¡Viva Verón!.

CRUZEIRO 1 - ESTUDIANTES 2: Grande como la historia de Estudiantes, la Brujita dejó su huella en la final. Metió desde el arranque y dejó su clase en la jugada del primer gol. Idolo total.
Llora. Tirado. Besa el césped. Murió de emoción. Es Juan Sebastián Verón. Es el líder. El ídolo. El crack. Tener una marca en la cara puede ser poco. O mucho. En el caso de Juan Sebastián Verón, esa huella en la cara que lució en Belo Horizonte fue casi un documento de la importancia que tiene en Estudiantes. Caudillo, líder, referente y, si la escena lo requiere, el que da la cara. Aunque el astro futbolístico y espiritual del Pincha tratoóde minimizar ese corte que le había causado Ramírez en el partido de ida, lo cierto es que salió con la sangre en ebullición, con sed de revancha. Y no sólo se limitó a cuestiones de guapeza, lo demostró con el enorme pase que le dio a Cellay que luego terminaría en el empate de Gastón Fernández. No fue obsecuente ni tribunero la Brujita cuando le confesó a su viejo, Juan Ramón, que su sueño era "jugar una final como vos".

Aunque su estrella no hizo la diferencia en el primer chico, sí apareció en el Minerao. Y el volante trató de imponer respeto desde el vamos. Metió en cada pelota como lo exige una final. Más allá de las palabras previas, esas de calma, la Brujita salió con el Viejo Testamento: ojo por ojo. Entonces, en la primera jugada donde pudo cruzarse con Ramires (¡a los 4 minutos!) no dudó en devolverle las gentilezas que él había recibido en La Plata: saltó con todo y le tiró un manotazo a la cara. Aunque la impronta de Juan Sebastián no quedó en ese cuadrilátero personal. A los 37' del primer tiempo, cayó la Gata y, cuando un malón del Cruzeiro se metió a tirar patadas y a empujar, Verón entró en escena para plantar bandera. Vio la amarilla por empujar a Ramires, su enemigo público. Sin dudas, era el jugador que más inquietaba a los brasileños en la previa. Por algo fue ovacionado por los hinchas del Atlético Mineiro, histórico rival del rival de turno, que supieron con inteligencia a qué jugador del Pincha debían motivar.

Como un estratega, desconcertó con su pasta de guapo, y rompió el molde en el 1-1: gran apertura para Cellay. Desde ahí, fue el eje por el que pasaron todas las pelotas, el que la tuvo, el que la distribuyó, el que metió cuando hubo que poner la pierna. Ahí estuvo la Brujita, cumplió al pie de la letra el libreto que les había pasado Sabella: "Si no podemos ponernos el frac, hay que ponerse el overol". Y él entendió mejor que nadie el mensaje. Por eso, salió con la cara cosida por los puntos infames de un codazo, jugó con el corazón, como lo impone el mandato Pincha: sangre y mística. Así, ese jugador consagrado en Europa le dio forma a ese anhelo que lo persiguió desde que regresó del extranjero: ganar la Libertadores, la misma que había bañado de gloria a su padre. Verón. La historia continúa.

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