Votos entre el engaño y la crispación.

Por: Liliana De Riz.

Esta campaña se distingue por la ausencia de ideas, la judicialización de los conflictos, la asimetría de recursos entre listas y las candidaturas testimoniales. Después del comicio, la política debería aportar una respuesta de consenso a la crisis.

La euforia de un quinquenio de crecimiento que sustentó la ilusión sobre el futuro se trastocó en incertidumbre y amenaza. La inseguridad figura en primer lugar entre los problemas que vive la gente en todas las encuestas de opinión. La Presidenta ha dicho que peligra la democracia si no logra la mayoría en las elecciones legislativas de renovación de ambas cámaras del Congreso que se llevarán a cabo el próximo 28. Néstor Kirchner vaticinó que la Argentina se volvería ingobernable si se perdiera la mayoría: el fantasma de la crisis de finales de 2001 comenzó a sobrevolar sus discursos, poblados de protagonistas del gobierno de entonces.

La decisión inconsulta de adelantar las elecciones suspendiendo la ley que fija una fecha definida y prohíbe su cambio tomó por sorpresa al arco opositor que quedó con escaso tiempo para organizar sus esquemas de alianzas y planteó un desafío a la organización del proceso electoral. "Decisión, secreto y sorpresa", fórmula que supo adoptar el presidente Menem, volvió a ser parte de una estrategia que reitera una constante de la política argentina: cuando las leyes no convienen a los intereses de los poderosos de turno, sencillamente se suspenden.

"Cuando la ley está sometida a los hombres, no quedan más que esclavos y amos; es la certidumbre de la que estoy más seguro -escribió Jean Jacques Rousseau-; la libertad siempre sigue la misma suerte que las leyes, reina y perece con ellas". Cuando esto ocurre, la desconfianza se irradia sobre el cuerpo social. Y así estamos.

La gobernabilidad descansa en la eficacia y transparencia de la administración de los bienes públicos. Requiere construir laboriosamente las mayorías en el Congreso y exige, además, que los actores económicos y sociales asuman una responsabilidad pública que trascienda los intereses inmediatos de sus representados.

Un sistema de partidos que aún no alcanza a reconstruirse no permite, todavía, vislumbrar con claridad un escenario propicio para generar consensos sólidos. No sólo el oficialismo tendrá que exhibir una voluntad de diálogo hasta ahora ausente, sino que la oposición deberá demostrar a la sociedad la capacidad de anudar nuevas mayorías parlamentarias que definan y sustenten las políticas públicas que demanda la crisis.

Esta campaña se distingue por la ausencia de ideas, la judicialización de los conflictos, la enorme asimetría de recursos entre los candidatos y las numerosas candidaturas "testimoniales". Los debates de fondo se trasladan al día después y los ciudadanos no saben cómo serán gobernados.

En el peronismo fragmentado se compite por el futuro liderazgo. La oposición no peronista, también fragmentada, asiste una vez más a la crisis de un partido que retiene a la mayoría del electorado y deja librada su interna a la sociedad.

El día después habrá una lucha por interpretar los resultados de esta elección que, por otra parte, tiene lugar en 24 distritos y en cada uno de ellos es singular. Aunque resulta claro que ganadores y perdedores se definen por el número de bancas obtenidas en el Congreso que reflejará la distribución institucional del poder en el país a partir de diciembre, el oficialismo trata de imponer la interpretación de que importan más los puntos que las bancas en unos comicios, que por la inédita incertidumbre acerca de sus resultados en la provincia de Buenos Aires, remedan más una tómbola que una consulta vinculante.

La proliferación de listas, la insuficiente preparación de las autoridades de mesa, la improvisación bajo el signo de la emergencia reiterarán una experiencia de desorganización similar o aún peor que la vivida en 2007. La desorganización trae aparejada opacidad y cuando las cifras obtenidas son muy próximas, las sospechas de manipulación de los resultados crecen. Lo que no es extraño en un clima de desconfianza generalizada alimentado por la poca credibilidad de las encuestas y la falsificación de las estadísticas oficiales.

En los escasos días que faltan es de esperar que predomine la sensatez y que el día después del escrutinio, el acuerdo sobre una agenda nacional de respuesta a la crisis sea la prioridad para todas las fuerzas políticas. Esta sociedad reclama un nunca más al engaño y a la crispación política y una esperanza de futuro.

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