Vivir para contarlo

Por Martín Caparrós.

Hay 150 hombres y mujeres a los que les dijeron que se iban a morir en minutos, que sintieron el choque y después, de repente, notaron que vivían y flotaban. Decir es mucho más difícil de lo que muchos creen.

Hay ciento cincuenta personas que lo saben y no nos lo cuentan. O quizá no lo saben, pero estamos convencidos de que sí. Hay –hubo hace diez días– ciento cincuenta hombres y mujeres a los que les dijeron, con menos palabras, que se iban a morir en uno o dos minutos, que pensaron lo que pudieron, que se prepararon si es que alguien puede prepararse, que se sorprendieron por lo rápido y lo lento que pasaba al mismo tiempo el tiempo, que se agarraron desgarrados de una manija inútil y esperaron el choque y sintieron el choque y después, de repente, notaron que vivían y que flotaban sobre un río casi helado y que muchos llegaban a salvarlos y que los periodistas les preguntaban cosas y más cosas y los parientes cosas y más cosas y los amigos cosas y más cosas porque todos queremos saber cómo es morirse –y ellos no nos lo cuentan. Yo lo seguí con brío: los leí en diarios americanos y locales, los escuché en radios y televisiones, y no hay manera: no lo cuentan.

Nos dijeron, sí, banalidades: no, no tuve pánico, sólo me dio tristeza, recé, recé mucho, tenía como un frío, pensé que no iba a ver más a mi marido y a mis hijos, miré las instrucciones en caso de accidente, me acordé de una noche en la playa, se me puso dura la mandíbula, me sorprendió darme cuenta de que me iba a convertir en la clásica historia trágica del muchacho que tiene todo por delante y muere en un accidente: ese tipo de cosas. Pero nadie nos dijo lo central, lo decisivo, lo que queremos oír. Los toqueteó la muerte: tuvieron esa experiencia extraordinaria de saber que se iban a morir, de estar muriendo –y de vivir para contarlo. No la historia a la sueyro de ángeles y luces en medio de un desmayo, no: un encuentro perfectamente consciente con la muerte, pero no hay modo de que nos lo cuenten porque, supongo, no saben cómo decirlo o, incluso, no tienen qué decir.

Queríamos oír lo extraordinario. Son los dos últimos minutos, carajo, algo tremendo tiene que pasar: tendrían que ver algo, pensar algo completamente distinto, sentir un terror o calma o éxtasis extremos, pero no. Y lo tremendo es eso: que probablemente no pase nada sorprendente, que sea así, que sea tan tonto como en los relatos de los sobrevivientes del avión sobre el Hudson. Lo tremendo es que, probablemente, morirse –ese hecho extraordinario, que a la mayoría nos sucede una sola vez en la vida– sea tan banal como vivir, y por eso no tienen nada que contarnos. Y que no nos lo digan con todas las letras porque recién lo están entendiendo y porque es aterrador y porque, pese a todo, no quieren asustarnos más aún: privarnos de esa última esperanza.

(Ni siquiera el capitán ha hablado todavía. El capitán del hidroplano se transformó en un héroe porque supo que aterrizar y acuatizar son palabras distintas, y a partir de ahora su vida va a ser completamente diferente: ya tiene ofertas de libros, películas, publicidades, cataratas de dólares. Todo porque tuvo la mala suerte de que le sucediera algo que sucede una vez en millones –que sus dos motores se empajararan al mismo tiempo y su avión se apagara– y la buena suerte de que le sucediera al lado de un río donde bajar sin mayores obstáculos. En un país que inventa héroes todo el tiempo –donde este martes asumió la jefatura un abogado centrista al que muchos saludaron como gran héroe del cambio y la esperanza aún después de que hubiese designado ministro de Defensa al ministro de Defensa de Bush y ministro de Economía a un ex jefe del Fondo Monetario, aún después de que insistiera en que su objetivo es restablecer “el liderazgo americano en el mundo”–, el piloto Sully va a ser uno de ellos, por lo menos hasta que se sepa qué pasó: si tuvo que acuatizar tan bien porque hizo algo muy mal unos minutos antes, por ejemplo, o si los dos pájaros en las dos turbinas fue tanta mala suerte que fue su mejor suerte. En cualquier caso, su vida ya es distinta para siempre. El accidente es eso: la evidencia de que todo puede cambiar en un segundo. El accidente existe para que uno recuerde que nada vale nada y por lo tanto todo vale muchísimo. El accidente es un refinamiento: la irrupción bruta de lo innecesario, ese hecho impensado que define como ningún otro la ligereza, el caos del mundo, la imposibilidad de cualquier previsión, lo iluso de las causas; el accidente es ese momento en que el laborioso edificio que levantaron las ideologías –religiones, moral, ley– se derrumba ante un soplido desdeñoso del azar, y nos permite pensar de nuevo el mundo).

La pregunta es, como siempre, cómo, con qué pinches palabras. Porque, además de todo, decir es muy difícil: lo confirma, si fuera necesario, una pequeña historia de ese mismo vuelo. Cuando el capitán les dijo que estaban a punto de estrellarse, una señora Collins, empleada de 37 años, sacó su celular para mandar a su marido y a sus hijos el último mensaje. Agitada, tecleó su primera frase: “Mi avión se está estrellando”. Quería terminar, diría después, diciendo “los quiero mucho”, pero no tuvo tiempo porque el avión cayó en el agua. Así que su mensaje se limitó a lo obvio, la información que ellos tendrían de todos modos, y no llegó a decir lo que trataba de decirles: que los quería, que los pensó muriendo. Decir es mucho más difícil de lo que muchos creen. Yo creo que lo sé, y nunca sé cómo decirlo.

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