Se vislumbra un mal año, con resultado electoral incierto

Por Manuel Mora y Araujo Analista político. Director de Ipsos-Mora y Araujo.

La gente está preocupada por el poder adquisitivo de los hogares, por la estabilidad laboral y, crisis aparte, por la delincuencia; las personas más informadas, pueden también seguir con atención la situación económica internacional y local. No piensan por ahora a quién votar este año

Cómo sigue la Argentina en este año electoral, en un contexto global crítico? Las elecciones legislativas tienen muy atareados a los dirigentes políticos, pero no están en la mente de los ciudadanos. La gente está preocupada por el poder adquisitivo de los hogares -ingresos en baja, precios en alza-, por la estabilidad laboral y, crisis aparte, por la delincuencia; las personas más informadas, o las más sensibles, pueden también seguir con atención la situación económica internacional y local, las medidas anticrisis del gobierno (relevantes para una franja minoritaria de mayor poder adquisitivo), la sequía y la situación del agro. A quien votar este año no da para pensarlo ahora.

En un aspecto, la crisis favorece al gobierno nacional y, en general, a los gobiernos provinciales: aunque hablan de las elecciones, bien o mal ellos también están hablando de lo que preocupa a las personas comunes. Sintonizan con la población en mayor medida que los dirigentes opositores al gobierno.

La situación política del país puede ser resumida en los siguientes aspectos.

n En primer lugar, un gobierno desgastado -pero no tanto como parece surgir de muchos análisis. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner tiene hoy una imagen positiva muy por debajo de la que mantuvo Néstor durante sus años de gestión y aun ella misma en el momento de asumir el gobierno; pero aun así, esa imagen está por encima de la que tenían Carlos Menem o Fernando de la Rúa a dos años de concluir el período para el que fueron elegidos, o inclusive Eduardo Duhalde en cualquier momento de su gestión. (Una observación metodológica: entre las muestras de opinión pública telefónicas y las presenciales domiciliarias se registra un desvío bastante constante, de un orden de magnitud de entre 5 o 10 puntos porcentuales; a ello se agrega otro desvío sistemático que depende de la cobertura geográfica: cuanto más extensa es, tanto mejor califica el gobierno en las valoraciones de quienes responden las encuestas. Por eso es equívoco comparar mediciones telefónicas de hoy con mediciones presenciales de hace diez años).

n En segundo lugar, ningún dirigente opositor capitaliza el desgaste del gobierno. Carrió y Macri han subido puntos en las encuestas, pero no en la medida en que bajó el gobierno; Cobos, que antes no estaba, lidera la tabla. Exceptuando a Carrió, puede arriesgarse una conclusión: los dirigentes políticos con mejor imagen -Cobos, Macri, Scioli, en menor medida Massa, Binner- son aquellos a quienes la mayor parte de la gente ve como poco conflictivos -o como menos conflictivos- que los peleadores por excelencia: los Kirchner, Carrió, otros miembros del gobierno nacional.

n En tercer lugar, Kirchner ha perdido el liderazgo de su coalición. Hoy lidera un gobierno debilitado -haciendo sombra, inconvenientemente, a la presidenta- y es el jefe de un partido que, en los hechos, acepta su mando pero no lo considera más su líder. El gobierno, y el kirchnerismo más en general, han perdido la imagen de un proyecto transformador de la sociedad. De hecho, no transformaron nada, por lo que el estilo que propone conducir a la sociedad con sentido épico se va tornando crecientemente algo así como un libreto no creíble. Con ese estilo, Kirchner solo convoca a reducidos sectores ideologizados, que no tienen votos. La única posibilidad abierta al kirchnerismo con vistas a la elección legislativa es recurrir al peronismo, esto es, a la estructura partidaria menos ideológica del sistema político argentino. Puede ser cualquier cosa menos épico o transformador.

n En cuarto lugar, se mantienen algunas constantes de la distribución sociodemográfica del voto: el peronismo/kirchnerismo es sumamente débil en las clases medias del conurbano; las fuerzas opositoras son sumamente débiles en las clases bajas del conurbano. En el resto del país la tendencia va en esa dirección, pero más diluida: el peronismo, que es gobierno en muchas provincias, tiene más raíces en el establishment social de cada una, y los partidos opositores, en algunas, vienen de tradiciones de voto popular.

El oficialismo se encuentra ante un dilema: para asegurar los votos de los de abajo en el conurbano debe movilizar ingentes recursos, lo que limita su capacidad de ayudar a los candidatos oficialistas en las provincias. El dilema se agudiza enormemente por la crisis fiscal: es obvio que se promete más de lo que puede darse.

n Por último, una pregunta que suscita desacuerdos: ¿por qué no se constituye una oposición más vigorosa? Respuestas posibles: por el exceso de personalismo, por la ausencia de vida partidaria -esto es, bases electorales que acompañan a los dirigentes pasivamente desde el televisor y no más activamente desde canales participativos-, y porque desde 1946 en adelante las coaliciones opuestas al peronismo tuvieron como eje a la UCR, que ya no es eje de nada. Siempre los partidos no peronistas tuvieron más veleidades ideológicas que las que justificaban sus realidades electorales; pero ahora más grave que el exceso de purismos ideológicos contraproducentes -que los hay- es el vaciamiento electoral, difícil de llenar.

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