El virus del miedo altera a la Capital

Por Jorge Fernández Díaz

La vida cotidiana se ha visto trastocada por la epidemia, que golpea más a los desprotegidos

El hombre entró en la farmacia de San Isidro para comprar una cerbatana. Todos hablaban en ese momento de barbijos y gripes, y se quejaban del desabastecimiento de alcohol en gel. El farmacéutico parpadeó con el ceño arrugado al escuchar ese extraño pedido. "Una cerbatana con dardos tranquilizantes ?dijo irónicamente el hombre en voz alta?. Tengo cuatro hijos y un mes de encierro por delante. ¡Me van a volver loco!" Hubo sonrisas y murmullos.

La brusca llegada de la emergencia sanitaria cayó como una bomba de fragmentación entre los padres, los colegios y los alumnos. Ese mismo hombre les había dicho anoche a tres de sus hijos en edad escolar: "Tengo una buena y una mala noticia para ustedes. La buena es que no van a ir a la escuela. La mala es que tampoco van a ir a la cancha, al cine, al club, al gimnasio ni a bailar".

En un colegio de Caballito una mujer lloraba en la vereda. La directora trataba de consolarla. "No tengo a nadie con quien dejar a mis hijos y no puedo pedir licencia en el trabajo ?decía?. ¡Estoy desesperada!"

La escuela no es solamente una institución que educa. La escuela es una organización contenedora. Contiene a los chicos en una sociedad donde mayoritariamente padre y madre deben salir a trabajar y no pueden quedarse en casa. Algunos se salvan gracias a los abuelos o las empleadas domésticas, pero muchísimas personas no tienen esa retaguardia.

La precipitada asunción de la epidemia provocó un zafarrancho en los colegios. Les enviaron normativas vagas y generales por e-mail y les aclararon por teléfono que ni los docentes ni los alumnos debían irse con la sensación de que estaban de vacaciones. A los primeros se les inventarán actividades y para los segundos habrá tareas para el hogar. Los responsables de los colegios más organizados no durmieron para crear, contra reloj, un cuadernillo de 15 a 18 páginas con esas tareas. Todos están improvisando, hay cientos de dudas y nadie sabe cómo conducirse con esta epidemia y cómo seguirá ahora el calendario escolar, que por este camino amenaza con llegar a fin de año junto con los regalitos de Papá Noel.

El último ensayo

En los barrios más pobres la situación es más peligrosa. Alberto Morlachetti, el titular de la Fundación Pelota de Trapo, dice algo inquietante: "Los hogares para menores no podés cerrarlos como las escuelas porque los chicos carenciados no tienen adónde ir". Muchas de estas organizaciones humanitarias tuvieron que suspender todas las actividades. Claudio Espector, que articula catorce orquestas de chicos de clase media y baja en toda la Capital, dice que este sábado se llevará a cabo el último ensayo: "Los chicos están muy tristes porque tenían varias presentaciones importantes, pero no podemos seguir adelante".

Las epidemias castigan siempre a los que tienen menos defensas. Y no hay para ellos políticas públicas agresivas. En la parroquia de la Villa 21 cuentan que en esos asentamientos nadie tiene conciencia del riesgo y que los gobiernos local y nacional no parecen muy activos. No instalaron, como deberían, carpas sanitarias en las villas ni repartieron barbijos ni alcohol de gel. Sólo en tres villas de Barracas hay 60.000 personas.

En los barrios mejor ubicados, la conciencia y el miedo avanzaron muchísimo en 48 horas. Antes había algún que otro barbijo en los subtes. Hoy, esos trenes de la oscuridad están plagados de personas con barbijos o embozadas con pañuelos y bufandas que practican el arte de eludirse las unas a las otras. Cuando alguien tose o estornuda los pasajeros se miran con alarma, fastidio o resignación.

Tanto en los subtes como en los trenes de la línea Mitre se ha reducido la afluencia de pasajeros: muchos vienen al centro en sus autos para no compartir el aire. Algunos taxistas no quieren usar barbijo para no espantar clientes. Y hay venta ambulante de gel y de barbijos, algunos bastante coloridos: aparece por ahí uno de Vélez y otro de Boca. En cualquier momento aparecerá uno de Pino Solanas o del "Colorado" De Narváez.

Irritados

Se palpa en la calle la irritabilidad que provocó el ocultamiento de la epidemia y el retardo de las medidas de emergencia. Cristina Kirchner no sale indemne de esa bronca.

En Retiro hay pocos viajeros y varios mozos con barbijos. Pero en algunas estaciones de servicio cobran y dan vuelto con guantes de látex.

En los tribunales de Comodoro Py están contentos porque se les adelantó la feria, al empleado que tiene un poco de fiebre lo mandan a casa y muchos funcionarios judiciales andan con esos trapos que detienen los gérmenes y borran las sonrisas. Hay en ese edificio permanente distribución de alcohol y biromes atadas con piolines a los mostradores para no compartir con el público ni siquiera la lapicera.

Los shoppings, que viven de las aglomeraciones, pusieron las barbas en remojo. Limpiaron y desinfectaron con bactericidas y se concentraron especialmente en pasillos, pasamanos de escaleras, barandas, zonas de carga y descarga, baños y estacionamiento.

No se ve todavía una merma importante en la facturación. Donde hay descuentos o necesidades concretas de compra, la gente burla el miedo y visita el shopping. Lo que bajaron notablemente fueron los paseos y el consumo en los patios de comida. El público compra pero no permanece. Va pero no pasea. El miedo no es zonzo. Aunque, claro está, subsiste una situación ambigua frente a la enfermedad. Como si el 33% de la gente tuviera la certeza de una catástrofe ("esto es muy peligroso"), otro 33% fuera escéptica ("esto tiene más de psicosis colectiva que de realidad") y el 33% restante actuara como lo agnósticos: "No creo en Dios pero por las dudas me persigno".

A partir del mediodía de ayer la ciudad no parecía demasiado diferente que de costumbre. Pero por la mañana era una ciudad sin niños, con trenes y colectivos semivacíos y cierta sensación fantasmal.

Paolo Montegazza, un famoso antropólogo y escritor italiano que murió en 1910, dijo algo que los gobernantes y los ciudadanos presienten pero suelen olvidar: "De noventa enfermedades cincuenta las produce la culpa, y cuarenta, la ignorancia".

Comentá la nota