Volver al camino institucional

Por Luis Alberto Romero

En 1789, los diputados franceses reunidos en la Cancha de Pelota, rodeados por los batallones del rey, juraron resistir y no separarse hasta constituir la Asamblea Nacional, que daría a Francia su primera Constitución. Algo de eso ocurrió ayer, cuando la oposición, rodeada por una plaza adversa, alcanzó el quórum propio para reunirse en la Cámara de Diputados. Es posible que este acto audaz consolide una alianza, todavía frágil, cierre la brecha para el soborno y la fuga de los diputados más débiles e inicie un ciclo en el que el Congreso recupere el lugar asignado en la institucionalidad republicana.

El oficialismo no regaló nada en este combate simbólico. Convocó a las organizaciones sociales propias para llenar la plaza del Congreso ?no hubo ayer los vallados que desde hace tres días bloquean la Plaza de Mayo?, llenó con sus partidarios los lugares del recinto reservados a la barra y convocó a sus más conspicuas figuras, como los dirigentes sindicales, poco habituados a frecuentar ese escenario.

Hubo dos escenarios distintos. En el del recinto se celebraron la república y la representación. El de la barra y la plaza recuerda, por ejemplo, a aquel en el que el Parlamento italiano o el Reichstag alemán votaron las atribuciones con las cuales Mussolini y Hitler pudieron asaltar el Estado desde el gobierno.

La celebración republicana de ayer, que remite a la fundación de la democracia institucional de 1983, estuvo largamente ausente de nuestra democracia realmente existente. Desde 1989, con la justificación de la crisis, o simplemente por el ejercicio de la mayoría, el Congreso ha venido delegando sus atribuciones en el Poder Ejecutivo, al punto de crear un régimen institucional cada vez más difícil de encuadrar en nuestra preceptiva constitucional.

El año pasado, el conflicto del campo significó un freno y un giro. No tanto por la cuestión más estrictamente corporativa sino por la convicción generalizada de que los conflictos de intereses debían dirimirse en el ámbito parlamentario, que es el lugar de la representación, la discusión y la negociación.

El giro producido en los primeros meses de 2008 se consolidó con las elecciones de junio pasado. Desde entonces está claro que un amplio sector del país quiere una vuelta a la Constitución y al Parlamento.

No conviene magnificar lo que ayer sucedió. Este escenario es apenas uno de los muchos en los que se dirimirán los combates políticos de los próximos meses. El Gobierno ha exprimido hasta la última gota su última mayoría en el Congreso, se ha blindado y probablemente se proponga gobernar prescindiendo de lo que allí pueda discutirse y decidirse. No le faltan resortes institucionales y le sobra voluntad política para no darse por vencido.

A la oposición le queda por delante un camino largo y complicado, de final incierto. Debe articularse y conservar su diversidad, pero afirmarse en la unidad en los momentos críticos, como el de ayer. Debe seguir desarrollando su combate por la opinión. Pero también debe tener presencia en la calle, como a principios del año pasado. Esto es lo más difícil.

La calle hoy no es el escenario pacífico de las manifestaciones. En ella se escenifica cotidianamente el hondo drama social de la pobreza y la desocupación. Sus protagonistas están hoy divididos, y están organizados para defender sus espacios.

Por otra parte, el Gobierno parece querer defender su presencia en la calle moviendo a sus contingentes, los que organizan Guillermo Moreno o Luis D?Elía.

No está claro qué actitud tomarán los responsables del poder público en el caso de que haya choques. De modo que para quienes apoyen al Congreso competir por la calle tiene muchos riesgos. Pero a los cuerpos representativos suelen no alcanzarles su fuerza moral ni sus derechos legales. Al fin, los juramentados de la Cancha de Pelota, que estaban en Versalles, encontraron en 1789 su fuerza en quienes en París habían tomado la Bastilla.

El autor es historiador, escritor y profesor universitario

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