Zelaya, bajo asedio en un país fantasmal

Sigue refugiado en la embajada de Brasil, cercada por tropas; hay toque de queda y férreo control fronterizo
EGUCIGALPA.? Sellado por tierra, mar y aire, tomado por la policía y el ejército de cabo a rabo, Honduras presentaba ayer un aire fantasmal, como si el país fuera a desvanecerse de un momento a otro. Después del cierre de los aeropuertos y los férreos controles en las fronteras terrestres decretados por el gobierno de facto de Roberto Micheletti, entrar en este empobrecido país centroamericano se ha convertido en toda una odisea.

Con la prolongación del toque de queda ordenada ayer por Micheletti, Honduras estaba virtualmente apagado. Algo parecido a lo que ocurría en la embajada de Brasil, en esta ciudad, donde se refugia desde anteayer el derrocado presidente Manuel Zelaya. Sin luz eléctrica y sin agua corriente por cortesía de Micheletti, Zelaya resistía ayer por segundo día consecutivo con un grupo de allegados en el interior de la sede diplomática y asediado afuera por un fuerte contingente militar. Además de vigilar estrechamente la embajada de Brasil en Tegucigalpa, el gobierno de facto desplegó el ejército en todos los accesos de entrada a la capital y en las avenidas y edificios públicos principales.

Como le ocurrió a Mel Zelaya anteayer, todo aquel que desee ingresar en este país fantasma deberá armarse de paciencia. Con el acceso aéreo denegado y los puertos destinados a la actividad comercial, a Honduras sólo se puede entrar por alguno de los pasos fronterizos terrestres que comparte con Guatemala, Nicaragua o El Salvador.

Desde el aeropuerto internacional de Comalapa en este último país, la ruta Interamericana conduce hasta la frontera de El Amatillo, puerta de entrada a Honduras. Fue precisamente en la sala diplomática de ese aeropuerto salvadoreño donde Zelaya se entrevistó el domingo pasado con varios dirigentes del gobernante Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), en una escala técnica tras la que desapareció el rastro del mandatario hasta su sorprendente aparición en Tegucigalpa.

Protegido por su clandestinidad, Zelaya tuvo menos problemas para cruzar la frontera que las decenas de camioneros que aguardaban ayer, en una cola infinita, en la aduana de El Amatillo. En todos los pasos fronterizos la policía practicó severas restricciones de ingreso. Sólo los periodistas extranjeros y aquellos casos de urgente necesidad contaban con la indulgencia de los funcionarios.

Como le ocurrió a Mel Zelaya anteayer, todo aquel que desee ingresar en este país fantasma deberá armarse de paciencia. Con el acceso aéreo denegado y los puertos destinados a la actividad comercial, a Honduras sólo se puede entrar por alguno de los pasos fronterizos terrestres que comparte con Guatemala, Nicaragua o El Salvador.

Desde el aeropuerto internacional de Comalapa en este último país, la ruta Interamericana conduce hasta la frontera de El Amatillo, puerta de entrada a Honduras. Fue precisamente en la sala diplomática de ese aeropuerto salvadoreño donde Zelaya se entrevistó el domingo pasado con varios dirigentes del gobernante Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), en una escala técnica tras la que desapareció el rastro del mandatario hasta su sorprendente aparición en Tegucigalpa.

Protegido por su clandestinidad, Zelaya tuvo menos problemas para cruzar la frontera que las decenas de camioneros que aguardaban ayer, en una cola infinita, en la aduana de El Amatillo. En todos los pasos fronterizos la policía practicó severas restricciones de ingreso. Sólo los periodistas extranjeros y aquellos casos de urgente necesidad contaban con la indulgencia de los funcionarios.

Alex y unos cuantos jóvenes sestean entre los surtidores a la espera de que sean las seis de la tarde, la hora en que supuestamente concluye el toque de queda. Pero unos minutos antes de esa hora, el gobierno vuelve a ocupar el espacio radiotelevisivo del país para informar de que el toque de queda se prolongará hasta las seis de la mañana de hoy. "Si usted no le compró leche a su hijo pequeño, olvídese, porque ya no la podrá conseguir hoy", lamenta el locutor de Radio Globo.

Los controles policiales se suceden en una ruta por la que casi no circula ni un alma. Policías cansados, algunos amables y otros prepotentes, se encargan de revisar una y mil veces la documentación de los pasajeros, preguntan despreocupadamente sobre el destino final y ojean el interior de los vehículos. Sin que venga a cuenta, algún que otro agente aprovecha para cargar contra Zelaya: "No va a durar en la embajada ni 72 horas, ya lo verán".

Pero si las rutas estaban ayer desiertas, en las calles de Tegucigalpa no había más tránsito que el de los camiones militares. En los barrios, algunos vecinos se aventuraban a salir a la vereda para ver caer la tarde, temerosos de que, como había propagado otro rumor, el gobierno cortara el suministro eléctrico en toda la ciudad.

Sin tráfico alguno, sin el bullicio habitual de la gente en las calles, sin un ruido en el ambiente, Tegus (como llaman cariñosamente a la capital los hondureños) vivió, definitivamente, algo más que un martes raro. Fue un martes espectral.

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