Vivir en México, con la boca tapada y temiendo que alguien estornude

Hay un enorme temor. La gente se queda en sus casas. Y acopia alimentos.
Respirar con barbijo es una especie de alarma permanente que avisa en cada exhalación que se está vivo y, por lo tanto, que se puede morir. Una conciencia de mortalidad poco placentera si se está en Ciudad de México, una ciudad semiparalizada por la amenaza de una pandemia provocada por una nueva clase de virus de la gripe porcina, un enemigo invisible que no se sabe bien cómo se mueve y a cuántos ya mató y enfermó.

Son las 7:21 de la mañana y el locutor de la FM 107.3 intenta despertar a un oyente: "¡Hola Omarcito! ¿Estás dormido? Despierta, prende la radio. Alguien te quiere dar una serenata. Magalí quiere dedicarte una canción".

La canción suena a bolero dramáticamente mexicano y le dice a Omarcito que "eres una estrella en la madrugada". Pero la madrugada acaba de terminar sobre la autopista que lleva al centro de la capital mexicana. El sol ya la ilumina en "un día clave". El gobierno anunció a última hora del lunes que estas 24 horas que comienzan son vitales para determinar si los controles han podido frenar el avance de la gripe porcina. Hasta ese momento contabilizaban más de 2.000 enfermos con síntomas y, al menos, 152 muertos. De ellos, son 22 casos confirmados de que la causa de muerte es el nuevo virus que lleva las siglas A/H1N1.

El locutor ahora le canta "Las Mañanitas" a Juancito que cumple 15 años y que está por acompañar a su madre a una consulta médica. Los síntomas de la gripe es lo único que parece hacer mover a los mexicanos de sus casas. Las autopistas y las calles están vacías. Las clases, las misas y espectáculos públicos, suspendidos. El camino del aeropuerto al hotel del barrio del Polanco que podría durar entre una hora o una hora y media, lleva apenas 20 minutos.

Por la noche del lunes hubo un momento de excepción. Fue cuando se dieron las "compras de pánico". Un rumor corrió por mensaje de texto: que se venían los cierres de los super y la gente salió a comprar víveres. "En un día se vendió el volumen de tres", le dijo a Clarín Elizabeth Río. Ella trabaja en una de las cadenas más grandes y hace un inventario de lo que se vende como nunca. "Los congelados, nunca tantos. Las toallitas con alcohol. Mire, acabamos de poner una pila y en una hora ya se vendió toda", se asombra la mujer de 39 años y que vive en el Estado de México.

Los supermercados, junto a las farmacias, son los únicos negocios que parecen no padecer las consecuencias de la gripe porcina. El lunes por la noche ordenaron cerrar los restaurantes. Son 450 mil empleados que no tendrán trabajo por varios días. Desde el sábado pasado y antes de la veda -justificada porque en esos lugares se reunía gente y se podía provocar el contagio-, los restaurantes habían bajado sus ventas en un 20%.

Los "apanicados" -como les dicen acá a los que viven con miedo a la epidemia decretada desde el viernes por la noche- ya provocaron pérdidas del 36%, según la Cámara Comercio, Servicio y Turismo de la Ciudad de México.

Pero la gente sigue yendo a trabajar. Con barbijos se mueven en el metro de esta ciudad de 20 millones de habitantes. Son muchos menos que los habituales, pero todavía van a las oficinas. Ayer también se hablaba de que muchas empresas recomendaban trabajar desde sus casas por Internet. La medida se dio a partir de que el lunes la Organización Mundial de la Salud (OMS) subió el alerta de 3 a 4 en una escala de 6. Un grado histórico que significa que hay un riesgo significativo de pandemia.

Todas las medidas buscan disminuir las posibilidades de contactos entre personas. Porque el virus -explican a cada rato por tele y radio- no camina ni vuela ni va por el aire. En un estornudo puede viajar de una persona a otra montado en una gotita de saliva. Por eso los barbijos. Pero el contagio más frecuente es por las manos. En Ciudad de México sólo los valientes saludan dándolas. El virus en una mano es la vía directa para el contagio. La secuencia dice que esa persona se tocará la nariz o los ojos y el A/N1H1 entrará directamente al organismo. Entonces, recomiendan lavarse a cada momento las manos o usar las toallitas con alcohol, que se venden tanto.

Pero la atención de los medios nacionales y extranjeros que fueron los únicos que llegaron a México después de que la OMS alertó del estado de pre-pandemia el sábado pasado, está en el barrio de Tlalpan. La autopista dice que uno va hacia el Estadio Azteca antes de llegar a una zona donde se concentra una gran cantidad de hospitales públicos y privados. En uno de ellos se ve una carpa -la prensa tiene prohibida la entrada- donde se reciben a las personas con síntomas que pueden ser de gripe porcina. Un médico vestido como un apicultor ausculta a los recién llegados. Una camioneta de una funeraria sale del portón del Hospital GEA González. El rumor dice que lleva a un muerto por la epidemia. Un familiar le confirma a Clarín que la causa de la muerte de la mujer fue neumonía atípica y que le dijeron que iban a analizar si se trataba del nuevo virus. Pero -aclara el hombre con los ojos rojizos- ella tenía un pulmón malo.

¿Por qué México?, se pregunta Adriana frente al hospital. ¿Cómo comenzó esto? Las preguntas son muchas y faltan respuestas. La epidemia es un reto a un sistema de salud débil que está atendiendo a más de un 30% de su promedio diario. El lunes, los médicos armaron una pequeña protesta para contar que ni gasas tenían.

Ayer el día comenzó -siguió- con polémica. Veractect Corporation -una consultora estadounidense sobre biovigilancia- confirmó al diario Reforma que desde el 2 de abril denunció un caso de fiebre porcina en Veracruz. Según su directivo, el 11 y el 12 notificaron a la Organización Panamericana de la Salud, que depende de la Organización Mundial de la Salud. Según la consultora, eran estos organismos los que debían avisar al gobierno. El Secretario de Salud, José Angel Córdoba, los calificó de irresponsables por no avisar antes. La consultora se defendió con una frase: "El gobierno mexicano necesita hablar con la OMS".

Pero el presente urge y el gobierno de Felipe Calderón ayer se reunió de emergencia. Está a punto de salir un nuevo decreto que liberará las patentes farmacéuticas para fabricar los antivirales que logran detener a la nueva cepa. Son dos drogas que han demostrado que, si se las suministran dentro de los tres días de la declaración de la enfermedad, se puede frenar.

La medida se discutía cuando era ya de noche y todavía no se sabía si las cifras de contagio y muertes habían frenado y existía una esperanza mínima. Pero esperanza al fin.

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