Vulnerables

Una decisión del Tribunal Oral Federal deja sin efecto la detención de cinco presuntos narcotraficantes por considerar inconstitucionales los allanamientos que las hicieron posibles. Vuelve a instalarse el debate acerca de la posibilidad de combatir el contrabando de drogas. ¿Es posible hacer algo?
Generó una catarata de dudas la decisión de los jueces Roberto Atilio Falcone, Néstor Parra y Mario Portela de dejar sin efecto la detención de presuntos narcotraficantes, apoyando su decisión en que los veintitrés allanamientos que terminaron con el decomiso de las sustancias prohibidas, se habían realizado en horas de la noche.

Las operaciones habían sido realizadas tras un extenso período de investigación en Mar del Plata, Ciudad Autónoma de Buenos Aires y partido de Tres de Febrero. Pero la operación de liberación no fue solamente mérito del TOF, sino que contó con el estimable apoyo del fiscal general ante el tribunal, Juan Manuel Pettigiani.

Él mismo fue el encargado de resaltar que era necesario -antes que nada- respetar la manda para que se mantuvieran en pie todas las garantías de los acusados, más allá de las acciones realizadas y el secuestro de las drogas in situ. Los narcos recuperaron su libertad en virtud de la nulidad de todo lo actuado, y pueden volver al barrio, a cielo abierto.

A cielo abierto, como ingresan al país más de cien vuelos clandestinos por día, que transportan entre 200 y hasta 1.000 kilos de drogas de diverso tenor, en avionetas sofisticadas. Las preferidas son las de tipo Cessna.

A cielo abierto y a la vista de quien quiera verlas, hay quien afirma que en el norte argentino, las pistas de aterrizaje clandestinas suman mil quinientas y están cada mil metros, preparadas para aquellas operaciones que se realizan durante las noches. Son vías de tierra apisonada con kerosene, que en muchos casos están remarcadas en el suelo simplemente con postes pintados con pintura fosforescente, o señalizadas con hules de plástico o sábanas.

Los pilotos convocados para tales operaciones son expertos, y traen combustible perfectamente calculado para apenas tomar contacto con suelo argentino el mínimo de tiempo necesario para descargar su envío, y partir raudamente antes de ser localizado. Las pistas tienen entre 300 y 700 metros de extensión, y unos 15 de ancho. Son muchísimas, y todos los lugareños saben dónde están, aunque varias de ellas se encuentran dentro de estancias privadas que obviamente son parte del trato, y cobran en dinero o en favores por su utilización. Muchas otras se encuentran detrás de algún monte, y hasta en algunos casos a pocos kilómetros de ciudades capitales de provincia, como se dice de Paraná.

Este acontecer no es novedoso ni para la justicia argentina ni para el personal policial a cargo de las investigaciones, pero la distancia que separa el texto de lo políticamente correcto -el discurso de campaña que pretende situarnos al frente de una especie de patriada contra el tráfico de drogas- de lo real y posible en las circunstancias dadas, es bastante más grande de lo imaginable.

Algunos de los estudios son muy recientes, y otros dan cuenta de una realidad ya conocida por funcionarios políticos desde 2006. Las pistas de aterrizaje clandestino sostienen el narcotráfico más inmanejable, no solamente en cuanto a la importación de marihuana y sintéticos para distribuir en las provincias de Córdoba y Santa Fe, sino además la salida de cocaína de exportación que terminará en mercados europeos.

Los vuelos no sólo son permanentes: son inmanejables. Una rápida mirada y recuento sobre los radares existentes en el país nos explica que ellos se reducen a los que operan en los aeropuertos, y que no son aparatos de última generación, ni mucho menos. En los últimos diez años no se han comprado nuevos radares de aeropuerto, sino que solamente se han aggiornado algunos de los ya existentes, como ha sucedido con el de Mar del Plata.

El resto de los controles de frontera no se realizan por medio de radar, sino de radio. Es decir que los empleados a cargo no ven los aviones, cuanto mucho los oyen. Pero poco les queda por hacer en tal caso.

Nuestro país –a diferencia de los otros limítrofes- no cuenta con una "ley de derribe", es decir un marco legal que autorice a que un avión que atraviese el espacio aéreo nacional de manera clandestina, pueda ser derribado por las fuerzas de seguridad después de tres avisos reglamentarios. En nuestro territorio, las acciones se reducen a indicarle a la nave que aterrice, y en el caso que obedeciera, cuando llegaran por tierra las fuerzas de seguridad, no encontrarían nada del avión ni del piloto. Un absurdo, ya que incluso para tomar una medida mayor a la simple persuasión, hace falta la autorización de un juez.

Es por eso que algunos funcionarios han tratado de hacer hincapié en estas falencias, y también sectores formadores de opinión. Algunos de ellos bregando por la necesidad inminente de radarización de las fronteras nacionales, ya que en este momento existen cientos de pasos de frontera entre la Argentina y Paraguay, por ejemplo, que carecen de cualquier forma de control. El único radar existente en la zona entre Paraguay, Chaco y Corrientes puede operar en un radio de cuatro kilómetros, y solamente durante cuatro horas. Todos los pilotos saben que, aun en pleno funcionamiento, alcanza con volar a baja altura, menos de doscientos metros, para que no sea detectada la avioneta.

Algo de algo

Por eso, y en franca contraposición con lo relatado, el fiscal general Daniel Adler se ha dirigido a la Procuraduría General de la Nación a tratar de poner algunos puntos sobre las íes, y preguntar: nosotros, ¿vamos a hacer algo contra el narcotráfico?

Las noticias no parecen ser las mejores. Adler destaca que se ha reunido con personal de los Departamentos de Justicia de una serie de departamentos judiciales, entre los cuales se encuentra por supuesto Mar del Plata, y que todos le han expuesto que no ha habido detenciones de eslabones superiores, en la cadena de la distribución de drogas prohibidas. Y dice Adler que si se cierra un kiosco de venta de drogas, se pondrá otro inmediatamente en su lugar, porque el personal y el capital de compra y venta seguirán intactos.

Por eso es que considera que es imprescindible que se le permita actuar en conjunto con los funcionarios de departamentos cercanos, a fin de llevar a cabo acciones de mayor efectividad que las presentes.

Sabe con qué cuenta y con qué no, ya que el subsecretario de Asuntos Técnicos Militares del Ministerio de Defensa, Germán Montenegro, informó: "el despliegue de los medios de vigilancia y reconocimiento del espacio aéreo se efectúa desde un punto de vista de las específicas competencias responsabilidades de la Defensa Nacional, y no en función del control de los vuelos furtivos que tiene relación con el narcotráfico y el contrabando". Es decir, tengo otras cosas que hacer.

Adler necesita decir que el tema del control de las rutas provinciales es una de las deudas pendientes, ya que no puede ser que la droga llegue por tierra a la provincia y nadie vea nada. Ya las investigaciones de las provincias de Santiago del Estero y Santa Fe pudieron encontrar la complicidad en los puestos de vigilancia de las rutas provinciales que permitían la pronta circulación de los envíos recibidos por avioneta. ¿Qué pasa en las rutas de la provincia de Buenos Aires? ¿Nada?

Y dice también que, a estas alturas, no es posible que ciertas investigaciones se caigan por el tiempo que demora la empresa adjudicataria de las comunicaciones telefónicas en cumplir la manda judicial de intervención de ciertas líneas. Que es necesario indicarles a los responsables de las empresas la relectura de los artículos de las leyes que los comprometen en no obstruir el accionar de la justicia.

Adler seguramente se sabe en medio de una jungla donde los aviones entran y salen haciendo caso omiso de cualquier forma de control. Las drogas ingresan y recorren rutas por tierra debidamente liberadas. Por eso se pregunta qué diablos está haciendo en el cargo. Aviones cargados a cielo abierto, como en una vieja película del caos de un pequeño país africano. Así de vulnerable.

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