El voto de cada día

El voto de cada día
Por Sergio Sinay

"Por primera vez en mi vida no sé por quién votar. No tengo candidatos", confiesa, inquieto, mi amigo Luis, al despedirnos después de haber compartido una cena. No es poca cosa en alguien que tiene una larga historia de certezas políticas. A poco de escuchar voces cercanas y lejanas, conocidas y desconocidas, advierto que Luis comparte una sensación extendida. Como muchos, él tiene una duda con fecha de vencimiento: el 28 de junio de 2009.

El día de las elecciones cumpliremos con una serie de pasos y requisitos específicos que, como tantas otras veces (desde aquel octubre de 1983), acabarán con una papeleta en un sobre y con el sobre en una urna.

Eso es, técnicamente, votar. Pero ¿sólo votamos el día de las elecciones? Si votar es elegir, acaso lo hagamos muchas más veces de las que creemos. Elegimos si vamos a respetar las reglas de convivencia establecidas para darle a nuestra vida un espesor humano o si no lo haremos. Según nuestra elección, no sobrepasamos las velocidades máximas en calles, avenidas y autopistas, o decidimos conducir al ritmo de nuestra impaciencia, nuestra ansiedad o nuestro deseo, desentendiéndonos de las consecuencias, aunque éstas incluyan también las vidas de otros.

Elegimos cruzar con las luces amarilla o roja del semáforo o detenernos porque ahora es el turno de otros. Elegimos estacionar en las rampas para discapacitados porque es más importante nuestra comodidad que la necesidad de ese prójimo sin rostro o, por el contrario, buscar un lugar, aunque sea lejano, y caminar, aunque sea incómodo. Elegimos sacar la basura a la hora que nos conviene, y no a la que está establecida para todos, y dejarla en la esquina para que no afee nuestra vereda. O elegimos ir tirando nuestra basura (papeles, envoltorios, pañuelos, pilas, envases) a medida que nos desplazamos y ensuciamos el espacio público convencidos de que es nuestro derecho porque "para eso pagamos impuestos". Elegimos coimear porque si no "las cosas no salen" o porque no tenemos tiempo para perder en esas mismas colas en las que otros (menos listos que nosotros) vegetan.

Elegimos evadir y transgredir todo lo que se oponga a la inmediatez de nuestro deseo, aunque esa evasión o esa transgresión rompan los códigos de la convivencia y generen riesgos y perjuicios a semejantes cuya existencia preferimos ignorar. Y a veces tales semejantes no están a la vista (literal o metafóricamente) y entonces lo hacemos con más razón, porque total, no jorobamos a nadie. Elegimos descalificar y despreciar al que no es tan vivo, tan rápido, tan astuto o tan gracioso como nosotros o al que viene de un país menos "desarrollado". Elegimos enseñarles a nuestros hijos que primero deben pensar en ellos, que deben tomar las cosas antes que otro, que se preocupen de sí y que los demás se arreglen como puedan. Y les damos clases prácticas de ello a través del ejemplo. Elegimos eludir impuestos y otras obligaciones colectivas (o con lo colectivo), aunque no aceptamos carecer, a cambio, de servicios que debían sustentarse con lo evadido. Elegimos celebrar el gol con la mano (tanto en el fútbol como en otros juegos del diario vivir) en lugar del gol legítimo y bello, y construimos una épica y una leyenda patriotera a partir de esa trampa. Elegimos llamarnos pueblo, hinchada, gente, público, fanáticos, bloggers, floggers, cibernautas, mimetizarnos en esas instancias plurales y difusas para desentendernos de nuestra responsabilidad individual (la responsabilidad, por lo demás, es siempre individual).

También elegimos no mirar hacia otro lado y acudir adonde hay una necesidad. Elegimos respetar reglas (escritas o no), leyes y normas, aunque, a veces, nos mortifiquen, porque entendemos que no están hechas en contra de nosotros, sino a favor de todos. Votamos por ceder el espacio de nuestra urgencia ante la necesidad de otro. Elegimos entregar parte de nuestro tiempo para mejorar un espacio compartido o para colaborar en un proyecto común que, acaso, nos dará menos renta que un empeño individual. Elegimos darles a nuestros hijos el ejemplo de una vida elegida, con sentido, aunque eso signifique resistirse a la facilidad de un sí consumista, y lo hacemos porque apostamos a su futuro como personas, antes que a nuestra comodidad de hoy. Elegimos actuar y construir nuestros vínculos y proyectos existenciales priorizando los valores en los que creemos antes que los valores que cotizan en la Bolsa, y apreciando lo que aspiramos a ser antes de lo que nos gustaría (o nos tienta) tener.

Cuando se dice que los pueblos tienen los gobernantes que merecen, se expresa algo más que una idea ingeniosa. Los gobernantes, los funcionarios, los parlamentarios no son invasores extraterrestres ajenos a nuestra especie ni catástrofes naturales que nos acontecen. Son emergentes, reflejos de la sociedad. Son, en el cabal sentido del término, nuestros representantes. ¿Puedo quejarme de que no respeten la Constitución cuando no respeto en el día tras día las reglas de la convivencia cotidiana? ¿Puedo quejarme del ausentismo parlamentario si falto a mi trabajo y a mis citas todas las veces que puedo, y si apaño las evitables e inexcusables faltas a la escuela de mi hijo? ¿Puedo despotricar contra la corrupción cuando yo mismo, si es posible, apuro algún trámite "por izquierda"? ¿Puedo enfurecerme con el enriquecimiento rápido e injustificado de los que gobiernan o legislan cuando estoy dispuesto a seguir atajos con el mismo fin en mi actividad privada?

Desde que nos despertamos, cada día, cada mañana, votamos. Elegimos y votamos. Con esos votos, de un modo silencioso y acaso inadvertido, vamos dándole forma y contenido a la sociedad en la que vivimos. De esa sociedad emergen quienes luego gobiernan, legislan o juzgan. Nos representan. Y lo hacen no sólo en un sentido constitucional, sino literalmente. Son espejos de la sociedad y resultantes del voto cotidiano. Tenemos un inmenso poder en el voto de cada día. El poder de transformar o perpetuar un modelo social, un modelo de gobernar, de legislar, de impartir justicia. En este aspecto, todos hacemos política. Nuestras vidas son políticas.

Este poder se ejerce a partir de una ética personal e intransferible, a partir de un proyecto de vida, a partir de un propósito existencial, de una actitud moral, de un modo de vincularnos. El voto de cada día nos define, describe nuestro paso por la vida. Si ese voto cotidiano es consciente, activo, responsable, seguramente la fecha de una elección legislativa o presidencial no nos enfrentará al crudo dilema de mi amigo Luis y de tantos y tantos otros. Sabremos a quién votar, habrá alguien que, de veras, nos represente. Nuestro voto cotidiano habrá ayudado a forjarlo. Por supuesto, lleva tiempo. ¿Por qué, entonces, no empezar hoy?

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