Yemen, otra guerra llena de dudas y sospechas

Por: Marcelo Cantelmi

Yemen, la nueva frontera de la espectral guerra antiterrorista y donde se habría entrenado el frustrado atacante del vuelo a Detroit, es el suburbio más miserable y horroroso del mundo árabe. Sólo una reducida parte de sus 24 millones de habitantes tienen empleo, la indigencia consume a casi todo el país y el analfabetismo se mide en iguales dimensiones. Pero Yemen también es el mayor mercado de venta libre de armas en la zona.

En Yemen, donde se afirma que hay bases de la inasible red Al Qaeda, gobierna un régimen dictatorial encabezado desde hace 30 años por el pro occidental Field Marshal Ali Abdullah Saleh, quien fue primero el déspota de Yemen del Norte y desde 1990 de la nación unificada. Saleh es una versión modesta del dictador paquistaní Pervez Musharraf blanqueado como aliado por el gobierno de George Bush para habilitar desde ese país la invasión a Afganistán. El tirano yemenita es el Musharraf de Barack Obama quien en 2009 aumentó en US$ 100 millones la ayuda militar al país contra cero dolar de 2008. La ONU denunció hace un mes que en Yemen se encarcela a niños de 7 u 8 años de edad "en calabozos con adultos, donde son frecuentemente abusados ... Y a muchos de esos niños se los sentencia a muerte y fusila". Es una alianza delicada.

En Yemen hay una doble amenaza para la dictadura: una más clara en el noroeste, base del movimiento rebelde de los Houthi, una tribu shiíta fundada por el sheikh Basrd al-Din al-Houthi que, aunque viene del mismo tronco del islam, tiene gruesas diferencias con la teocracia shiíta iraní. Y otra en el sur miserable, abandonado por el gobierno, donde crece un movimiento separatista con todo tipo de jugadores, fanáticos de toda laya, lúmpenes e integristas sunnitas que aclaman al desaparecido Osama bin Laden.

Es en ese territorio sin ley donde estarían los campos de entrenamiento de la versión doméstica de Al Qaeda. EE.UU. hace tiempo mantiene una ofensiva de baja intensidad en el país. Con el apoyo de Arabia Saudita y la alegría del dictador Saleh, ha bombardeado tanto a las tribus del norte como a los combatientes ultras del sur. Esos ataques han causado (como en Afganistán actualmente) numerosas bajas civiles alimentando un feroz antinorteamericanismo cuyas consecuencias son cualquier caso menos imprevisibles. El pasado 17 de diciembre, el bombardeo a supuestos cuarteles de Al Qaeda en las provincias de Sana'a y Abyan, mató a 28 niños, según datos del propio gobierno yemenita. La tribu Houthi, a su vez, ha denunciado alrededor de 30 ataques a poblados desde agosto pasado.

La irrupción del terrorista nigeriano que casi hace estallar el avión de Delta, ha multiplicado las miradas y las preguntas sobre el motivo de esta tercera guerra simultánea y escondida que libra Washington. Pero también el episodio fue pasto de un aluvión de denuncias en EE.UU. sobre la buena salud que estaría exhibiendo Al Qaeda en su nuevo santuario. No hay, sin embargo, pruebas de que este musulmán de 23 años haya tenido alguna cobertura de ese grupo y no se tratase de un atacante solitario como lo eran los terroristas de Londres en 2005. Esta ofensiva de alarmas, que incluye la versión oportuna de que dos ex presos de Guantánamo fueron los cerebros del frustrado atentado, no es ingenua. Presiona a la Casa Blanca para consolidar una guerra de control sobre un país que tiene algunas condiciones estratégicas apetitosas como el dominio del estrecho que conecta con el Golfo de Aden y el Mar Rojo, un pasaje que provee acceso al Canal de Suez y, en fin, por donde pasan a diario tres millones de barriles de petróleo.

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