Parece que fue ayer, repite la canción, y transcurrieron diez años. Pasaron vertiginosos y plagados de otros tantos adioses y bienvenidas. En la medianoche del 5 para el 6 de octubre de 2002, Savelio Yurkevich partía precipitadamente, casi a hurtadillas, cuando el país en debacle tocaba fondo.
Savelio, el grande, como alguna vez lo llamamos pasó a ser un recuerdo vívido y cotidiano. Es que estar con Savelio fue siempre cosa seria, pese a su humor y sus risas estentóreas. En la convivencia de esta redacción, aprendimos de su pensamiento lúcido, de su vasta experiencia y hasta de sus utopías, a las que nunca entregó.
Con años de estudios, de práctica docente como profesor en Historia, del ejercicio del periodismo y de militancia ciudadana, posibilitó que a su lado se formaran generaciones de docentes y de periodistas. Savelio fue un reconocido corresponsal de La Nación por más de cincuenta años y en NORTE- donde llegó a ocupar la dirección- fue calificado editorialista, redactor de notas especiales y desinteresado colaborador de suplementos.
Pero su mayor condición- tantas veces ponderada- es el haber sido un ser sin tiempo. Savelio se adaptó a los cambios de cada etapa y fue interlocutor de todas las edades. Hizo de la tolerancia y de la apertura un rasgo distintivo de esa personalidad tan especial que podía gozar de los clásicos o de un tango, hasta levantar el volumen para invadir el aire con un tema de Fito Páez.
Durante algunos años, los escritorios de la redacción conservaron su computadora, que comenzó a utilizar en medio de afanes y de peleas con la tecnología. No faltaron en esta década, las bromas para recordar sus entradas con saludos grandilocuentes ni sus comentarios llenos de ironías.
Traerlo en medio del trabajo y reir con una de sus inagotables salidas, es un modo de tenerlo cerca y de acercarlo a los nuevos redactores. Lo seguiremos invocando, sonará el tango que Cacho Quirós le escribiera o dará vuelta una página del libro Juntos. Siete autores chaqueños que los amigos de la mesa de los Penchansky publicaron en su honor.
Acaso Savelio no se fue. Deja caer un guiño y sobre el teclado aparece una de las muchas flores obsequiadas.

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