Visiones verdes

Por Miguel Grinberg.

Bastaría que en un solo lugar del país un grupo asumiera como tarea prioritaria los principios de ayuda mutua y cooperativismo para inaugurar una irrefrenable reacción en cadena.

Los argentinos estamos camino al bicentenario de la Revolución de Mayo con una mochila recargada de guerras fratricidas, golpes de Estado, semanas trágicas, décadas perdidas, crímenes de lesa humanidad, atentados canallas, corrupciones recurrentes, luchas endémicas por el poder y otras calamidades sociales generadoras de frustraciones y resentimientos rotundos. Durante 200 años hemos girado en una calesita de atascamientos colectivos consolándonos con arengas y proclamas sectarias a mansalva. Por eso no resulta extraño que hoy miles de jóvenes pertenezcan a la categoría "ni-ni" (los que no estudian, ni trabajan, ni proyectan). O sea, gente sin futuro. Pueblo sin raíz. Generación perdida.

¿Estaremos condenados, como el antiguo rey griego Sísifo, a empujar una roca inmensa por una ladera empinada y cuesta arriba, para que antes de llegar a la cumbre de la colina la roca ruede siempre hacia abajo, y sea preciso empezar la titánica tarea desde el comienzo? No lo creo. En cambio, pienso que la ecología social alberga una alternativa. Utópica, claro, como todas las genuinas epopeyas. Minoritaria, por supuesto, como el quehacer de todas las vanguardias.

Nuestro vasto territorio nacional se halla altamente despoblado y a merced de los especuladores inmobiliarios internacionales. Con apenas 40 millones de habitantes, se calcula que un 33% de la población vive en la Capital Federal y el conurbano bonaerense, en tanto el resto de la provincia de Buenos Aires alberga a un 37% del total general. O sea: las áreas urbanizadas concentran a más de las tres cuartas partes de los argentinos. En los campos del antaño famoso "granero del mundo" vive muy poca gente. ¿Por qué? Porque por allí no hay porvenir alguno. O, al menos, es lo que narran quienes salieron de sus provincias rumbo a los asentamientos precarios de la periferia de las grandes ciudades del país.

Como ecologista generativo, creo en las revoluciones sociales "desde abajo", no para sentarse en los recintos institucionales tradicionales sino para "tomar el poder natural de la comunidad". Siento que la conmemoración del Bicentenario abre el camino para una nueva fundación argentina basada en la ecologización de enclaves ya constituidos (poblaciones en vías de decadencia) o la creación de una red de aldeas ecológicas autosuficientes o "pueblos verdes" en tierras ociosas. Con o sin apoyo de las autoridades municipales locales.

Tomo como ejemplo las prácticas populares brasileñas llevadas a cabo a partir de 1976 en el municipio de Lages (Santa Catarina). Allí, el intendente Dirceu Carneiro y su equipo promovieron alternativas para la agricultura, fuera de las variedades de trigo y arroz que las empresas transnacionales promueven para vender sus fertilizantes y para acentuar el proceso de concentración de propiedad de la tierra. Al mismo tiempo, las asociaciones de barrios y las agrupaciones de padres y profesionales constituyeron una especie de "cabildos verdes" basados en la democracia participativa, a fin de construir viviendas, hacer redes cloacales, cultivar huertos comunitarios y coordinar puestos de atención primaria de la salud. No como una metáfora de la vida hippie, sino como aprovechamiento intensivo de la potencia laboral de la gente. El trabajo voluntario y solidario crea pilares comunitarios que ninguna "trenza" política consigue socavar.

También en Brasil y en Bolivia han sido inductoras de hondas transformaciones municipales las llamadas "comunidades eclesiales de base", donde sacerdotes progresistas fomentaron la autoconstrucción de viviendas, los huertos familiares y el cultivo de peces de agua dulce en piletones excavados por la gente: el hambre no es una maldición del cielo, es una parálisis de la iniciativa personal fomentada por los enemigos del acto vital.

Bastaría que en un solo lugar de la Argentina un grupo humano asumiera como tarea prioritaria los principios de ayuda mutua y de cooperativismo, ya promovidos históricamente por ideólogos libertarios, para inaugurar una irrefrenable reacción en cadena.

Demostrarían contagiosamente que todo lo aquí expresado es posible y viable, que la construcción de la autonomía, la autovalía y la autoconfianza son herramientas genuinamente revolucionarias, incorporando tecnologías apropiadas para la generación de electricidad (molinos de viento y microusinas hidráulicas), hornos de pan, cocinas solares e infinidad de herramientas simples y baratas.

Por supuesto que este tipo de iniciativas no resuelve las grandes crisis planetarias. Pero en pequeños grupos de individuos decididos rescata saberes y poderes que siempre estuvieron al alcance de la gente común, cuya grandeza consiste en ser capaces de convertir buenos sueños en realidad, y la vida en una obra de arte.

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