vamos por todo" del que ya sin vergüenza ni disimulo hablan funcionarios y seguidores de la Presidenta, y hasta ella misma, comienza a ser condimentado lentamente con expresiones favorables a una reforma constitucional que no podría obviar la posibilidad de una segunda reelección presidencial o incluso de una reelección indefinida, como la que existe en la provincia de Santa Cruz.
Nadie puede saber si en 2015 Cristina Kirchner estará en condiciones, tanto políticas como personales, para asumir un nuevo mandato, si la Constitución se lo permitiera. Pero por lo pronto, a los adláteres de la Presidenta les encanta que se hable de una eventual reforma constitucional, tanto a favor como en contra.
El mero hecho de que se instale en la opinión pública el debate sobre la modificación de la Constitución les garantiza a los ultracristinistas su objetivo de mínima: evitar el surgimiento de figuras alternativas a Cristina Kirchner dentro del oficialismo, impidiendo que su gobierno se debilite prematuramente y que la primera mandataria se convierta antes de lo esperado en un "pato rengo", como se conoce en los Estados Unidos a esos presidentes sin posibilidad de reelección.
Hasta Hebe de Bonafini se metió en el debate no inocentemente. Sostuvo que ella no creía que Cristina debiera postularse para 2015 y hasta admitió que pensaba en alguien para sucederla, pero que no lo haría público. Inmediatamente hubiera sido tildada de traidora en el oficialismo si efectivamente lanzaba ese nombre. De esta manera contribuyó con su granito de arena a la instalación del debate reeleccionista.
La realidad es que los números no cierran hoy para declarar la necesidad de una reforma -se necesitan dos tercios de los miembros del Congreso-, aun cuando los kirchneristas se ilusionen con el amplísimo apoyo que logró la ley de expropiación de YPF.
Las elecciones legislativas de 2013 deberían ser el paso previo para cualquier estrategia reeleccionista. Intentar algo antes de esa fecha implicaría enormes riesgos. Incluso una consulta popular, dado que si el resultado fuese adverso, un día después la crisis se tornaría insoportable. Entre tanto, la Presidenta podrá seguir deshojando en privado la margarita, sin descartar hasta una fórmula como aquella que, en 1973, postulaba a Cámpora al gobierno y a Perón al poder..




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