Ricardo ForsterMirar en espejo es siempre un desafío que el presente se hace a sí mismo tratando, en ese gesto indagador, de comprender aquello que, en otro contexto de nuestra historia, marcó a fondo no sólo a quienes vivieron esos días tumultuosos sino que también se prolongan, sus efectos, en nuestra actualidad.
Fueron jornadas de ruptura en la que nada de lo establecido parecía sobrevivir al vértigo que recorría las calles de una Buenos Aires entre fantasmagórica y carnavalesca. Una ciudad que mezclaba antiguas experiencias y multitudes de otras plazas históricas con la sorprendente alquimia de los habitantes de los suburbios dinamitados por la corrosión neoliberal y la de los habitantes de los barrios acomodados que se aventuraban, sin saber muy bien hacia dónde iban ni lo que estaban haciendo, hacia los lenguajes de la rebelión y la protesta que, por lo general, siempre les habían resultado entre indescifrables y repudiables. Se juntaron, apenas por un instante, la cacerola y el piquete, las demandas de los olvidados de la historia, de los expulsados del sistema, con la de los ahorristas despechados que, en la mayoría de los casos, exigían que les devolviesen sus dólares envenenados.
Estallaba, en esos días tremendos y exaltados, un modelo de país que había avanzado como una topadora sobre memorias de una equidad rapiñada con brutalidad inaudita, sobre vida social, sobre industrias y trabajos, sobre seres humanos despojados de todos los derechos y convertidos en sombras marginadas de la vida pública, y lo hacía respondiendo hasta sus últimos instantes a una ideología que se nutría del consenso de Washington, la mercadolatría, el individualismo y el cuentapropismo moral, la despolitización y la demonización del Estado para culminar en una lógica fundada en el éxito a cualquier precio y en el borramiento de la solidaridad. El corazón helado del neoliberalismo se fue irrigando con la sangre de los sectores populares y con la apropiación perversa de la riqueza del conjunto de los argentinos en nombre de la nueva utopía de época: la privatización de todas las empresas públicas como fundamento de una era de eficiencia y gestión impecables. Fue el tiempo dominado por los gerentes y los tecnócratas y en el que la Argentina quedó a merced de los organismos de crédito internacional y fue territorio propicio para el experimento más radical desarrollado por el proyecto neoliberal que supo no sólo apropiarse de la riqueza social sino que también logró transformar profunda y decididamente la trama cultural simbólica de una parte mayoritaria de la sociedad que quedó con el alma vaciada.
El sueño que dominó aquellos años era la entrada al mítico Primer Mundo (por esas extrañas paradojas que nos suele ofrecer la historia, le toca ahora a Europa y a los Estados Unidos experimentar el daño estructural provocado por lo que se ha denominado la etapa de la “valorización financiera”, eufemismo que esconde el corrimiento del capitalismo hacia lo que Cristina Fernández ha denominado con fuerza conceptual: el anarcocapitalismo financiero, dispositivo sistémico que ha venido a desarmar el núcleo productivista del capitalismo junto con el desfondamiento del Estado de Bienestar y la hegemonía absoluta de los grandes bancos y las corporaciones multinacionales). Nosotros, en esas jornadas calientes de diciembre de 2001, salimos a las calles para decirle ¡basta! a la tremenda iniquidad de un modelo que había lanzando a la intemperie a la mayoría de la sociedad. Aunque, y eso también es cierto, hubo, entre esas multitudes, distintas expectativas, distintas visiones del daño y del país que se añoraba o deseaba. Para algunos se trataba de recuperar a cualquier precio sus dólares (eran los que querían seguir la fiesta y nunca despertar para reconocer la pesadilla de una realidad estallada); para otros era cuestión de hambre y desolación, de reconstruir las mínimas condiciones de una vida digna que les había sido expropiada por el capital-liberalismo y su engendro maldito pergeñado por el ministro de ojos sicopáticos. Se juntaron, en ese verano que se anticipaba tórrido, quienes nunca se habían encontrado, quienes provenían de mundos tan lejanos que, en algunos casos, parecían pertenecer a distintas galaxias. En ese descomunal estallido se hizo añicos el país de la especulación y de la estrategia trazada con astucia demoníaca por Martínez de Hoz, una estrategia que sería retomada y profundizada por el gobierno menemista. Se quebraba una Argentina de la miseria moral y de la expropiación salvaje de las mayorías por una minoría depredadora. Y, sobre todo, se corrían los velos del poder real, se ponía en evidencia lo que estaba solapado detrás de la escena y se iniciaba, sin saber hacía dónde se iría, otra etapa en la historia del país.
Que las jornadas de diciembre de 2001 tuvieran como continuidad necesaria lo inaugurado en mayo de 2003 no es algo que tenía que ocurrir ni se expresaba como consecuencia de una causalidad de la historia. Los caminos que se le abrían a la Argentina eran muy distintos sin excluir, entre los posibles, la agudización de la crisis y la caída en abismo bajo la amenaza de la disolución nacional. También se podía haber seguido el camino de una restauración conservadora sostenida a sangre y fuego o simplemente entrar en un período de absoluta debilidad institucional y surcado por la violencia. Tal vez, y más allá del azar que lo depositó en la Casa Rosada, el mérito de Néstor Kirchner fue comprender el corte profundo y decisivo que el 2001 había producido y que la única posibilidad de construir futuro tenía que estar asociada a una reparación de todo aquello que había sido dañado por un modelo brutalmente injusto y desigual.
La mirada en espejo nos muestra que algo esencial ha cambiado después de una década y que aquello que se derrumbaba con estrépito en las jornadas multitudinarias de diciembre de 2001 no desaparecería por arte de magia sino que se requeriría un enorme esfuerzo de voluntad política y de invención democrática para darle forma a un país capaz de reencontrarse con sus mejores tradiciones populares. La sombra de aquella época ominosa sigue allí como recordatorio de lo que significó haber caído bajo las garras del neoliberalismo. Tener memoria es una manera de no ser nuevamente capturados por aquel relato que, cuando se hizo poder, daño por décadas la vida de los argentinos.



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